viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 15

ALBA


El fuerte es más fuerte cuando está solo. Si yo fuera fuerte, ¿lo sería aún más sola? No lo sé, pero tampoco quiero comprobarlo.
Sé fuerte, me digo. No sólo físicamente, también para no volverme loca. Lo último no lo estoy consiguiendo mucho, cada día me siento peor. Cualquier sonido me sobresalta, cuando alguien me toca por detrás, instantáneamente me giro a la defensiva. Soy mucho más desconfiada y miro peor a la gente. Sin darme cuenta, puedo estar andando por la calle componiendo una cara de asco y de angustia. Parezco un bicho raro, maldita sea.
La gente habla, lo sé. No soy la de siempre, y eso se nota. Y me estoy alejando muchísimo de mis amigos. Siempre me ha importado lo que pensara la gente de mí, pero ahora me es indiferente. Ya me deja fría lo que sea que comenten.
No puedo seguir así. Debo enfrentarme a la verdad, lo sé. Pero no puedo.     
Recuerdo mi reflejo en el espejo de aquel día. Su armario estaba abierto de par en par. De una de las puertas colgaba un espejo. Vi mi reflejo, tumbada, cubierta por su cuerpo. Mi expresión horrorizada, dolorida. Por favor, cierra el espejo, pensé. No quiero verme, no quiero vernos. No así, ten piedad.
En aquel momento no pude hablar, y como ahora, permanecí con los ojos cerrados para no ver mi reflejo.


ÁNGEL


Ni siquiera sabría contaros que sentía exactamente. Hay muchas cosas de las que me arrepiento, pero también otras tantas de las que no. Pero también me hago preguntas. ¿Realmente merecía Alba todo lo que le hice? ¿Era justo? Yo no entiendo de justicia, entiendo de lealtad. Ella no fue leal, eso es algo imperdonable para mí. La amaba, intenté que funcionara. Pero no se podía con la señorita… hubo consecuencias. Cuesta definir lo que me pasaba por la cabeza cuando veía sus cicatrices. A veces inventaba historias e hipótesis acerca de cómo se las podría haber hecho, de no haber sido yo la causa, claro.

Pero más allá de posibles invenciones yo sufría pesadillas en las que la única música eran sus gritos de dolor. Aunque a veces, esas pesadillas no eran tan malas, significaban un desahogo. Alba era esa musa que todo pintor plasmaba en su lienzo, para mí la protagonista de mis pesadillas. Pero el monstruo en ellas era yo. Sentía la culpabilidad de hacer sufrir a otra persona, y la ira que me conducía a hacerlo.

El paso del tiempo a su lado favorecía mi propósito de hacerle pagar por todo lo que me había hecho. De algún modo sentía que debía hacerme respetar, demostrar que era digno de ser feliz. 

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