viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 10

ALBA


Me prometí que no gritaría. Ni lloraría. Eso me dije a mí misma. Pero no fue así. No pensaba volver a ser su víctima, pero lo fui. Las lágrimas caían por mi rostro, el dolor deformaba mis facciones, los sollozos estremecían mi garganta. Lloré como nunca, tirada en el suelo, a su merced. Él me agarró por los pies, sereno e impasible a mi sufrimiento. Mis súplicas no parecían decirle nada. Pero a mí el sonido de mis propios gritos me estremecía. Voy a morir, pensaba.
Mis ojos se cierran, mis miembros caen derrotados a mis costados. Dejo de luchar otra vez… hasta que noto sus dedos recorriendo mi ropa, quitándomela. No. Eso no. Nunca más. Y entre sus brazos me resisto de nuevo. No pararé. No fallaré.
-¡¡Suéltame!! –grito, mi voz resuena entre las paredes-¡¡ Hijo de la gran puta, suéltame!!
Un movimiento de su mano basta para hacerme callar. Relamo la sangre de mis labios. Está tenso, furioso. Pero ya he explotado otra vez. Y cuando eso pasa no hay forma de retroceder. Ahora o nunca, me digo. Y como si el mismísimo Dios me hubiera dotado de superpoderes me resisto al dolor y al miedo, consiguiendo fuerzas de donde no las hay. Me abro paso entre los amasijos de mi voluntad quebrada y saco lo único que me queda de dignidad, de ira y de furia.
Entre mis pechos un cuchillo escondido, en mi corazón la determinación. Cada movimiento he calculado, ahora sólo falta el valor. Pero con cautela, me digo, lentamente, sin que lo note. Finjo temblores bajo su cuerpo, me provoco espasmos. Pero suaves, él no ve motivo para detenerlos. ¿Calmar mi sufrimiento? ¿Mi ansiedad? Eso nunca. Idiota, es tu perdición. Mi venganza.
Meto mi mano entre mis pechos, los aprieto, como consolándome. Pero mis dedos no se aferran a la nada, entre ellos está el mango de mi arma. Y como una guerrera en medio de una lucha deslizo suavemente el filo por mi piel, bajándolo hasta el final de mi camiseta. Y lo saco de entre la ropa, pero él no lo ve, está demasiado concentrado en mis pantalones, desabrochándolos. Lentamente, coloco el cuchillo en su garganta, incorporándome todo lo posible. Sus ojos buscando mi mirada, su expresión de asombro. Y entonces, ahí está. El pánico atraviesa por un momento su semblante. Pero luego, determinación, confianza. Se me revuelve el estómago.
-Joder –murmura-. Vamos, no tienes cojones.
Cierto, mi mano tiembla, alejándose del blanco, hasta que al final él me quita el cuchillo de las manos. Estoy indefensa de nuevo. Y lo peor es que no sólo le he dado un arma, también motivos para usarla. Vuelvo a temblar, pero esta vez no finjo. El miedo es real.
-Por… favor…. –mi voz temblorosa le hace sonreír.
Y el cuchillo cae al suelo. Un puñetazo y lágrimas.


ÁNGEL


Descubrí la verdad. Maldita traidora, me estaba engañando otra vez. Se veía con Lucas, de nuevo. La muy idiota lo había echado todo a perder, así, de repente. No quise creerlo en un principio, pero entonces lo vi claro. Lucas y ella estaban muy unidos. Me planté en su instituto y los encontré, tan contentos como antaño. A la mierda lo de ser comprensivo, me lancé encima de ese capullo y de la desgraciada de mi chica.
Días más tarde ella me ignoraba. Al final no lo aguanté más, le exigí que tuviera valor para plantarme cara. Y eso hizo. Acudió a mi casa. Nada más verla supe que acabaría mal, venía muy alterada y agresiva. Nos besamos con violencia y ella después me besó en la mejilla, pero muy fuerte, haciéndome daño. Una forma dulce de dañarme. La cogí de las muñecas y le lamí el cuello. Acabamos en la alfombra, besándonos y abrazados. Me coloqué encima suyo, dispuesto a hacerla mía. Esta vez serás mía, me dije. Y me lancé a desabrocharle la ropa, pero la muy idiota, como si aquello no fuera con ella, comenzó a agitar las piernas. Maldita sea, me comí varias veces sus rodillas al intentar acercarme. Me intentó apartar con las manos, pero me mantuve en mi sitio. Y al final se detuvo. Sonreí, pensando que al fin había decidido quedarse quieta. Volví a centrarme en sus pantalones, y comencé a desabrocharlos, pero de pronto sentí un filo en mi garganta. Alba se había incorporado y sostenía un cuchillo entre las manos. Sus pantalones los había bajado hasta la altura de las rodillas. Observé que la piel se le había puesto de gallina, pero a su vez estaba nerviosa. Demasiado, sería capaz de cualquier cosa. Por primera vez tuve miedo, pero me esforcé en ocultarlo, sino ella lo aprovecharía.
-Joder –murmuré-. Vamos, no tienes cojones.
Me miró, había lágrimas en sus ojos. Leí el miedo en su mirada. La mano le tembló y rápidamente le quité el cuchillo. La observé con ira y rabia sin contener. Empezó a temblar el doble.
-Por… favor…-susurró con voz temblorosa.

Y entre risas extrañas a mí mismo tiré el cuchillo y le pegué un puñetazo.

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