ALBA
Me prometí que no gritaría. Ni lloraría.
Eso me dije a mí misma. Pero no fue así. No pensaba volver a ser su víctima,
pero lo fui. Las lágrimas caían por mi rostro, el dolor deformaba mis
facciones, los sollozos estremecían mi garganta. Lloré como nunca, tirada en el
suelo, a su merced. Él me agarró por los pies, sereno e impasible a mi
sufrimiento. Mis súplicas no parecían decirle nada. Pero a mí el sonido de mis
propios gritos me estremecía. Voy a morir, pensaba.
Mis ojos se cierran, mis miembros caen
derrotados a mis costados. Dejo de luchar otra vez… hasta que noto sus dedos
recorriendo mi ropa, quitándomela. No. Eso no. Nunca más. Y entre sus brazos me
resisto de nuevo. No pararé. No fallaré.
-¡¡Suéltame!! –grito, mi voz resuena
entre las paredes-¡¡ Hijo de la gran puta, suéltame!!
Un movimiento de su mano basta para
hacerme callar. Relamo la sangre de mis labios. Está tenso, furioso. Pero ya he
explotado otra vez. Y cuando eso pasa no hay forma de retroceder. Ahora o
nunca, me digo. Y como si el mismísimo Dios me hubiera dotado de superpoderes
me resisto al dolor y al miedo, consiguiendo fuerzas de donde no las hay. Me
abro paso entre los amasijos de mi voluntad quebrada y saco lo único que me
queda de dignidad, de ira y de furia.
Entre mis pechos un cuchillo escondido,
en mi corazón la determinación. Cada movimiento he calculado, ahora sólo falta
el valor. Pero con cautela, me digo, lentamente, sin que lo note. Finjo
temblores bajo su cuerpo, me provoco espasmos. Pero suaves, él no ve motivo
para detenerlos. ¿Calmar mi sufrimiento? ¿Mi ansiedad? Eso nunca. Idiota, es tu
perdición. Mi venganza.
Meto mi mano entre mis pechos, los
aprieto, como consolándome. Pero mis dedos no se aferran a la nada, entre ellos
está el mango de mi arma. Y como una guerrera en medio de una lucha deslizo suavemente
el filo por mi piel, bajándolo hasta el final de mi camiseta. Y lo saco de
entre la ropa, pero él no lo ve, está demasiado concentrado en mis pantalones,
desabrochándolos. Lentamente, coloco el cuchillo en su garganta, incorporándome
todo lo posible. Sus ojos buscando mi mirada, su expresión de asombro. Y
entonces, ahí está. El pánico atraviesa por un momento su semblante. Pero
luego, determinación, confianza. Se me revuelve el estómago.
-Joder –murmura-. Vamos, no tienes
cojones.
Cierto, mi mano tiembla, alejándose del
blanco, hasta que al final él me quita el cuchillo de las manos. Estoy
indefensa de nuevo. Y lo peor es que no sólo le he dado un arma, también
motivos para usarla. Vuelvo a temblar, pero esta vez no finjo. El miedo es
real.
-Por… favor…. –mi voz temblorosa le hace
sonreír.
Y el cuchillo cae al suelo. Un puñetazo y
lágrimas.
ÁNGEL
Descubrí la verdad. Maldita traidora, me
estaba engañando otra vez. Se veía con Lucas, de nuevo. La muy idiota lo había
echado todo a perder, así, de repente. No quise creerlo en un principio, pero
entonces lo vi claro. Lucas y ella estaban muy unidos. Me planté en su
instituto y los encontré, tan contentos como antaño. A la mierda lo de ser
comprensivo, me lancé encima de ese capullo y de la desgraciada de mi chica.
Días más tarde ella me ignoraba. Al final
no lo aguanté más, le exigí que tuviera valor para plantarme cara. Y eso hizo.
Acudió a mi casa. Nada más verla supe que acabaría mal, venía muy alterada y
agresiva. Nos besamos con violencia y ella después me besó en la mejilla, pero
muy fuerte, haciéndome daño. Una forma dulce de dañarme. La cogí de las muñecas
y le lamí el cuello. Acabamos en la alfombra, besándonos y abrazados. Me
coloqué encima suyo, dispuesto a hacerla mía. Esta vez serás mía, me dije. Y me lancé a desabrocharle la ropa,
pero la muy idiota, como si aquello no fuera con ella, comenzó a agitar las
piernas. Maldita sea, me comí varias veces sus rodillas al intentar acercarme.
Me intentó apartar con las manos, pero me mantuve en mi sitio. Y al final se
detuvo. Sonreí, pensando que al fin había decidido quedarse quieta. Volví a
centrarme en sus pantalones, y comencé a desabrocharlos, pero de pronto sentí
un filo en mi garganta. Alba se había incorporado y sostenía un cuchillo entre
las manos. Sus pantalones los había bajado hasta la altura de las rodillas.
Observé que la piel se le había puesto de gallina, pero a su vez estaba
nerviosa. Demasiado, sería capaz de cualquier cosa. Por primera vez tuve miedo,
pero me esforcé en ocultarlo, sino ella lo aprovecharía.
-Joder –murmuré-. Vamos, no tienes
cojones.
Me miró, había lágrimas en sus ojos. Leí
el miedo en su mirada. La mano le tembló y rápidamente le quité el cuchillo. La
observé con ira y rabia sin contener. Empezó a temblar el doble.
-Por… favor…-susurró con voz temblorosa.
Y entre risas extrañas a mí mismo tiré el
cuchillo y le pegué un puñetazo.
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