viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 17

ALBA


La vida tiene un desagradable sentido del humor. Eso siempre lo he pensado, pero ahora me está empezando a afectar de verdad. Sueño con los cielos estrellados de Van Gogh, quiero tocar sus girasoles. Quiero llorar viendo un cuadro. Recitar un poema y que todo el mundo me escuche. Cantar con un micrófono en un descampado al anochecer. Quiero lo que nunca he tenido. Pero, sobre todas las cosas, me encantaría escapar. No basta con que me deje en paz, quiero cambiar de espacio, de cara, de vida… hasta de identidad.
Estoy cansada de este pelo, de estas uñas, de mis ojos, de mis piernas, de mis pechos y de contemplar mi sonrisa forzada en el espejo. Quiero ser una persona diferente o ser completamente yo. Sea como sea, sueño con dejar de lado este punto intermedio en el que me encuentro. Estoy entre la que siempre he sido y una persona distinta. No olvides que distinto no siempre implica mejor. Anoche deseé no llamarme Alba ni tener este rostro. Me encantaría que pasara de largo sin mirarme, sin llamarme.

-Alba –me llama. Me espera en la puerta del instituto. Genial.

Pero no acudí a su encuentro, me metí entre la gente que cruzaba la puerta. Ignoré que le había escuchado. Escapé por primera vez. Gritaba mi nombre una y otra vez, pero yo continúe sin girarme. Allí no me haría nada… ¿pero después? Preferí no pensar en ello. Cada vez su tono sonaba más enfadado y más alto. Pero yo no me detuve. Había accionado un mecanismo que no me permitía retroceder. La verdad, me daba más miedo entregarme en aquel momento que recibir un castigo después.
Más tarde, mi móvil no dejó de sonar. Al principio en el identificador de llamadas leía claramente su nombre, pero a medida que iba rechazando las llamadas empezó a llamarme un “misterioso” número oculto. No se rendiría. Sabía dónde vivía, ¿qué le costaba acercarse? La simple idea de volver a encontrármelo me producía náuseas. Cogí el teléfono.

-Hola, Ángel –le saludé, intentando sonar lo más calmada posible.
-¿Ahora me respondes, puta? –gruñó, más que enfadado parecía quemado de ira. Le imaginé estrujando el teléfono móvil. Solía sudar cuando se enfadaba mucho, ¿lo dejaría todo perdido?
-Estaba ocupada –respondí, pero mi voz no sonaba igual.
-¿Por eso se supone que has pasado de mí? –inquirió.
-Tenía prisa –respondí mecánicamente.
-Pues a mí todo eso me parece un montón de mierda –dijo, y acto seguido empezó a reírse.
-¿Qué pasa? –pregunté con la voz temblorosa. Casi me daba más miedo su risa que cualquiera de sus amenazas.
-Ven a verme –dijo a modo de sugerencia, pero no lo era.
-Ahora estoy ocupada, ya te lo he dicho –respondí, perdiendo el hilo de mis pensamientos, con la mente en blanco.
-Entonces, la próxima vez que te vea, haré que disfrutemos más el tiempo, para aprovechar, ¿no te parece? –colgó el teléfono. Casi me desmayo. Estaba muerta de miedo.

Dios, cuando me vea va a… matarme. Por favor, que no duela. No quiero morir. Joder, no quiero sufrir.

Lágrimas, dolor.
Marqué otro número. Era él. Lucas.
-¿Sí?
-Lucas…
Mi voz sonó aún más temblorosa que antes, estaba llorando.
-¿Alba? –preguntó, sorprendido. Casi nunca le llamaba.- ¿Estás bien?
-Yo...- me sentía incapaz de continuar hablando.
-¿Alba estás bien? –inquirió, preocupado.
-Lucas…
-¿Dónde estás? Voy a buscarte ahora mismo… ¿Estas llorando? ¿Qué te ha pasado?
No paraba de preguntarme, cada vez parecía más preocupado. Me conmovió, pero también me hizo sentir más segura, él me protegería.
-Tengo miedo, Lucas –dije. No podía creerme lo que estaba diciéndole. Y menos aún lo que estaba pensando contarle.
-¿Miedo? –parecía confuso, pero sobre todo preocupado- Enserio, dime dónde estás. Tranquila, no estás sola, yo…
-Me va a matar, Lucas –ya no pude contener lo sollozos.
-¡¡Alba!! –gritó- ¿Quién? ¿Estás en peligro ahora mismo? Corre, Alba, llamaré a la policía…
-Estoy en mi casa –le interrumpí-, a salvo –aunque no me sentía así, se lo dije para que se calmara.
-Pero, ¿a qué te referías? Te ayudaré en lo que sea, cuenta conmigo…
-No… -tomé una decisión rápida, enmendar mi error- No me hagas caso, es una tontería… nada grave. Siento haberte molestado.
Colgué el teléfono, pero hasta yo había sido consciente de lo aterrorizada que había sonado mi voz. Estaba claro que no lo dejaría correr. Apagué el móvil y me fui a la cama, esperando poder dormir… aunque sabía que sería imposible.


ÁNGEL

Lucas y yo no nos conocíamos demasiado. Pero para mí era suficiente saber que Alba estaba loquita por sus huesos. Desde siempre he tenido la teoría de que la dulzura y la comprensión que puede ofertar una mujer es su arma más valiosa, con ellas son capaces de seducir e influenciar al hombre más bestia. Alba era experta en manejar este tipo de armas. La perfecta manipuladora, en el fondo una niña buena y asustada... una combinación peligrosa en cualquier ser vivo. 
La verdad es que jamás olvidaré el día en el que dejó muy claro que quería librarse de mí. Su forma de hacerlo fue extraña, digna de una demente. La muy cabrona me envió un correo, en el se adjuntaba un archivo de audio. Ni más ni menos que una canción titulada  Rosas en el mar.  La escuché mientras mis ojos se perdían en el asunto del e-mail: libertad.  Unas pocas líneas junto con el archivo adjunto, en las que se leía una estrofa de la canción.

Voy pidiendo libertad y no quieren oír. Es una necesidad para poder vivir. La libertad, la libertad, derecho de la humanidad. Es más fácil encontrar rosas en el mar.

Apreté los puños con tanta fuerza que me hice daño.
-Puta, vas a cagarte –gruñí a la pantalla de mi ordenador.
Y así era, iba a desear no haber nacido. Todo tiene un límite, ella consiguió sobrepasar el mío. Me calcé mis botas y salí de mi casa, ante la mirada inquisitiva de mi madre. Bajé a la calle a toda prisa por las escaleras, cogí mi moto y me encaminé hacia el camino de la furia. En la autopista de un solo sentido hacia la locura no encontré demasiado consuelo, pero sí el medio para enfrentarme a mi enemiga. Estaba preparado para acabar con sus ansias de libertad. Llegué a su barrio y cogí mi móvil. Marqué el número.
-¿Sí? –respondió Alba.
-Alba, preciosa, ¿estás en casa? –gruñí.
-No –musitó ella, haciéndose cargo de la situación- Estoy en el gimnasio.
-¿Te queda mucho? –inquirí.
-No, voy a salir ya…
-Genial, voy a recogerte –respondí ágilmente, colgando el teléfono.
Dejé la moto aparcada y fui andando hacia su gimnasio, que estaba muy cerca. No tardé en llegar, pero ella no me esperaba en la puerta. Tardó bastante en salir, comprendí el motivo; no quería que nadie nos viese juntos, por eso había esperado a que todos salieran.
-He leído tu correo –gruñí una vez la tuve frente a frente.
-Lo imaginaba –musitó. Suspiró y me dirigió una mirada extraña-. Si intentas volver a acercarte a mí, llamo a la policía.
-¿Qué dices? –me reí en su cara, aunque el miedo fluía dentro de mí- Ni de coña haces eso, sabes que no puedes.
-No sé por qué no –respondió, bajó la voz-. Ambos sabemos que lo que tú has hecho es ilegal, puedes acabar en la cárcel.
-En Guantánamo, ¿no te jode? –la agarré por los hombros, pero al ver que una anciana se había quedado mirándonos, la solté- Por tener novia no arrestan a nadie.
-Tú y yo no somos novios –respondió, apartándose de mí-, eso como punto número uno. Además, aunque lo fuéramos, tú me pegaste y… -se interrumpió, incapaz de seguir hablando. A decir verdad, ni siquiera yo me atrevía a pensar en esa vez.
-¿Y qué dirás? –le susurré, acercándome a su oído. El corazón me latía a mil por hora, observé que ella se las apañaba para respirar.
-La verdad –dijo, tragando saliva.
-Nadie querrá escucharte, estás loca –en sus ojos apareció el miedo a mis palabras-. Y a las locas nadie las escucha… hazte un favor y quédate calladita, si no quieres acabar con una camisa de fuerza.
-Ni siquiera tú eres capaz de creerte una sola palabra de eso.

-Ah, ¿no? –En realidad, yo sí que creía que ella estuviera loca, pero también sabía que la creerían, y no sólo eso, yo acabaría entre rejas, a la sombra del sol durante varios veranos. 

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