viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 6

ALBA


Lo que no mata te hace más fuerte. O eso dicen. En mi caso no sabría decir si es aplicable esta expresión. ¿Soy más fuerte? Puede que sea más desconfiada, más sumisa pero… ¿fuerte? Cada vez me siento más débil, cansada. No duermo por las noches, y por el día me atormentan pesadillas fuera del territorio del sueño. Ya no tengo ganas de nada. Pero nadie debe notarlo, por fuera parezco la chica más patética del siglo. También he estado pensando.
Pienso en denunciar. Si fuera mayor de edad, para lo que me quedan unos años, podría hacerlo sola. Debería decírselo a mis padres, pero no encuentro palabras. Tampoco quiero hacerlo, creo que después de eso no me mirarán a la cara. Me siento utilizada. Por todos, por él y lo peor, por mí misma. He puesto mi felicidad en venta, mi vida. Y lo peor es que me han robado todo lo que tenía. La vitalidad, la resistencia, el orgullo, la dignidad, la fuerza. Antes, me miraba al espejo y me sentía orgullosa de lo que veía. No era el cuerpo perfecto, pero podía asegurar que era sólo mío. Ahora ni siquiera mi propia piel me pertenece. Ni mi alma, ni mi voluntad. He perdido todo lo que muchos estarían dispuestos a dar por un mísero puñado de dinero, pero yo, que jamás habría hecho algo así, lo he perdido.
En mis ojos ya no me encuentro, ni siquiera puedo contemplar mi cuerpo, cada cicatriz se me antoja un latigazo. Una voz grita habla, pero no es mi voz la que escucho, sino una voz desconocida que no me transmite nada. Pero mi voz… calla. Mis ojos se cierran ante la realidad. Y lo peor es que soy consciente de que quiero pasar de todo, de que poco a poco me voy resignando y de que cada día sufro más. A veces me ahogo, y necesito sentarme, porque veo su rostro a escasos centímetros del mío. Primero sus rasgos son dulces, pero luego un frío siniestro y la peor de las amenazas los invaden. Entonces, cierro los ojos e intento recordar cómo se respira, cómo se vive… se ríe.   
Antes recordaba algo feliz y poco a poco era capaz de volver a sonreír. No sé cuánto hace de que perdí esa capacidad. Pero ya me da igual. Simplemente he dejado de asociar el significado de cosas como dolor y yo. Ahora sólo grito cuando me hace daño físico. Lo demás ya ha muerto.
Recuerdo que una vez me contaron que, en una tribu, cuando una persona perdía a un ser querido o pasaba por una situación muy dolorosa, se cambiaba el nombre. Esa persona consideraba que había cambiado demasiado como para ser conocida como antes. Puede que a simple vista fuera la misma. Pero en realidad, sobrevivir al dolor le había marcado tanto que incluso se consideraba que volvía a nacer. Como el ave fénix renacía de sus cenizas. A veces desearía renacer pero luego pienso: ¿cómo puedo renacer de mis cenizas si ya no me queda ni eso?
Mi vida se desarrolla como una secuencia: ir, volver, hablar, callar, gritar, correr…
   

ÁNGEL


El cansancio me invadió aquella mañana, tras haber pasado toda la noche sin dormir. El recuerdo de su mirada atormentada, de sus gritos de dolor… ¿puede ser que en aquel momento estuviera arrepentido? No lo sé con seguridad, pero sí que puedo afirmar que lloré. Mi camisa estaba manchada de sangre, la suya. La sangre de mi amada, de Alba. Mi pequeña estúpida que apenas era capaz de defenderse pero que siempre había sido leal, siempre había estado ahí… hasta que apareció el desgraciado de Lucas. Ese vil cerdo, por calificarlo de algún modo, me arrebató lo mejor de mí con un plumazo de sus plumas de marica. El niño sentimentalista parecía obsesionado con quitarme lo que era mío. Pero no me rendí entonces, que quede claro, me encargué del asunto. No podía castigarle a él, pues no lo tenía en el punto de mira, pero ella sí que estaba disponible.
Cogí la camisa, olí la sangre y la lamí. Con una sonrisa la rompí, pero me quedé con la parte manchada. Alba era aficionada a las historias de vampiros, ¿le gustaría pensar que yo bebía de su sangre? La llamé, pero no me lo cogía. A estas horas ya estás despierta, me dije. Volví a llamar, pero tampoco recibí respuesta. Me configuré el móvil de forma que ocultara mi número durante la llamada. Volví a probar.
-¿Si? –respondió ella.
-Buenos días, princesa –dije con un tono falso y aterciopelado.
-Sabía que eras tú –gruñó-. ¿Qué quieres?
La pequeña sonaba muy gallita por teléfono, pero en persona se venía abajo con todo el equipo. Decidí bajarle los humos.
-¿Repetimos lo de anoche? –sugerí con tono burlón. Me colgó.
Muy bien, tú lo has querido. Parece que buscas divertirte, yo te daré marcha.
Esa misma tarde me planté en su barrio, ni más ni menos. Al parecer, tenía que ir al gimnasio, era entre semana.
-Sin problemas, te acompaño –dije, y ella palideció al escucharlo, pero no le quedó más remedio que ceder. Acabé acompañándola, pero ella me pidió que me quedara en un parque próximo a la puerta.
-Adiós –dijo, e iba a marcharse, pero me examinó con la mirada y lo pensó mejor. Me besó y entonces prosiguió su camino.

La noche llegó sin que me diera cuenta, cogí un autobús (la moto me la había dejado en el garaje) y llegué a mi casa. Cogí el móvil, no pensaba quedarme solo aquella noche. Busqué en la agenda de números y encontré el que buscaba.
-Hola –respondió ella, su voz sugerente me cautivó.
-¿Por qué no te pasas por mi casa ahora? –sugerí alegremente.
-Ahora mismo voy –respondió Laura.

Unos minutos más tarde la tenía en la puerta, y poco después a mi lado en la cama. En el suelo destacaba la imagen de nuestra ropa esparcida al azar. 

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