ALBA
El fuerte es más fuerte cuando está solo.
Si yo fuera fuerte, ¿lo sería aún más sola? No lo sé, pero tampoco quiero
comprobarlo.
Sé fuerte, me digo. No sólo físicamente,
también para no volverme loca. Lo último no lo estoy consiguiendo mucho, cada
día me siento peor. Cualquier sonido me sobresalta, cuando alguien me toca por
detrás, instantáneamente me giro a la defensiva. Soy mucho más desconfiada y
miro peor a la gente. Sin darme cuenta, puedo estar andando por la calle
componiendo una cara de asco y de angustia. Parezco un bicho raro, maldita sea.
La gente habla, lo sé. No soy la de
siempre, y eso se nota. Y me estoy alejando muchísimo de mis amigos. Siempre me
ha importado lo que pensara la gente de mí, pero ahora me es indiferente. Ya me
deja fría lo que sea que comenten.
No puedo seguir así. Debo enfrentarme a
la verdad, lo sé. Pero no puedo.
Recuerdo mi reflejo en el espejo de aquel
día. Su armario estaba abierto de par en par. De una de las puertas colgaba un
espejo. Vi mi reflejo, tumbada, cubierta por su cuerpo. Mi expresión
horrorizada, dolorida. Por favor, cierra
el espejo, pensé. No quiero verme, no
quiero vernos. No así, ten piedad.
En aquel momento no pude hablar, y como
ahora, permanecí con los ojos cerrados para no ver mi reflejo.
ÁNGEL
Ni siquiera sabría contaros que sentía
exactamente. Hay muchas cosas de las que me arrepiento, pero también otras
tantas de las que no. Pero también me hago preguntas. ¿Realmente merecía Alba
todo lo que le hice? ¿Era justo? Yo no entiendo de justicia, entiendo de
lealtad. Ella no fue leal, eso es algo imperdonable para mí. La amaba, intenté
que funcionara. Pero no se podía con la señorita… hubo consecuencias. Cuesta
definir lo que me pasaba por la cabeza cuando veía sus cicatrices. A veces
inventaba historias e hipótesis acerca de cómo se las podría haber hecho, de no
haber sido yo la causa, claro.
Pero más allá de posibles invenciones yo
sufría pesadillas en las que la única música eran sus gritos de dolor. Aunque a
veces, esas pesadillas no eran tan malas, significaban un desahogo. Alba era
esa musa que todo pintor plasmaba en su lienzo, para mí la protagonista de mis
pesadillas. Pero el monstruo en ellas era yo. Sentía la culpabilidad de hacer
sufrir a otra persona, y la ira que me conducía a hacerlo.
El paso del tiempo a su lado favorecía mi
propósito de hacerle pagar por todo lo que me había hecho. De algún modo sentía
que debía hacerme respetar, demostrar que era digno de ser feliz.
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