viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 24

ALBA


Carmen me ha llamado de nuevo, me ha explicado que está preocupada por su hijo. Ángel se ha ido de casa. Pero a mí me da igual, como si está en un vertedero, se lo merece. No quiero saber nada de él, voy a ser normal, no me pasa nada. No hay recuerdos, no hay verdades. Sólo quiero vivir en el día, siendo feliz. Porque lo merezco. Al final he accedido a ir a hablar con ella. No me quedaba otra; prácticamente me ha situado entre la espada y la pared. Así pues, mañana iré a su casa.
Por otro lado, Lucas y yo llevamos días sin hablar. No sé lo que le pasa conmigo, pero no quiere hablarme. Y eso me hace pensar que está escapando de mí. Ha visto la historia que me envuelve, un pasado que da miedo, y ha decidido que no quiere vivir con ello. Lo comprendo, pero no deja de dolerme. La culpa es mía, fue egoísta meterle en todo este asunto, debí haberlo pensado mejor. Puede que si me hubiera callado él ahora estuviera conmigo. Pero todo son posibilidades de lo que podría haber sido, y yo ahora no tengo tiempo para ellas. He de centrarme en el presente, en lo que necesito. Por el momento no quiero medias tintas ni líos, todo claro y con buena letra. En vez de cambiar el vestuario de mi armario, he cambiado mi interior. Se acerca la primavera, y con ella, nuevas ganas de vivir.

ÁNGEL


Al final resurgí de mis cenizas. Tuvieron que pasar días, y lloré más veces, pero por fin me vi renovado. Sin embargo no quería irme con mi madre, de hecho, con mi padre estaba bastante a gusto. Resultó que me había privado de la persona que realmente necesitaba. Me había sentido demasiado perdido, y de repente vi que la luz me había dado la espalda, al igual que todos aquellos a los que había querido en mi vida. Pero quería creer que con mi padre sería diferente. Y así lo fue, de hecho me estuvo guiando y ayudando, y yo me dejé aconsejar por él. No me juzgaba, ni me recriminaba todo el tiempo. Pero él no sabía toda la verdad, me había limitado a hablarle de mis sentimientos. Así pues, llegué a estar cansado de esperar a que pasara algo, por ello decidí pasar a la acción (actualmente, me arrepiento de todo lo que hice en aquel momento. Las consecuencias de mis actos las pago ahora).
Llamé a Lucas por la noche, o más bien por la mañana, muy temprano. No era necesario ocultar mi número, pues aquella fue la primera llamada que le hice, y también la última.
-¿Sí…? –se escuchó una voz soñolienta. Miré el reloj, eran las cuatro de la madrugada.
-Hola, mi amor –respondí, con voz melosa, imitando el tono de Alba.
-¿Quién eres? –inquirió, demasiado dormido como para cabrearse aún.
-¿A ti qué te parece? –reí- Te diré que no soy Alba –me burlé.

Por toda respuesta me colgó. Me vi frustrado, pues no quería que acabara tan pronto nuestra conversación. Sin embargo Lucas no era como Alba, él no se limitaría a aguantar. Por lo tanto, tendría que andarme con pies de plomo si no quería acabar mal. 

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