ALBA
¿Se puede desear la muerte de una
persona? ¿Se debe? En mi opinión, ese deseo puede llevarte a la locura. Más
allá de un abismo infranqueable. Yo estoy a punto de cruzarlo. El miedo me
corroe por dentro. Liberarme de una carga, es lo que necesito. Pero él no va a
parar. Me está destruyendo por dentro y por fuera. Mi piel la cubre de
cicatrices, hace temblar mi dignidad. El miedo va ganándole terreno al coraje.
Y poco a poco, la llama de la resistencia se va apagando. Recorro un camino que
no he escogido, a la fuerza. Choco contra la nada. Sólo la idea de salir
recorre mi mente. Del abismo, de la angustia, del dolor. Voy a hacerlo. Aunque
me cueste lo que tengo y lo que no. Más de una vida, el triple de una
eternidad.
Hace un tiempo tenía todo tan claro...
Sabía quién era, quién debía ser y quién quería ser. Ahora ya no sé nada. La
duda me come por dentro. Ojalá mi destino se encontrara en un libro. Imaginad
que vuestro pasado y vuestro futuro estuvieran escritos en papel. Y que
pudierais revivir vuestros mejores momentos, y arrancar los peores. Pasar página
ya no sería un término metafórico, sino una realidad. Un día arrancaré una a
una las páginas de este diario.
Pero no hay nadie que me vea realmente
cómo soy. Por el simple hecho de que yo no me dejo mostrar. De hecho nadie sabe
nada de esto. Por fuera, se ve la imagen de una chica estudiante, simpática,
algo introvertida. Sólo Ángel me ha visto de verdad. No debería sorprenderme,
siempre hay que conocer al enemigo. Yo misma aplico este lema. En el fondo, ya
no sé si le odio o me aterroriza. Es difícil saberlo.
Hace unos días vino a verme al instituto.
Me esperaba en la puerta cuando salía por la tarde, habiendo terminado la
última clase del día. Al verle, me alejé un poco de mis amigos y acudí a su
encuentro. No sé que me producía más miedo, escaparme y que se enfadara o
encontrarme con él. Al acercarme simplemente me dijo “hola”. Esa palabra,
entonada con su voz y saliendo de su boca, bastó para que un escalofrío
recorriera mi espina dorsal. Por un momento parecía inofensivo, pero yo sabía
que todo podía cambiar en cuestión de segundos. Se acercó y rozó mis labios con
los suyos. Me debatí internamente entre devolverle el beso y no hacerlo. Me
producía repulsión, pero haciendo tripas corazón le besé también. Al separarnos
sonrió, yo permanecí indiferente, lo más serena posible. Y pensar que yo había
cometido tantos errores, había llegado hasta a gustarme su compañía, su cariño.
Después quiso llevarme a su casa, pero me
negué. Y allí mismo, en un parque vacío cerca de mi instituto, me pegó.
Reaccioné sin pensar, propinándole una patada en la espinilla. Sólo empeoró la
situación, en un momento le tenía encima de mí, con sus manos agarrándome el
cuello. Casi me ahoga. Me apretó fuerte, asfixiándome. Me resistí y luché entre
sus brazos. Al ver que casi no podía respirar me soltó y se fue corriendo. Caí
al suelo, intenté volver a respirar. Un par de lágrimas resbalaron por mis
mejillas, las piernas me temblaban. Respiré hondo, me serené y me levanté.
Sacudí el polvo de mi ropa y me fui. De camino a mi casa permanecí tranquila,
pero al encerrarme en mi habitación lloré y lloré. Estaba aterrorizada, ¿y si
no llega a soltarme? ¿Y si me hubiera…? No me atrevo a terminar esa frase.
Espero que llegue el momento de barajar
las cartas, y de que cambien los papeles que asumimos en la vida. Deseo (a
pesar de que sé que no es bueno) ser yo la que golpee y él el que sufra. A
veces quiero explotar, no llevar el control de mis actos y dejarme llevar. No
sé si entonces seré tan fuerte como para vencerle, pero por lo menos sería
capaz de plantar cara. Puede que con sólo hacer eso muriera tranquila, sabiendo
que he luchado. Porque para ser honesta he de admitir que yo me he rendido, ya
no lucho. Antes un poco, pero parece que nunca he hecho lo suficiente.
ÁNGEL
Recuerdo que una vez perdí los papeles.
Fui a verla, pero se notaba a la legua que ella no quería verme a mí. Me
esquivaba, estaba rara. Me sentí destrozado, al verla ahí, portarse como la
niñata superficial que yo conocía. Una cría falsa que sólo sabía sonreír al que
la mirara con buenos ojos.
Alba,
te necesitaba, tú nunca estabas. Gracias por nada.
Me observó cagada de miedo cuando me vio
en la puerta de su instituto. La cogí, la besé, fui bueno y amable con ella.
Pero Alba no estaba por la labor ese día. La invité a pasar la tarde conmigo,
sugerí ir a mi casa. Se puso histérica, no pensaba ir conmigo a ningún lado,
según dijo. De escucharla gritarme me puse nervioso, y sin pensarlo le solté un
guantazo. Se llevó la mano a la mejilla, roja por el golpe. Deseé que empezara
a lloriquear, así tendría motivos para reírme. Pero no vi una sola lágrima en
su rostro, pero sí determinación en su mirada. Me devolvió el golpe. La observé
sorprendido y anonadado. Enseguida noté como si me ardiera la cara, pero no por
el golpe, sino por la furia que sentía. La cogí por el brazo, le grité al oído.
Perdí el control de mí mismo. ¿Cómo se atrevía esa Barbie a pegarme a mí? ¿No
sabía quién era yo? Pues si así era, lo iba a descubrir. La cogí por la
camiseta, ella empezó a pegarme patadas en las espinillas. Exasperado y
furioso, la agarré del cuello y… puede que se lo apretara demasiado. Vi como su
rostro pasaba de rojo a blanco, parecía asfixiada. La solté en el acto, comenzó
a toser. Casi… casi la mato… pensé.
Escapé de allí atormentado.
Corrí hacia la boca del metro, y al ir
hacia allí… Me encontré en un lugar donde tiempo atrás la había besado con
tanta dulzura como se puede albergar entre dos labios. Mi amor, casi te maté
aquel día. Su olor, aquella esencia de vainilla que solía ponerse en el cuello
cuando quedábamos. La sentí a mi lado, la quise allí. A veces recuerdo que
cambiaba de perfume, en verano solía deleitarme con fragancias frutales que me
embaucaban. Deseé oler a pera mientras la abrazaba. Maldita sea, me estaba
abrazando a la nada. Idiota.
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