domingo, 9 de junio de 2013

PREFACIO

Alba acudió a verle aquel día. Una tarde cualquiera, en un lugar especial. No sabía qué podría salir mal, pero de haber tenido que imaginarlo, le habría resultado complicado. La imaginación raramente podría cubrir todos los hechos que sucedieron. Caminaba por la calle en aparente calma, parecía feliz y completa. Pero estaba nerviosa, hervía de agitación. Era la primera vez que iba a su casa, a la casa de Ángel.
La calle en la que él vivía era amplia, de aceras anchas y con una plaza ajardinada en el centro. Pasó por los jardines, pues a través de las hojas de los árboles se filtraba la luz del sol, que contribuyó a calmarla y a hacerla sentir más segura de sí misma. Sus botas negras se llenaron de arena, pero simplemente se detuvo a observarlas, con un deje artístico en la mirada que le incitaba a contemplar el contraste de colores. Llegó al portal. Contempló la puerta, que siempre le inspiraba curiosidad. Era grande, con rejas y bastante antigua, como el edifico en general. Pero no llegaría a descubrir las propiedades de aquella puerta hasta más tarde. Puede que demasiado tarde.
Pulsó el interfono, aguardó la respuesta unos segundos, pero la impaciencia le hizo volver a pulsar de nuevo, aunque Ángel ya le había abierto para entonces. La cámara del interfono era útil para los propietarios de los apartamentos de aquella finca, pues de ese modo podían reaccionar mucho más rápido y con mayor seguridad a la hora de recibir visitas. Entró al interior del patio sin vacilar y llamó al ascensor que la condujo hasta la quinta planta, la última de aquel viejo edificio.
Al llegar al rellano correspondiente, se peinó el pelo con nerviosismo, pasándose las manos por él, aunque sin lograr grandes resultados. La puerta 5ªA se abrió. Ángel la esperaba en el interior con una sonrisa.
-Venga –la saludó sonriendo-. No te quedes en la puerta, aquí dentro hay mejores vistas.
Con una sonrisa algo forzada, Alba entró y se detuvo en el recibidor. Una casa bien decorada y acogedora pareció darle la bienvenida. Aunque ella ya sabía del talento de la madre de Ángel para la decoración de interiores, él mismo le había hablado de ello varias veces. El chico le abrió paso hasta el salón, donde no tardaron en sentarse. Ninguno de los dos sabía muy bien de qué hablar. Alba se removió inquieta en el cómodo asiento. Él no le quitaba el ojo de encima, sintió que debía decir algo. Recorrió la habitación con la mirada, buscando inspiración para sacar algún tema, pero Ángel se le adelantó. Él siempre llevaba la voz cantante.
-¿Cómo te va todo, Alba?
-Bien, ¿y a ti?- pregunta convencional, respuesta convencional. Todo en orden.
Ángel, cansado de esperar, se levantó y le dedicó una mirada intensa, en la que se dedicó a recorrerla de arriba abajo. Alba enrojeció de vergüenza. Siguió a su novio hasta su dormitorio. Los nervios le hacían mover mucho los dedos, le temblaban las piernas. Pero eran nervios agradables, pues la situación le parecía muy alegre y estaba impaciente por llegar hasta el final. La habitación de él era como la cueva de un oso. Olía salvajemente a sudor, algo muy propio en un chico de dieciocho años. La única ventana de la habitación estaba cubierta por varias pilas de discos, y por el enorme ordenador que tenía en el escritorio, bajo la ventana. La persiana estaba bajada casi hasta el máximo, por lo que no entraba luz natural. A Alba le agobió que la única luz de la habitación colgara del techo, una luz blanca y fría. Pero tuvo que distraerse de sus pensamientos, Ángel la reclamaba. Se besaron con ternura, ambos parecían atraerse el uno al otro con la fuerza de un imán.
-¿Sabes qué es lo mejor? –preguntó Ángel, su voz sonó cerca del oído de Alba.
-No sé… -respondió distraída, sin reparar en que se trataba de una pregunta retórica.
-Mis padres van a estar fuera hasta la noche –dijo él, entre risas. Ella le sonrió, expresando una felicidad que se le antojó extraña, pues venía acompañada de una angustia que era incapaz de descifrar. ¿Acaso no quería estar todo el tiempo posible con él?
Notó como Ángel tiraba de su camiseta hacia arriba. Intentaba quitársela. Con toda la voluntad y fuerzas que pudo reunir, Alba se quitó la prenda, y poco a poco, ambos fueron desnudándose. No sucedió de forma perfecta y sincronizada, los movimientos de la pareja eran torpes y bruscos, sus ropas quedaron desperdigadas por el suelo. Volvieron a besarse, siguiendo una especie de ritual. Alba desconocía cómo continuar, Ángel lo notó, y decidió tomar precauciones. Colocó una toalla sobre sus sábanas. Los cuerpos de ambos se encontraron.
Alba pensaba en muchas cosas. Iba a hacer algo que jamás había hecho, pero para lo que creía que llevaba mucho tiempo preparándose. Se dejó acariciar y mimar por su acompañante. Hasta que llegó a un extraño punto decisivo en el que ya no había marcha atrás: se trataba de seguir o parar. Ángel no pensaba igual, parecía muy seguro de lo que hacía. Ambos recorrían un camino hasta una meta angosta, diferente para cada uno de ellos. Alba se dio cuenta de que no quería continuar, no con él. Su relación no era tan sincera, y no terminaba de sentirse a gusto.
-Para, Ángel –susurró, separándose de él-. Mejor dejarlo para otro día.
-¿Por qué? ¿Qué diablos te pasa ahora? –Estaba enfadado cuando la miró- Siempre haces lo mismo, retrasas todo lo que tiene que ver conmigo.
Y tenía razón. Alba era consciente de que siempre solía ser así. Pero realmente no le quería, no del mismo modo que Ángel le demostraba a ella. Alba sabía que sus pasiones las despertaba otra persona.
-No estoy preparada –dijo con un suspiro-. Verás, Ángel, me gustas pero… no tanto como para… llegar a ese punto.
-Yo no pero Lucas sí, ¿verdad? –gritó él; se puso rojo de furia.
-Mira, Ángel, no quería decírtelo así, pero Lucas para mí es más que un amigo…
-Y una mierda, Alba, por ahí no paso –gruñó, furioso-. En serio, te crees que puedes utilizarme, pero no es así.
-Si vas a estar así conmigo, me voy –dijo ella, fría y serena. En ese momento se disponía a recoger su ropa cuando él la agarró por el brazo con fuerza. Le hizo daño.
-Tú no te vas a ningún lado –Ángel la observaba con furia, con la determinación de un depredador en la mirada. La tiró contra la cama.
-¿¡Qué haces!? –gritó ella, debía admitir que se estaba asustando-. Oye, va, para.
-No –él se tiró encima de ella-. No voy a parar.
Alba no podía creerlo. En algún rincón de su mente, una voz le gritó que corriera. No era momento para divagar, debía pasar a la acción.
-¡Suéltame, joder! –gritó, asustada.

Y él… le pegó. Se desató una pelea. Alba recibió un buen golpe en el pecho que la dejó sin respiración momentáneamente, lo que Ángel aprovechó para asestarle otro en la cabeza, con lo que la dejó desorientada. El dolor que sintió hizo que cayeran lágrimas por sus mejillas. Él cumplió su promesa, no paró. La inmovilizó permaneciendo encima de ella. Alba, debajo de él, lloraba y gritaba, suplicaba y se resistía. Entonces observó su reflejo en el armario de Ángel, el cual estaba abierto y del interior de la puerta izquierda colgaba un espejo. Observó horrorizada como el cuerpo de su novio estaba encima del suyo, su lengua recorría su cuello, sintió la repugnante saliva de él. Encontró sus ojos en el reflejo. Unos ojos aterrorizados, pidiendo ayuda. Cogió la mano que le quedaba libre del abrazo de su captor y le apretó los testículos. Ángel gritó de dolor. Libre de sus brazos, Alba corrió hacia la puerta, cogiendo su ropa por el camino a toda prisa. Llegó hasta el pasillo, escuchando los gritos de Ángel. Mientras  se ponía la camiseta escuchó sus pasos a la carrera. Llegó hasta el recibidor que tan amablemente le había dado la bienvenida en un principio, pero no consiguió llegar más allá. Ángel la agarró por detrás y ambos cayeron al suelo. Alba le pegó varias patadas mientras se aferraba con las manos a una silla para evitar que él la arrastrara por el pasillo. Además le asestó unos cuantos golpes que le dolieron, por lo que Ángel enloqueció el doble. El último golpe que Alba pudo realizar iba dirigido a su estómago, y dio fuertemente en el blanco. Él pareció perder el control de sus actos, y agarró un cutter que había a mano en la mesilla de la entrada; el día anterior su madre había estado haciendo bricolaje y se lo había dejado ahí. Le amenazó con un gesto que ella no vio ya que estaba demasiado ocupada resistiéndose a su abrazo. El abrazo del oso que había salido de su cueva. Se desconoce si perdió la razón cuando, con un gesto rápido de su mano derecha, Ángel clavó el cutter en la blanda superficie del muslo de Alba. El filo de la herramienta convertida en arma improvisada quedó clavado durante unos segundos, tras los cuales el agresor lo sacó con rapidez. La sangre bajaba por la pierna desnuda de la chica, cuyo rostro palideció y cuya voz se quebró por los gritos de dolor. La herida no era muy grande ni profunda, pero dolía. El líquido color carmesí pareció traer de vuelta a la realidad a Ángel. Palideció también al contemplar su obra. No tardó en correr al botiquín, curar la herida y cubrirla con un vendaje. Alba le observaba con miedo y respeto sin osar dirigirle la palabra, temiendo lo que pudiera sucederle. Él se deshizo en disculpas, la abrazó y la consoló al verla llorar. Ya vestidos, bajaron al portal del edificio. Ángel llevaba las llaves para abrir la gran puerta de salida, para lo que era necesaria su utilización tanto para entrar como para salir. Ahí estaban las desventajas de aquella antigua y enrejada puerta, pues de ese modo, Alba no habría podido escapar de aquel lugar. 

viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 1

ALBA


He soñado con él. Ángel me llamó y además he soñado que iba a hacerlo. Fue anoche, de madrugada. Mi cuerpo entero sudaba de miedo en la cama. Recuerdo por qué le dejé. Me hizo mucho daño. Muchísimo…
El grado de dolor en cada persona es relativo. Hay gente capaz de soportar grandes castigos; otra, en cambio, no aguanta un ligero quebradero de cabeza. Siempre he apostado por resistir hasta el último golpe, aunque empiezo a temer perder esa apuesta. Ángel fue alguien a quien nunca llegué a querer. Lo que yo sentía hacia él era cariño, simpatía. Ahora, sin embargo, le tengo miedo. Al principio pensaba que sus gritos eran porque tenía un mal día, y que si se le iba la mano era porque estaba nervioso por algo. Pero un día descubrí que todos sus días eran malos y que siempre estaba nervioso. Ese fue el peor día de mi vida. Una imagen vale más que mil palabras. No podría describir qué sucedió, pero sí que puedo recordar una imagen en mi memoria.

Él está sobre mí, me aplasta contra su cama. Noto el tacto áspero de una toalla que cubre las sábanas. Sus manos me buscan. Yo tiemblo debajo de él. Le pido que pare. No lo hace. Me resisto, me sujeta. Me libero, corro, me agarra. Entonces le golpeo en el estómago. Él me clava un cutter en el muslo. Sangre, dolor…

Hay noches en las que veo esta secuencia como si fuera una película. Otras, en las que algunas imágenes sueltas me desvelan.  Pero lo que sí puedo asegurar es que no hay noche que no recuerde ese día. Si es así, es porque él no me deja olvidarlo. Casi cada día me llama, algunas veces muy tarde y otras demasiado pronto. Pero en esas conversaciones que mantenemos él habla la mayor parte del tiempo, mientras que yo lloro y suplico. Es así de normal. La otra noche, en concreto, le dije:
-No me hagas nada, por favor.
Me temblaban las piernas. Al día siguiente leí un e-mail en el que me adjuntaba un vídeo. En él aparecía masturbándose. No pude evitar ver la primera imagen. El resto lo dejé, angustiada y asqueada. Por primera vez en mi vida tengo miedo de verdad. A veces sueño con escapar. De todo y de nada en concreto. De las amenazas, de los gritos, de los golpes… pero luego me doy cuenta de que no puedo. Ha llegado a decirme que ha soñado con matarme. ¿Qué responder entonces, cuando esa persona te está destruyendo por dentro? Pero lo que sin duda se le pasaría a alguien por la cabeza es por qué aguantarlo. Podría decir que simplemente le tengo miedo. Pero no es tan simple.
Ángel me posee, y cuando hago esta afirmación abarco la mayoría de sus significados. Porque ha llegado a poseerme físicamente, y porque ahora posee mi mente y mi voluntad. Mi cabeza la manipula con unos cuantos recuerdos dolorosos y futuras palizas. Pero si de verdad me domina es porque guarda unas fotografías mías. En ellas no se trata de que aparezca en contra de mi voluntad, o de que su contenido sea demasiado subido de tono. El caso es que aparece una horrible imagen de mí. Como ya he dicho, una imagen vale más que mil palabras. Y esa imagen puede hacer que mi vida se complique (aún más).
Estoy lista para lo que sea, eso es lo que me digo cada día. ¿Pero y si llega el momento en el que tenga que demostrarlo? ¿Qué pasará entonces? Espero y deseo que me deje marchar. O al menos que no duela. Antes pensé que tenía miedo a la verdad, ahora veo claramente que lo que temo es el daño que pueda hacerme. No es sólo físico, pero he de admitir que con una cicatriz más no podría vivir. No es por ningún motivo superficial, simplemente me recuerdan todo lo que pasó y… me gustaría dejarlo atrás algún día. Es una meta que quiero alcanzar, pero que a veces dudo si podré lograr. Me siento encerrada y acorralada, es como si me rodeara un muro infranqueable, y más allá estuviera mi pasado. Y yo permaneciera en el presente, pudriéndome y consumiéndome, esperando la llegada de un futuro inevitable. Por una parte, siento que yo no hago nada para evitarlo, pero por otra temo adelantar su aparición. Es como si esperara ganar tiempo, aún cuando las manecillas del reloj no dan opción de rascar más de los segundos que las componen. Y yo me encierro dentro de una prisión de cristal, temiendo romperla y borrar lo poco que queda de mí. Aunque no me doy cuenta de que por una rendija se esfuman mi dignidad y mi vitalidad. Como las cuerdas de un violín, la sangre de mis venas se desgasta.
Hay varias palabras que pasan por mi cabeza una detrás de otra, y se repiten, como eslabones uniformes que componen una cadena. Miedo, redención, angustia, pánico, miseria. Circulan por mi mente, cerrando y completándola hasta transformarla en mi peor enemigo. Y vuelven a hacerlo una y otra vez.


ÁNGEL


Creo que sufrió, ¿sabes? Le hice daño aquel día. He hecho muchas cosas en esta vida, pero aquella es indescriptible. Sentía un hormigueo en cada músculo, me mandaban moverme y reaccionar. La quería, necesitaba beber de su piel, de sus labios. La amaba más que a nada, pero ella no lo quería entender. Para mí en esta vida solo existía una dirección, y es la que me conducía a su lado. Recuerdo por qué me dejó. Le hice daño y era consciente, pero no lo pude evitar. Alba… ¿no pudiste darte cuenta de eso?

Me creí fuerte para aguantar, pero no lo fui. El verla con miedo al verme, al tocarme… me nublaba el juicio. Si ella se alejaba yo me acercaba como fuera. Si para ello debía de ser duro, lo era. Te lo ofrecí todo, mi amor, mi protección… ¿Qué más querías?

Aquel día fue tan definitivo, tan oficial... El día en el que nuestros caminos parecieron dividirse. En una tarde todo cambió. Pasó de ser una chica a ser esa chica. Intenté hacerla mía. Requería escuchar su voz, beber de su aliento, palpar su cuerpo y tener su voluntad. Cada noche la llamaba, no podía dormir hasta que escuchaba su voz. Al principio me contenía bien, pero después me ponía nervioso. Entonces necesitaba gritar y dejar clara mi autoridad. Porque si no, no me tomaba enserio. Alba era un ser frágil pero fuerte. Era fácil de hundir físicamente, anímicamente también, pero tendía a luchar siempre. ¿Cuándo entendería que eso no servía para nada? Luchaba contra el amor, contra el destino. Era una batalla perdida. Al final hasta le envié emails, para que no se acostumbrara a no saber nada de mí. Quería que pensara en mí y que disfrutara como yo. Vídeos míos para que entendiera lo que necesitaba de ella, mis intenciones físicas. No eran aptos para niños… ¿me explico? La cosa es que no pareció gustarle, ¿te crees que me llamó pidiéndome que dejara de hacerlo? Estaba llorando, parecía muy nerviosa. No lo entendí. ¿Por qué se ponía de ese modo? Con lo bonito que era el detalle…


Al final necesité llamar su atención. Dejó de hablarme y de hacerme caso. Entonces apareció ese tío. Lucas ocupaba la mayor parte de su tiempo. Eso no estaba bien. Le dije que tenía unas fotos suyas y le aseguré que no le gustaría que salieran a la luz. Aún me sirven para consolarme en mis peores momentos anímicos. 

DÍA 2

ALBA


Hace tres semanas que lo vi. Me tiró contra la pared y me besó. No me resistí. No hice ademán alguno de marcharme. Por mi cabeza cruzaba una idea aterradora. ¿Y si de aquí no salgo? Entonces, ¿qué pasaría? Mis padres no sabrían la verdad, a lo mejor pensarían que yo me he… matado. Y de no hallarme, la incertidumbre y la espera… ¿les comería por dentro? Por otra parte es muy pesimista pensar así, en el fondo sé que Ángel jamás llegaría tan lejos. Sería fastidiarla. Además, siempre para. Justo cuando la cosa se pone fea, echa el freno y todo acaba bien. Salgo por mi propio pie. Me despide con frialdad. Es como si nada acabara de ocurrir, y yo le sigo la corriente. Después nunca me toca, permanece separado de mí. En esos momentos los nervios me hacen sudar y temblar, el miedo se asienta en mi estómago. Y yo respiro fuerte, saboreando cada bocanada. Buscando alimento. Salgo a la calle. Todo a mi alrededor es extraño y nuevo. Me sumerjo en una nueva dimensión. Y continúo mi camino, todo sigue igual que antes. Después de la tormenta puedo disfrutar de la calma.
Aunque en ocasiones siento como si viviera en un universo sumamente frágil, en el que los límites carecen de flexibilidad y al estirarlos se quebrasen. Es así de simple, como el límite de fuerza que una goma puede aguantar. En ocasiones pienso que me romperé como esa goma. Y después llegará el fin. Tan simple, doloroso y cierto como la vida misma.
Hay algo que tengo muy claro, y es que yo no puedo hacer absolutamente nada contra él. Fotos… ¿qué son unas fotos cuando lo que está en juego es mi vida? ¿Mi felicidad? ¿Qué son un par de golpes? Más preguntas sin respuesta, podría llenar todo un océano con ellas. Cualquiera podría. Pero la que más me ronda la cabeza es simple. ¿Por qué? ¿Qué significa nunca? ¿Y siempre? No puedo procesar esas palabras cuando se trata de mí, cuando describen mi día a día. Entonces es como si diera vueltas y vueltas sin parar, me mareara y deseara detenerme, pero no puedo. Unos hilos me sostienen. ¿Qué habrá después?
No quiero saberlo. Sólo olvidar. Me gusta esa palabra: sólo. Tan simple, tan hermosa, tan perfecta. Sólo quiero parar y olvidar. Simplificar, reducir. Deshacerme de esta carga tan pesada, que me ancla frente a la desesperación. Desesperación es una palabra tan bonita… pero su significado es horrible. Quiere decir falta de fe, de esperanza, de luz. Eso es lo que significa para mí. Igual que desesperanza. Todo está relacionado. Empieza a darme igual. Ir, venir, volver. ¿Qué más?


ÁNGEL


Aquellos días siempre me parecían iguales. Los días en los que la veía a ella sólo podía distinguir dos elementos que cambiaran, dos cosas importantes en mi día a día: el color de su ropa interior y el lugar donde nos encontrábamos. En una ocasión le pedí que viniera a verme a mi casa. Se negaba siempre a hacerlo, pero aquella vez fue diferente y apareció. Estúpida, venía pensando en vengarse de mí, me insultó e intentó intimidarme (¿lo puedes creer?). Pero la muy endemoniada se dejó besar por mí, y hasta me devolvió el beso, siguió el movimiento de mis labios. La cogí por la cintura, estaba temblando. Y como si tal cosa me pidió que parara, me limité a reírme, creí que era una broma. Joder, le había pedido que fuera a mi casa, los dos solos… ¿Qué quería decir eso de que parara? Pero parecía asustada, más bien aterrorizada. Intentó soltarse de mí, la tiré contra la pared y no se por qué dejó de resistirse. Bien, pensé que ya estaba todo zanjado, que por fin había entrado en razón… hasta que, al bajarme los pantalones, empezó a chillar y saltó de mi cama, donde la había dejado bien tumbadita. ¿Qué demonios…?, pensé, pero no logré acabar esa pregunta en mi mente. Ella estaba decidida a ponerse difícil. Me tiró contra la cama, y aún intento explicar cómo pudo ser eso posible, yo era más fuerte que ella. Y allí, ella de pie y yo tumbado, me dijo que jamás volviera a tocarla.
-¿A qué viene esto? –inquirí, cansado de que siempre se le cruzaran los cables.
-Estoy harta de que me hagas daño –respondió ella, y las lágrimas empezaron a salir de sus ojos. En serio, la muy idiota parecía querer ser una víctima.
Exasperado, le dije que se calmara, que si no quería no haríamos nada ese día. Ella me dio las gracias. Sí, las gracias, como si le estuviera haciendo un favor. Y la dichosa y complaciente niña del demonio se fue de mi casa sin haberme dado lo que quería.

Esa noche tampoco podía dormir, la llamé y ella colgó el teléfono. Últimamente tenía esa manía, estaba cogiendo un mal hábito. Decidí que ya le había dejado suficiente terreno. Esa niña no sabía a qué juego estaba jugando, en mi tablero existían mis reglas, y el único premio era ganarse mi respeto… ¿cómo iba a conseguirlo ese peluche roñoso?

DÍA 3

ALBA


Las horas se suceden. Pero no de forma apacible. A la fuerza. Bruscamente, los segundos escapan, igual que los gemidos de mis labios. Sus ojos entrecerrados me aterrorizan, sus manos temblorosas recorriendo mi piel. Su tacto me produce repulsión, náuseas. ¿Es posible que aquellos dedos me parecieran dulces? Ahora odio hasta el simple latido de su corazón. No quiero respirar su mismo aire.
Anoche tuve un sueño. En realidad, no sé especificar qué significó para mí. Con un cuchillo le arrancaba la cara, haciendo finas tiras su piel. Poco a poco, pero sin pausa. Iba destrozando las facciones que componían su rostro. Y después, al mirarme al espejo… era mi cara la que faltaba. Una imagen vale más que mil palabras. En mi sueño sólo pude contemplar un muñón en carne viva donde debería de estar mi rostro. Ahora me parece que queda lo mismo de mi personalidad. Porque prácticamente la he ido arrancando, dejando que él se hiciera con ella. Y ya no lloro, de hecho, parezco increíblemente feliz. No entiendo por qué soy capaz de reír. ¿Es posible que me haya resignado a vivir así? ¿Que me haya acostumbrado? Eso parece. Una barrera invisible se ha formado ante mí, separando a la persona que soy de la que debería ser. Incluso he llegado a odiarme a mí misma. ¿Es sano llegar a ese extremo? Ni siquiera creo que la indiferencia que adopto en estos días sea sana. ¿Estaré loca?
A veces me parece que nada es real. Todo se me antoja un espejismo.


ÁNGEL


El valor de una buena arma es incalculable, y no hablo de pistolas o puñales. Hablo de la capacidad de defenderse, de plantar cara. Parecía que una muñequita de porcelana me había declarado la guerra. Alba había decidido no dejarse hundir, y para los que piensen que esa fue una buena decisión, que sigan atentos a esta historia, porque entonces comprenderán que han apostado por el caballo equivocado. Y Alba ni siquiera era fuerte, solo una molestia de la que costaba deshacerse, un despojo de la sociedad.
Su mirada desafiante me nublaba el juicio, sus ojos tan rojos de llorar me daban ganas de partirle la cara. Esa tía había nacido cansada de vivir, eso era lo que más nervioso me ponía. No existía una víctima mayor en el mundo, en mi opinión. Puta cría con aspiraciones imposibles. Y por eso mismo, por verla sonreír de ese modo tan increíblemente irritante, por verla retorcerse de dolor, un día me harté. Decidí que yo le daría motivos para llorar. La cogí del pelo y se lo estiré. Sus raíces, así como su rostro, enrojecieron. Me llevé unos cuantos pelos detrás. Debía de dolerle por fuerza, pero no se quejaba. Le pateé en el estómago y tampoco. Finalmente, le pegué un puñetazo a la altura del pecho… ¡bingo! Pareció dolerle muchísimo. Pobre… había estado jugando al juego de aguantar hasta que le ignorara. Mi pobre niña, amada mía, debiste saber que al jugar con fuego podrías quemarte, ¿por qué no te quedaste en tu burbujita de cristal?
Pero lo más gracioso del asunto fue lo que me dijo después, tirada en el suelo, llorando y abrazándose a sí misma.
-Te arrepentirás de esto –dijo, con sus labios quebrados de habérselos mordido, con un golpe en la cadera que le originaría un buen cardenal.

La quería, pero ella no comprendía lo que significaba mi mundo. No comprendía que se trataba de ceder o morir. Morir para mí, eso es lo que me dije en aquel momento… aunque puede que las cosas se me escaparan un poco de las manos. 

DÍA 4

ALBA


¿Se puede desear la muerte de una persona? ¿Se debe? En mi opinión, ese deseo puede llevarte a la locura. Más allá de un abismo infranqueable. Yo estoy a punto de cruzarlo. El miedo me corroe por dentro. Liberarme de una carga, es lo que necesito. Pero él no va a parar. Me está destruyendo por dentro y por fuera. Mi piel la cubre de cicatrices, hace temblar mi dignidad. El miedo va ganándole terreno al coraje. Y poco a poco, la llama de la resistencia se va apagando. Recorro un camino que no he escogido, a la fuerza. Choco contra la nada. Sólo la idea de salir recorre mi mente. Del abismo, de la angustia, del dolor. Voy a hacerlo. Aunque me cueste lo que tengo y lo que no. Más de una vida, el triple de una eternidad.
Hace un tiempo tenía todo tan claro... Sabía quién era, quién debía ser y quién quería ser. Ahora ya no sé nada. La duda me come por dentro. Ojalá mi destino se encontrara en un libro. Imaginad que vuestro pasado y vuestro futuro estuvieran escritos en papel. Y que pudierais revivir vuestros mejores momentos, y arrancar los peores. Pasar página ya no sería un término metafórico, sino una realidad. Un día arrancaré una a una las páginas de este diario.
Pero no hay nadie que me vea realmente cómo soy. Por el simple hecho de que yo no me dejo mostrar. De hecho nadie sabe nada de esto. Por fuera, se ve la imagen de una chica estudiante, simpática, algo introvertida. Sólo Ángel me ha visto de verdad. No debería sorprenderme, siempre hay que conocer al enemigo. Yo misma aplico este lema. En el fondo, ya no sé si le odio o me aterroriza. Es difícil saberlo.
Hace unos días vino a verme al instituto. Me esperaba en la puerta cuando salía por la tarde, habiendo terminado la última clase del día. Al verle, me alejé un poco de mis amigos y acudí a su encuentro. No sé que me producía más miedo, escaparme y que se enfadara o encontrarme con él. Al acercarme simplemente me dijo “hola”. Esa palabra, entonada con su voz y saliendo de su boca, bastó para que un escalofrío recorriera mi espina dorsal. Por un momento parecía inofensivo, pero yo sabía que todo podía cambiar en cuestión de segundos. Se acercó y rozó mis labios con los suyos. Me debatí internamente entre devolverle el beso y no hacerlo. Me producía repulsión, pero haciendo tripas corazón le besé también. Al separarnos sonrió, yo permanecí indiferente, lo más serena posible. Y pensar que yo había cometido tantos errores, había llegado hasta a gustarme su compañía, su cariño.
Después quiso llevarme a su casa, pero me negué. Y allí mismo, en un parque vacío cerca de mi instituto, me pegó. Reaccioné sin pensar, propinándole una patada en la espinilla. Sólo empeoró la situación, en un momento le tenía encima de mí, con sus manos agarrándome el cuello. Casi me ahoga. Me apretó fuerte, asfixiándome. Me resistí y luché entre sus brazos. Al ver que casi no podía respirar me soltó y se fue corriendo. Caí al suelo, intenté volver a respirar. Un par de lágrimas resbalaron por mis mejillas, las piernas me temblaban. Respiré hondo, me serené y me levanté. Sacudí el polvo de mi ropa y me fui. De camino a mi casa permanecí tranquila, pero al encerrarme en mi habitación lloré y lloré. Estaba aterrorizada, ¿y si no llega a soltarme? ¿Y si me hubiera…? No me atrevo a terminar esa frase.
Espero que llegue el momento de barajar las cartas, y de que cambien los papeles que asumimos en la vida. Deseo (a pesar de que sé que no es bueno) ser yo la que golpee y él el que sufra. A veces quiero explotar, no llevar el control de mis actos y dejarme llevar. No sé si entonces seré tan fuerte como para vencerle, pero por lo menos sería capaz de plantar cara. Puede que con sólo hacer eso muriera tranquila, sabiendo que he luchado. Porque para ser honesta he de admitir que yo me he rendido, ya no lucho. Antes un poco, pero parece que nunca he hecho lo suficiente.


ÁNGEL


Recuerdo que una vez perdí los papeles. Fui a verla, pero se notaba a la legua que ella no quería verme a mí. Me esquivaba, estaba rara. Me sentí destrozado, al verla ahí, portarse como la niñata superficial que yo conocía. Una cría falsa que sólo sabía sonreír al que la mirara con buenos ojos.

Alba, te necesitaba, tú nunca estabas. Gracias por nada.

Me observó cagada de miedo cuando me vio en la puerta de su instituto. La cogí, la besé, fui bueno y amable con ella. Pero Alba no estaba por la labor ese día. La invité a pasar la tarde conmigo, sugerí ir a mi casa. Se puso histérica, no pensaba ir conmigo a ningún lado, según dijo. De escucharla gritarme me puse nervioso, y sin pensarlo le solté un guantazo. Se llevó la mano a la mejilla, roja por el golpe. Deseé que empezara a lloriquear, así tendría motivos para reírme. Pero no vi una sola lágrima en su rostro, pero sí determinación en su mirada. Me devolvió el golpe. La observé sorprendido y anonadado. Enseguida noté como si me ardiera la cara, pero no por el golpe, sino por la furia que sentía. La cogí por el brazo, le grité al oído. Perdí el control de mí mismo. ¿Cómo se atrevía esa Barbie a pegarme a mí? ¿No sabía quién era yo? Pues si así era, lo iba a descubrir. La cogí por la camiseta, ella empezó a pegarme patadas en las espinillas. Exasperado y furioso, la agarré del cuello y… puede que se lo apretara demasiado. Vi como su rostro pasaba de rojo a blanco, parecía asfixiada. La solté en el acto, comenzó a toser. Casi… casi la mato… pensé. Escapé de allí atormentado.

Corrí hacia la boca del metro, y al ir hacia allí… Me encontré en un lugar donde tiempo atrás la había besado con tanta dulzura como se puede albergar entre dos labios. Mi amor, casi te maté aquel día. Su olor, aquella esencia de vainilla que solía ponerse en el cuello cuando quedábamos. La sentí a mi lado, la quise allí. A veces recuerdo que cambiaba de perfume, en verano solía deleitarme con fragancias frutales que me embaucaban. Deseé oler a pera mientras la abrazaba. Maldita sea, me estaba abrazando a la nada. Idiota. 

DÍA 5

ALBA


Hoy ha pasado. Por primera vez en mucho tiempo, me he defendido. He explotado. He luchado. Pero no he ganado.
Esta tarde he ido a un centro comercial de mi ciudad y nos hemos visto. Ha sido en los lavabos. Me ha encerrado en el lavabo de minusválidos y me ha obligado a mantener sexo con él. Bueno, yo no he cedido, y me he resistido entre sus brazos, agarrándome a unas barras blancas. Al ver que yo no cedía ha empezado a pegarme. Me ha estirado del pelo, golpeado y pateado. Yo no dejaba de removerme debajo de él, y he llegado a acertarle con algunas patadas, en su mayoría involuntarias. Al final el que ha explotado más ha sido él, y ha sacado un cuchillo de sierra con el que me ha rajado el brazo. Grité muerta de dolor, preguntándome dónde estaba la gente, o en qué diablos pensaba. ¿Por qué nadie me ayudaba? La sangre recorría mi brazo, al verla me mareé. Él se fue rápidamente, cerrando la puerta de un portazo. Un domingo por la tarde no había nadie en los pasillos, nadie que viera mi dolor o me ayudara a arrastrarlo. Cuando conseguí levantarme, descubrí que a pesar del dolor, el corte no era muy profundo. Un par de gasas lo arreglaría, no haría falta pasar por ningún hospital. Allí sólo disponía de papel higiénico, así que envolví mi herida lo mejor que pude y me fui.
Arrastré los pies por una acera que conocía muy bien, recorrí con la mirada edificios que otras veces me había parado a contemplar. Pero yo no era la misma. Era un reflejo, la sombra de mi personalidad. Y ni siquiera podía aspirar tan alto. No quería reconocerme a mí misma. Con el brazo ensangrentado, cubierto por varias capas de ropa, llegué hasta mi casa. Oculté la herida a mis padres y la curé rápido. Me deshice de las prendas manchadas de sangre e intenté aparentar normalidad.
Para una vez que lucho, y el resultado es este… No he podido dormir en toda la noche.


ÁNGEL


Alba significa blanco. Mi niña blanca y pura. Siempre la recordaré. Me llevé sus ilusiones, pero también la marqué para siempre, en todos los sentidos. No sé cómo explicarlo, pero digamos que en parte de su cuerpo había un recuerdo mío. Cicatrices, marcas. Cada una tiene una historia diferente. Una de aquellas marcas era la del muslo, pero recuerdo un corte en su brazo. Vi evolucionar esa herida, llegué a verla completamente cicatrizada. Cuando observaba que estaba aburrida, solía mirarla. Eran tres o cuatro cortes paralelos, largos y completamente simétricos. ¿Mi arma? Un cuchillo de sierra con un mango de plástico negro. Ella era pálida, recuerdo que el negro de mi cuchillo contrastaba con la piel de su brazo.
Me gritaba cuando raspaba su piel, le dolía. Pero ella no llegó a sufrir el calvario por el que yo pasé. Necesitaba verla llorar y retorcerse, ver cómo la sangre, su tan ansiada sangre, caía del filo de la justicia y de la venganza que sostenía en mi mano. Debía de hacerme ver como alguien, ella tenía que entender el terreno que pisaba. Era su felicidad o mi respeto. La decisión estaba tomada. Maldita sea. La amaba tanto… la amo.

Sus gritos retumbaban en las paredes del recinto, un cutre cuarto de baño del centro comercial… (no creerás que te diré el nombre, ¿verdad?).  Me llevé el recuerdo de su llanto a la almohada, sus manos palpando mi cuerpo, sudorosas. Su sangre cayendo al suelo. Salí de allí y busqué el aire fresco del invierno y la oscuridad de la penetrante noche. Caminé por la avenida y me subí a mi moto negra, una Harley Davidson. La velocidad y yo nos fundimos en uno… hasta que me paró un madero. Me cagué en la puñeta de la madre de ese tío. Paré mi preciada joya y recibí la multa de ese desgraciado. 

DÍA 6

ALBA


Lo que no mata te hace más fuerte. O eso dicen. En mi caso no sabría decir si es aplicable esta expresión. ¿Soy más fuerte? Puede que sea más desconfiada, más sumisa pero… ¿fuerte? Cada vez me siento más débil, cansada. No duermo por las noches, y por el día me atormentan pesadillas fuera del territorio del sueño. Ya no tengo ganas de nada. Pero nadie debe notarlo, por fuera parezco la chica más patética del siglo. También he estado pensando.
Pienso en denunciar. Si fuera mayor de edad, para lo que me quedan unos años, podría hacerlo sola. Debería decírselo a mis padres, pero no encuentro palabras. Tampoco quiero hacerlo, creo que después de eso no me mirarán a la cara. Me siento utilizada. Por todos, por él y lo peor, por mí misma. He puesto mi felicidad en venta, mi vida. Y lo peor es que me han robado todo lo que tenía. La vitalidad, la resistencia, el orgullo, la dignidad, la fuerza. Antes, me miraba al espejo y me sentía orgullosa de lo que veía. No era el cuerpo perfecto, pero podía asegurar que era sólo mío. Ahora ni siquiera mi propia piel me pertenece. Ni mi alma, ni mi voluntad. He perdido todo lo que muchos estarían dispuestos a dar por un mísero puñado de dinero, pero yo, que jamás habría hecho algo así, lo he perdido.
En mis ojos ya no me encuentro, ni siquiera puedo contemplar mi cuerpo, cada cicatriz se me antoja un latigazo. Una voz grita habla, pero no es mi voz la que escucho, sino una voz desconocida que no me transmite nada. Pero mi voz… calla. Mis ojos se cierran ante la realidad. Y lo peor es que soy consciente de que quiero pasar de todo, de que poco a poco me voy resignando y de que cada día sufro más. A veces me ahogo, y necesito sentarme, porque veo su rostro a escasos centímetros del mío. Primero sus rasgos son dulces, pero luego un frío siniestro y la peor de las amenazas los invaden. Entonces, cierro los ojos e intento recordar cómo se respira, cómo se vive… se ríe.   
Antes recordaba algo feliz y poco a poco era capaz de volver a sonreír. No sé cuánto hace de que perdí esa capacidad. Pero ya me da igual. Simplemente he dejado de asociar el significado de cosas como dolor y yo. Ahora sólo grito cuando me hace daño físico. Lo demás ya ha muerto.
Recuerdo que una vez me contaron que, en una tribu, cuando una persona perdía a un ser querido o pasaba por una situación muy dolorosa, se cambiaba el nombre. Esa persona consideraba que había cambiado demasiado como para ser conocida como antes. Puede que a simple vista fuera la misma. Pero en realidad, sobrevivir al dolor le había marcado tanto que incluso se consideraba que volvía a nacer. Como el ave fénix renacía de sus cenizas. A veces desearía renacer pero luego pienso: ¿cómo puedo renacer de mis cenizas si ya no me queda ni eso?
Mi vida se desarrolla como una secuencia: ir, volver, hablar, callar, gritar, correr…
   

ÁNGEL


El cansancio me invadió aquella mañana, tras haber pasado toda la noche sin dormir. El recuerdo de su mirada atormentada, de sus gritos de dolor… ¿puede ser que en aquel momento estuviera arrepentido? No lo sé con seguridad, pero sí que puedo afirmar que lloré. Mi camisa estaba manchada de sangre, la suya. La sangre de mi amada, de Alba. Mi pequeña estúpida que apenas era capaz de defenderse pero que siempre había sido leal, siempre había estado ahí… hasta que apareció el desgraciado de Lucas. Ese vil cerdo, por calificarlo de algún modo, me arrebató lo mejor de mí con un plumazo de sus plumas de marica. El niño sentimentalista parecía obsesionado con quitarme lo que era mío. Pero no me rendí entonces, que quede claro, me encargué del asunto. No podía castigarle a él, pues no lo tenía en el punto de mira, pero ella sí que estaba disponible.
Cogí la camisa, olí la sangre y la lamí. Con una sonrisa la rompí, pero me quedé con la parte manchada. Alba era aficionada a las historias de vampiros, ¿le gustaría pensar que yo bebía de su sangre? La llamé, pero no me lo cogía. A estas horas ya estás despierta, me dije. Volví a llamar, pero tampoco recibí respuesta. Me configuré el móvil de forma que ocultara mi número durante la llamada. Volví a probar.
-¿Si? –respondió ella.
-Buenos días, princesa –dije con un tono falso y aterciopelado.
-Sabía que eras tú –gruñó-. ¿Qué quieres?
La pequeña sonaba muy gallita por teléfono, pero en persona se venía abajo con todo el equipo. Decidí bajarle los humos.
-¿Repetimos lo de anoche? –sugerí con tono burlón. Me colgó.
Muy bien, tú lo has querido. Parece que buscas divertirte, yo te daré marcha.
Esa misma tarde me planté en su barrio, ni más ni menos. Al parecer, tenía que ir al gimnasio, era entre semana.
-Sin problemas, te acompaño –dije, y ella palideció al escucharlo, pero no le quedó más remedio que ceder. Acabé acompañándola, pero ella me pidió que me quedara en un parque próximo a la puerta.
-Adiós –dijo, e iba a marcharse, pero me examinó con la mirada y lo pensó mejor. Me besó y entonces prosiguió su camino.

La noche llegó sin que me diera cuenta, cogí un autobús (la moto me la había dejado en el garaje) y llegué a mi casa. Cogí el móvil, no pensaba quedarme solo aquella noche. Busqué en la agenda de números y encontré el que buscaba.
-Hola –respondió ella, su voz sugerente me cautivó.
-¿Por qué no te pasas por mi casa ahora? –sugerí alegremente.
-Ahora mismo voy –respondió Laura.

Unos minutos más tarde la tenía en la puerta, y poco después a mi lado en la cama. En el suelo destacaba la imagen de nuestra ropa esparcida al azar. 

DÍA 7

ALBA


Descartes dijo: pienso luego existo. Y por eso mismo querría dejar de pensar, para dejar de existir. Parece imposible, pero no por el hecho de que no se pueda morir, sino porque yo soy incapaz de dejar de pensar. Tampoco puedo dejar de soñar. Si hay algo que Ángel jamás me va a poder arrebatar será el amor. Ciertamente, ha borrado toda la autoestima de mí, pero el amor por los demás jamás podrá arrebatármelo. Y eso es un principio. Aún me siento capaz de abrazar y de añorar. Y sobre todo, siento que puedo querer, aunque no me sienta querida.
Demócrito habló de que la materia estaba formada por partículas invisibles e indivisibles. Bien, puede que lo que guardo en mi interior sea invisible, pero sí puede dividirse, pues no sé qué parte de mí no han destrozado hasta hacerla desaparecer. Y lo peor, es que ya no lloro. Antes, al menos eso me aliviaba, me vaciaba y borraba gran parte de mi angustia. Ahora me la guardo toda y no puedo sacarla a la luz. Es como llevar una carga durante un viaje interminable.
Y me quedo atascada, compitiendo con el mundo para ver que con qué endemoniada arma me puede atacar y que no conozca ya. ¿La muerte? ¿Creen que después de haberla llegado a desear la voy a temer? Suerte, para eso y para todo lo demás.
Ayer creí que ya no me quedaban ganas de luchar, pero me equivoqué. Luché otra vez.  Sus brazos me rodeaban, sus dedos palpaban mi piel y sus labios recorrían mi rostro. Y conseguí separarme de él, pegarle, defender los pocos peones que me quedaban en aquel tablero de ajedrez. Y llegué al final, a la última casilla, avanzando hacia delante. Y reviví como una reina. Le pegué. Le dolió. Maldijo. Sufrió. Entonces, procesando todos los hechos una décima de segundo más tarde, actué. Le tiré al suelo, le pegué con todas mis fuerzas. Él, por supuesto, me asestó golpes muy fuertes, pero yo no me detuve. Había explotado de verdad. Y experimentando la ferocidad de un tigre, me di cuenta de que había estado matando a mis propias fichas, sin dirigirme al enemigo ni plantarle cara. En aquel momento, pasé de ser la presa a ser el cazador, y dejé salir a la bestia que habitaba en mi interior para hacerle pagar por todo lo que me había hecho. Aunque, justo cuando estaba a punto de ganar… desperté. El sudor de un sueño demasiado real manchaba mis sábanas. Había luchado en mi mente, había roto la sumisión y la resignación. Volvía a la ira, al odio, a la valentía y a las ganas de luchar. Y lloré otra vez después de mucho tiempo. Me retorcí en la comodidad de mi cama y me levanté. Miré a través de la cortina y la luz de las farolas me saludó. En la oscuridad de una plácida y tranquila noche mis ojos se abrieron de verdad, descubriendo una realidad que era imposible de esconder. Mi rostro se reflejó en el cristal.
Cogí mi teléfono móvil. No necesitaba mirar la hora para saber que eran más de las dos de la madrugada. Él siempre me llamaba a esa hora, me despertaba y me asustaba. Me impedía descansar hasta cuando estaba ausente. Aquel día era mi turno. Marqué el número y esperé su respuesta.
-Sí… -escuché su voz somnolienta, ni siquiera había leído mi nombre en el identificador de llamadas.
-Voy a matarte –dije. Mi voz sonó asustada, y varias lágrimas resbalaron por mis mejillas.
-¿Alba? –inquirió, sorprendido de escucharme decir algo así. La verdad es que yo también me sorprendí de haber sido capaz de pronunciar aquellas palabras.
Pero toda mi valentía se desvaneció en el acto de escuchar su voz. Me arrepentí de haberle llamado, si se enfadaba la pagaría conmigo.
-¿Me llamas a estas horas? Pero tú… -calló de pronto, y la sorpresa cambió a la amenaza-. La que morirá serás tú como vuelvas a despertarme en medio de la noche. Por favor, ¿te has visto? No eres nadie, ni nada. Porque los muertos no pueden hablar, y yo me encargaré de arrancar la lengua de tu cadáver…
Sonaba somnoliento, pero rabioso. Colgué el teléfono.
He de decir que esas no fueron sus palabras, es una versión dulcificada. Además, yo no me limité a decirle que le mataría, describí cómo lo haría exactamente de un modo demasiado desagradable como para narrarlo entre estas páginas.


ÁNGEL


Tirada en el suelo, Alba parecía ida. Su mirada perdida y la palidez de su cuerpo podían haber asustado a cualquiera. Pero yo, lejos de tener miedo, me sentía aliviado. Ahora me escucharía, había ganado entre los dos. Le acaricié una mano, ella me miró, pero seguía ahí tirada y sin moverse. La besé en la mano y le acaricié la mejilla suavemente con la yema de los dedos. Para ser sinceros, no entendía a qué venía su miedo. De pronto se incorporó y pareció despertarse de un sueño. Temblando se acercó a mí, me besó y yo me dejé llevar por su olor, olvidé todo excepto aquella esencia de vainilla tan dulce que siempre me cautivaba.
-Por favor –suplicó mientras besaba mi cuello-, quiéreme, acéptame. Seré tuya para siempre.
-¿Cómo me pides eso? ¿No ves que ya eres mía? –le respondí en un susurro, dejando que las palabras fluyeran hasta su corazón.
-Te quiero –acerté a ver que sus ojos estaban húmedos al decirlo.
-Pues yo te amo –dije, sonriendo, quitándole seriedad a un momento tan perfecto.
Hacía un momento la tristeza la inundaba. Lloros y sollozos la invadían. Mi pequeña lo pasaba muy mal, no la comprendía nadie, necesitaba apoyarse en mí, y yo siempre estaba disponible para mi chica. Era una niña que pretendía ser mujer a mis ojos, pero aún no había dado los pasos adecuados en la vida. Ahora estaba empezando.
-Ángel –me susurró. Yo la miré a los ojos-, no me dejes nunca.
-Jamás –respondí solemnemente.

Hace años que no vivo un momento así, eso ocurrió mucho antes del horrible incidente. Antes de que le hiciera daño de verdad, de que marcara su cuerpo con el filo y su corazón con la traición. Nuestra historia es curiosa, nos conocíamos de mucho. La primera vez que la vi tenía siete años, yo diez. Íbamos a una escuela pública, y para entonces simplemente era una cría con la que no me relacionaba casi nada, hasta que nuestras madres se conocieron, y cuando se iban a tomar un café nos llevaban detrás. Jugaba con ella mientras nuestras madres cotorreaban de temas que aún no comprendíamos. Empezamos a llevarnos bien, a pesar de ser una niña cursi (se creía una princesita) empecé a descubrir que detrás de esa fachada, ya con siete años, había una pequeña fiera. Más tarde me cambiaron de colegio, una escuela pija y privada. ¿Quién me iba a decir que ella acabaría en el mismo colegio? Años después, cuando ella tenía doce y yo quince, volvimos a encontrarnos. Hablábamos bastante, y al final terminamos siendo como hermanos. Los años pasaron, al final ella cumplió los catorce y yo los diecisiete. Ya no la miraba como a una niña, era una igual. Y más que eso. Nos dimos nuestro primer beso, y ese fue su primero en la vida. También lo fue para mí. Nuestra relación era perfecta, podíamos estar horas y horas hablando. No nos cansábamos de estar juntos, y poco a poco empezamos a salir seriamente.
No tardaron en joderse las cosas. Yo necesitaba avanzar, pero ella no podía. Tenía dieciocho años, no podía esperarle más. Al final, harta de mi insistencia, me dejó. No podría describir cómo lo pasé, pero después de noches sin dormir decidí que se merecía lo peor. La odié con cada lágrima y cada recuerdo. Me había utilizado, manipulado y humillado. Yo era la cucaracha y ella la bota que me aplastó. Empecé a salir con otras chicas, mucho más lanzadas y de menor valor para mí. Entonces, me enteré de que ella no se había quedado de brazos cruzados. De hecho, se había visto rodeada de novios como de trajes en un armario. Simplemente, dejaba algunos colgados y usaba otros diferentes. Hasta que encontró a Lucas, y salieron más de lo que yo habría llegado a desear. Fueron meses demasiado largos para mí. Pero ese desgraciado la dejó en la estacada, era un niño pijo que no entendía lo que era la vida. Ella estaba desconsolada, se sentía tan mal… que entré en acción. Volví a consolar a mi pequeña como hiciera antaño. Era mía de nuevo, y se apoyó en mí a partir de aquel momento. Su vida era de todo menos sencilla, contaría conmigo para todo.

Pero las cosas no eran como antes. Ella me había traicionado una vez y eso hacía que me costase abrirme del todo. Sin embargo Alba tampoco ponía mucho de su parte. Al parecer Lucas y ella seguían hablando, y su relación se estrechó muchísimo más que cuando eran simples amigos. Y Alba no le había olvidado, al parecer estaba enamorada de él, pero no de mí. Podría haber sido paciente, haberle dado tiempo para olvidarle a él y quererme a mí, pero no fue posible. Ella decidió tirarlo todo por la borda, me engañó. Lucas y ella se veían muy a menudo, su relación iba más allá de la amistad. Un día, a punto de hacerla completamente mía, me lo dijo todo en pocas palabras. Perdí los papeles, no podía irse de rositas. Toda la vida a su lado, apoyándola, para acabar siendo el segundo plato de una cría. Dios, era mía, ¿cómo se escapó de mis manos? 

DÍA 8

ALBA


El tiempo pasa para todos, lo queramos o no. A veces quisiera que no viviéramos en el tiempo, sino en nuestros actos. Que jamás pudiera anochecer, y que la luz nos acompañara y nos meciera. Ojalá pudiéramos mirar al sol sin que sus rayos nos quemaran en los ojos. Ojalá yo pudiera mirarle a la cara sin que algo dentro de mí se rompiera. No sólo se trata de Ángel, también de mi madre, mi padre, mis amigos. No me veo capaz de mirarles a la cara. Me he vendido. O al menos así me siento. Soy la cómplice de mi propia perdición. Pero mis labios están sellados. Tengo miedo.
¿Qué hacer cuando tu propio ser te ha traicionado? ¿Cuándo eres incapaz de escapar? Quiero y no puedo es lo peor que se puede decir. Aún más horrible es que ocurra de verdad. Ojalá fuera diferente, especial. Ojalá pudiera dejar de vivir con miedo. Ojalá…
Hoy no ha sido un mal día. Un gran amigo (sí, tengo amigos), me ha dicho que realmente me valora por quién soy. Él intuye que no todo va bien. Parece poder leer mi mente. Y yo me dejo entrever. Quiero que me entienda, que me vea como soy. Y por fin, algo dentro de mí parece reconstruirse. La escarcha que cubre mi corazón va desquebrajándose, liberándome. Pero una parte de mí es incapaz de seguir viviendo. La otra tiene ganas de disfrutar de lo que me queda. Un par de amigos de verdad, una familia. Aunque me cueste seguir siendo yo. Prácticamente vivo desquiciada. Por el recuerdo y por el temor al futuro. Y por el presente… de eso ya ni hablamos. Cada vez sufro más y más, pero ya no se trata de lo que me haga él, sino también de lo que me hago yo a mí misma. He pasado de vivir el día a día, a tachar fechas del calendario.
Y sigo así, no he dejado ni dejaré de hacerlo. Simplemente no le encuentro sentido a nada. Nada que esté relacionado conmigo, pero sí que soy capaz de pensar en los demás, aquellos a los que quiero. Si a ellos les pasara algo les defendería mucho mejor de lo que me defiendo a mí misma. Me veo capaz de hacer por ellos lo que sea. Pero, ¿qué hay de mí?


ÁNGEL


Mi vida, mi amor. Alba, el alba de un nuevo día, el color blanco, la pureza. Lo era todo para mí. Una oportunidad, sólo pedía eso, pero ella no era capaz de dármela. Sufría muchísimo más de lo que ella creía. Pero para ella nada de eso tenía sentido. Habíamos llegado a un amor-odio angustioso. Lloraba en secreto, tirado en la cama. La puerta siempre cerrada, las ventanas también estaban cerradas, y las persianas bajadas. Solo estaba la luz tenue de mi celda, de mi prisión, mi cuarto.
Me levanté de la cama y me sentí mareado. Fui a la cocina y busqué algo de comer. Un paquete de galletas llamó mi atención. Di el primer bocado a una galleta con pepitas de chocolate. Alba las hace mucho mejor, pensé. Alba otra vez. Dios, estaba presente en cada una de las cosas que hacía. Cuando me enjabonaba en la ducha, recordaba cómo acariciaba mi piel, cuando corría o hacía ejercicio, recordaba que ella también hacía deporte. Era una tortura tenerla siempre en la cabeza. Si veía a una pareja, inevitablemente pensaba en cuando éramos novios. La necesitaba en mi vida. Estaba cansado de seguir siendo una sombra a la deriva, pensaba volver a ser el que era antaño. Me puse mi cazadora, y me disponía a salir cuando escuché pasos a mi espalda.
-Ángel, ¿adónde vas? –me preguntó mi madre.
-¿Y a ti qué te importa? –gruñí. Ella se acercó a mí.
-Cariño… -susurró, temerosa.
-No te aguanto, enserio, me largo –salí por la puerta, pero ella me siguió hasta el rellano.
-Ángel, por favor, no te vayas –gimió. Pobre mujer. Le puse una mano en el hombro, me observó con miedo.
-Venga, ya hablaremos, ¿eh? –le pegué un cachete en la mejilla.

Di un portazo y bajé las escaleras. Mi madre era demasiado maleable para mi gusto. Ella se olía algo. Maldita sea, no sé qué tendrán las madres, siempre son capaces de leerte el pensamiento. Mi padre era una segunda madre para mí. Básicamente porque era un marica, homosexual, según él. Un pajarito con plumas, lo que yo te diga. Joder, ya que me habían adoptado podrían haber aparentado ser una familia normal. A los cinco años me adoptaron, y se divorciaron cuando yo tenía diez años. Después, mi padre cambió faldas por pantalones y mi madre sustituyó el marido por el cuidado de su casa. Mi padre intentaba explicarme que había salido del armario, yo le respondía que o se metía él o le encerraba yo. A veces me decía a mí mismo que en Rumania habría vivido mejor. 

DÍA 9

ALBA


Estoy cansada. De este juego de buenos y malos. Ya no aguanto más. Callar ya no es una opción. Lo sé. Llegará el día en el que ya no quede nada de mí por lo que llorar. ¿Y si muero? Me empiezo a plantear hacerle yo el trabajo sucio. Así dolerá menos. Ojalá ser capaz de acabar conmigo misma. No sé si soy tan valiente y tan cobarde al mismo tiempo. Por una parte ser capaz de matarme, por otra, ser incapaz de seguir viviendo. Dos cuestiones tan sencillas pero difíciles de asimilar. Soy cómplice de cavar mi propia tumba. Lo sé. Parezco saberlo todo, pero sólo hay una pregunta sin responder… ¿Qué hacer?
Intenté resignarme, pero no lo conseguí. También he explotado, he luchado. Pero he perdido. Él va “ganando”. ¿Adónde voy? ¿A ningún lado? Mentira, voy de camino a la perdición. Tengo algo muy claro. Si pudiera pedir un deseo sería que se me cayeran los pechos de golpe, es lo que más problemas me crea. Por otra parte estoy extremadamente agotada de soñar. Jamás pensé que pudiera ser cierto, pero ya me deja fría cualquiera de mis aspiraciones. No sé cómo he llegado a este punto, pero lo he hecho. Y ni siquiera tengo el placer de sentirme sola… le tengo a él. Por favor, por Dios, por piedad… basta. Lo daría todo por vivir otra vez. Porque esto no es una vida. Si acabara con esto no estaría suicidándome, sólo estaría descansando, poniendo fin. Quiero parar de respirar para que el pecho deje de dolerme, quiero parar de comer si eso me impide vomitar, quiero dejar de caminar si así consigo que no me duelan más las piernas. Quiero eliminar el dolor de mi cuerpo, y sólo puedo lograr eso si me deshago de él. No dudaré en ser mi propio verdugo si así consigo ser yo misma. Tampoco dudaré en el momento en el que tengan que ser mis manos o las suyas las que terminen conmigo. Lo haré yo misma, intentaré irme de este mundo sin sufrir. Yo pondré la fecha de mi muerte.
Me he dado cuenta de algo que puede cambiarlo todo. No sé si esas fotos con las que me chantajea existen. Recuerdo pocas cosas de aquel día, recuerdo que en algún momento, en el que me tenía contra su cama, sacó el móvil y escuché un clic. Pero… ¿realmente hay fotos? Hoy he caído en la cuenta de que, si las hubiera, me habría enterado. O eso creo. Pero igualmente he comprendido que yo no me callo por unas fotos, lo hago por miedo. Y eso es mil veces peor. Unas fotos se destruyen en minutos, el miedo puede no erradicarse por completo nunca. Los sudores fríos me invaden, mis ojos han pasado a ser rojos siempre, mis piernas no recuerdan cómo caminar sin temblar. Poco a poco me veo consumiéndome, y eso hace que todo acelere y que los días se sucedan unos detrás de otros. Me voy alejando del sitio que debería ocupar. En realidad, me alejo de todos aquellos que me quieren, mentiras y silencios nos separan.


ÁNGEL


Lo gracioso del asunto fue que empezó a hablarme en mal tono y a meterse conmigo. Pobre niña, no entendía que se jugaba mucho. Llegó a llamarme mentiroso, me dijo que nunca había creído en la existencia de las fotos. Así se refería a ellas, como una reliquia histórica.
-¿Qué más te da? –me burlé, mientras ella andaba de acá para allá, histérica- Pero si la mayor parte de la ciudad te ha visto más de lo que sale ahí.
Eso solo sirvió para empeorarlo todo. Parecía una pequeña fiera. Se acercó a mí y empezó a amenazarme, levantó la mano, como si pretendiera pegarme. Mi mirada la detuvo.
-No vuelvas a levantarme la mano –le dije, muy seriamente. Se detuvo de pronto, dándose cuenta de que así no llegaba a ningún lado. Suspiré.-. Mira, yo tampoco quiero seguir con esto. Anda, ven aquí –extendí los brazos, invitándola, seduciéndola.
Pareció dudar un instante, pero conocía bien a mi pequeña. Una niña dulce y cariñosa, pero muy inestable. Se refugió entre mis brazos, feliz de sentirse protegida. Le acaricié el pelo, y suavemente rocé sus hombros.
-Perdóname –susurró. Cuando hablaba en ese tono tan suave y dulce me dominaba por completo.
-Tranquila –intenté consolarla, y de pronto se separó de mí un poco para mirarme a la cara.
-Esas fotos… ¿realmente existen? –me preguntó temerosa.
Negué con la cabeza. Alba suspiró de alivio. En aquel momento decidí que una mentira piadosa sería lo mejor. Además, si me daba lo que quería nadie sabría de su existencia. Los policías llevan pistolas aunque no deseen usarlas, son para defenderse, por si ocurre algo. A mí me pasaba lo mismo, no quería ser desagradable, pero las guardaba por si acaso.
-Te quiero –le dije, y la besé.
Sus ojos se humedecieron, hasta que rompió a llorar. La abracé. Debían de ser demasiadas emociones seguidas para ella.

-Lo siento… -me susurró mi pobre cachorrita. Me gustaba que estuviera así, débil, manejable. Así era mi gatita, mi pequeña Alba, como había sido siempre. 

DÍA 10

ALBA


Me prometí que no gritaría. Ni lloraría. Eso me dije a mí misma. Pero no fue así. No pensaba volver a ser su víctima, pero lo fui. Las lágrimas caían por mi rostro, el dolor deformaba mis facciones, los sollozos estremecían mi garganta. Lloré como nunca, tirada en el suelo, a su merced. Él me agarró por los pies, sereno e impasible a mi sufrimiento. Mis súplicas no parecían decirle nada. Pero a mí el sonido de mis propios gritos me estremecía. Voy a morir, pensaba.
Mis ojos se cierran, mis miembros caen derrotados a mis costados. Dejo de luchar otra vez… hasta que noto sus dedos recorriendo mi ropa, quitándomela. No. Eso no. Nunca más. Y entre sus brazos me resisto de nuevo. No pararé. No fallaré.
-¡¡Suéltame!! –grito, mi voz resuena entre las paredes-¡¡ Hijo de la gran puta, suéltame!!
Un movimiento de su mano basta para hacerme callar. Relamo la sangre de mis labios. Está tenso, furioso. Pero ya he explotado otra vez. Y cuando eso pasa no hay forma de retroceder. Ahora o nunca, me digo. Y como si el mismísimo Dios me hubiera dotado de superpoderes me resisto al dolor y al miedo, consiguiendo fuerzas de donde no las hay. Me abro paso entre los amasijos de mi voluntad quebrada y saco lo único que me queda de dignidad, de ira y de furia.
Entre mis pechos un cuchillo escondido, en mi corazón la determinación. Cada movimiento he calculado, ahora sólo falta el valor. Pero con cautela, me digo, lentamente, sin que lo note. Finjo temblores bajo su cuerpo, me provoco espasmos. Pero suaves, él no ve motivo para detenerlos. ¿Calmar mi sufrimiento? ¿Mi ansiedad? Eso nunca. Idiota, es tu perdición. Mi venganza.
Meto mi mano entre mis pechos, los aprieto, como consolándome. Pero mis dedos no se aferran a la nada, entre ellos está el mango de mi arma. Y como una guerrera en medio de una lucha deslizo suavemente el filo por mi piel, bajándolo hasta el final de mi camiseta. Y lo saco de entre la ropa, pero él no lo ve, está demasiado concentrado en mis pantalones, desabrochándolos. Lentamente, coloco el cuchillo en su garganta, incorporándome todo lo posible. Sus ojos buscando mi mirada, su expresión de asombro. Y entonces, ahí está. El pánico atraviesa por un momento su semblante. Pero luego, determinación, confianza. Se me revuelve el estómago.
-Joder –murmura-. Vamos, no tienes cojones.
Cierto, mi mano tiembla, alejándose del blanco, hasta que al final él me quita el cuchillo de las manos. Estoy indefensa de nuevo. Y lo peor es que no sólo le he dado un arma, también motivos para usarla. Vuelvo a temblar, pero esta vez no finjo. El miedo es real.
-Por… favor…. –mi voz temblorosa le hace sonreír.
Y el cuchillo cae al suelo. Un puñetazo y lágrimas.


ÁNGEL


Descubrí la verdad. Maldita traidora, me estaba engañando otra vez. Se veía con Lucas, de nuevo. La muy idiota lo había echado todo a perder, así, de repente. No quise creerlo en un principio, pero entonces lo vi claro. Lucas y ella estaban muy unidos. Me planté en su instituto y los encontré, tan contentos como antaño. A la mierda lo de ser comprensivo, me lancé encima de ese capullo y de la desgraciada de mi chica.
Días más tarde ella me ignoraba. Al final no lo aguanté más, le exigí que tuviera valor para plantarme cara. Y eso hizo. Acudió a mi casa. Nada más verla supe que acabaría mal, venía muy alterada y agresiva. Nos besamos con violencia y ella después me besó en la mejilla, pero muy fuerte, haciéndome daño. Una forma dulce de dañarme. La cogí de las muñecas y le lamí el cuello. Acabamos en la alfombra, besándonos y abrazados. Me coloqué encima suyo, dispuesto a hacerla mía. Esta vez serás mía, me dije. Y me lancé a desabrocharle la ropa, pero la muy idiota, como si aquello no fuera con ella, comenzó a agitar las piernas. Maldita sea, me comí varias veces sus rodillas al intentar acercarme. Me intentó apartar con las manos, pero me mantuve en mi sitio. Y al final se detuvo. Sonreí, pensando que al fin había decidido quedarse quieta. Volví a centrarme en sus pantalones, y comencé a desabrocharlos, pero de pronto sentí un filo en mi garganta. Alba se había incorporado y sostenía un cuchillo entre las manos. Sus pantalones los había bajado hasta la altura de las rodillas. Observé que la piel se le había puesto de gallina, pero a su vez estaba nerviosa. Demasiado, sería capaz de cualquier cosa. Por primera vez tuve miedo, pero me esforcé en ocultarlo, sino ella lo aprovecharía.
-Joder –murmuré-. Vamos, no tienes cojones.
Me miró, había lágrimas en sus ojos. Leí el miedo en su mirada. La mano le tembló y rápidamente le quité el cuchillo. La observé con ira y rabia sin contener. Empezó a temblar el doble.
-Por… favor…-susurró con voz temblorosa.

Y entre risas extrañas a mí mismo tiré el cuchillo y le pegué un puñetazo.