viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 7

ALBA


Descartes dijo: pienso luego existo. Y por eso mismo querría dejar de pensar, para dejar de existir. Parece imposible, pero no por el hecho de que no se pueda morir, sino porque yo soy incapaz de dejar de pensar. Tampoco puedo dejar de soñar. Si hay algo que Ángel jamás me va a poder arrebatar será el amor. Ciertamente, ha borrado toda la autoestima de mí, pero el amor por los demás jamás podrá arrebatármelo. Y eso es un principio. Aún me siento capaz de abrazar y de añorar. Y sobre todo, siento que puedo querer, aunque no me sienta querida.
Demócrito habló de que la materia estaba formada por partículas invisibles e indivisibles. Bien, puede que lo que guardo en mi interior sea invisible, pero sí puede dividirse, pues no sé qué parte de mí no han destrozado hasta hacerla desaparecer. Y lo peor, es que ya no lloro. Antes, al menos eso me aliviaba, me vaciaba y borraba gran parte de mi angustia. Ahora me la guardo toda y no puedo sacarla a la luz. Es como llevar una carga durante un viaje interminable.
Y me quedo atascada, compitiendo con el mundo para ver que con qué endemoniada arma me puede atacar y que no conozca ya. ¿La muerte? ¿Creen que después de haberla llegado a desear la voy a temer? Suerte, para eso y para todo lo demás.
Ayer creí que ya no me quedaban ganas de luchar, pero me equivoqué. Luché otra vez.  Sus brazos me rodeaban, sus dedos palpaban mi piel y sus labios recorrían mi rostro. Y conseguí separarme de él, pegarle, defender los pocos peones que me quedaban en aquel tablero de ajedrez. Y llegué al final, a la última casilla, avanzando hacia delante. Y reviví como una reina. Le pegué. Le dolió. Maldijo. Sufrió. Entonces, procesando todos los hechos una décima de segundo más tarde, actué. Le tiré al suelo, le pegué con todas mis fuerzas. Él, por supuesto, me asestó golpes muy fuertes, pero yo no me detuve. Había explotado de verdad. Y experimentando la ferocidad de un tigre, me di cuenta de que había estado matando a mis propias fichas, sin dirigirme al enemigo ni plantarle cara. En aquel momento, pasé de ser la presa a ser el cazador, y dejé salir a la bestia que habitaba en mi interior para hacerle pagar por todo lo que me había hecho. Aunque, justo cuando estaba a punto de ganar… desperté. El sudor de un sueño demasiado real manchaba mis sábanas. Había luchado en mi mente, había roto la sumisión y la resignación. Volvía a la ira, al odio, a la valentía y a las ganas de luchar. Y lloré otra vez después de mucho tiempo. Me retorcí en la comodidad de mi cama y me levanté. Miré a través de la cortina y la luz de las farolas me saludó. En la oscuridad de una plácida y tranquila noche mis ojos se abrieron de verdad, descubriendo una realidad que era imposible de esconder. Mi rostro se reflejó en el cristal.
Cogí mi teléfono móvil. No necesitaba mirar la hora para saber que eran más de las dos de la madrugada. Él siempre me llamaba a esa hora, me despertaba y me asustaba. Me impedía descansar hasta cuando estaba ausente. Aquel día era mi turno. Marqué el número y esperé su respuesta.
-Sí… -escuché su voz somnolienta, ni siquiera había leído mi nombre en el identificador de llamadas.
-Voy a matarte –dije. Mi voz sonó asustada, y varias lágrimas resbalaron por mis mejillas.
-¿Alba? –inquirió, sorprendido de escucharme decir algo así. La verdad es que yo también me sorprendí de haber sido capaz de pronunciar aquellas palabras.
Pero toda mi valentía se desvaneció en el acto de escuchar su voz. Me arrepentí de haberle llamado, si se enfadaba la pagaría conmigo.
-¿Me llamas a estas horas? Pero tú… -calló de pronto, y la sorpresa cambió a la amenaza-. La que morirá serás tú como vuelvas a despertarme en medio de la noche. Por favor, ¿te has visto? No eres nadie, ni nada. Porque los muertos no pueden hablar, y yo me encargaré de arrancar la lengua de tu cadáver…
Sonaba somnoliento, pero rabioso. Colgué el teléfono.
He de decir que esas no fueron sus palabras, es una versión dulcificada. Además, yo no me limité a decirle que le mataría, describí cómo lo haría exactamente de un modo demasiado desagradable como para narrarlo entre estas páginas.


ÁNGEL


Tirada en el suelo, Alba parecía ida. Su mirada perdida y la palidez de su cuerpo podían haber asustado a cualquiera. Pero yo, lejos de tener miedo, me sentía aliviado. Ahora me escucharía, había ganado entre los dos. Le acaricié una mano, ella me miró, pero seguía ahí tirada y sin moverse. La besé en la mano y le acaricié la mejilla suavemente con la yema de los dedos. Para ser sinceros, no entendía a qué venía su miedo. De pronto se incorporó y pareció despertarse de un sueño. Temblando se acercó a mí, me besó y yo me dejé llevar por su olor, olvidé todo excepto aquella esencia de vainilla tan dulce que siempre me cautivaba.
-Por favor –suplicó mientras besaba mi cuello-, quiéreme, acéptame. Seré tuya para siempre.
-¿Cómo me pides eso? ¿No ves que ya eres mía? –le respondí en un susurro, dejando que las palabras fluyeran hasta su corazón.
-Te quiero –acerté a ver que sus ojos estaban húmedos al decirlo.
-Pues yo te amo –dije, sonriendo, quitándole seriedad a un momento tan perfecto.
Hacía un momento la tristeza la inundaba. Lloros y sollozos la invadían. Mi pequeña lo pasaba muy mal, no la comprendía nadie, necesitaba apoyarse en mí, y yo siempre estaba disponible para mi chica. Era una niña que pretendía ser mujer a mis ojos, pero aún no había dado los pasos adecuados en la vida. Ahora estaba empezando.
-Ángel –me susurró. Yo la miré a los ojos-, no me dejes nunca.
-Jamás –respondí solemnemente.

Hace años que no vivo un momento así, eso ocurrió mucho antes del horrible incidente. Antes de que le hiciera daño de verdad, de que marcara su cuerpo con el filo y su corazón con la traición. Nuestra historia es curiosa, nos conocíamos de mucho. La primera vez que la vi tenía siete años, yo diez. Íbamos a una escuela pública, y para entonces simplemente era una cría con la que no me relacionaba casi nada, hasta que nuestras madres se conocieron, y cuando se iban a tomar un café nos llevaban detrás. Jugaba con ella mientras nuestras madres cotorreaban de temas que aún no comprendíamos. Empezamos a llevarnos bien, a pesar de ser una niña cursi (se creía una princesita) empecé a descubrir que detrás de esa fachada, ya con siete años, había una pequeña fiera. Más tarde me cambiaron de colegio, una escuela pija y privada. ¿Quién me iba a decir que ella acabaría en el mismo colegio? Años después, cuando ella tenía doce y yo quince, volvimos a encontrarnos. Hablábamos bastante, y al final terminamos siendo como hermanos. Los años pasaron, al final ella cumplió los catorce y yo los diecisiete. Ya no la miraba como a una niña, era una igual. Y más que eso. Nos dimos nuestro primer beso, y ese fue su primero en la vida. También lo fue para mí. Nuestra relación era perfecta, podíamos estar horas y horas hablando. No nos cansábamos de estar juntos, y poco a poco empezamos a salir seriamente.
No tardaron en joderse las cosas. Yo necesitaba avanzar, pero ella no podía. Tenía dieciocho años, no podía esperarle más. Al final, harta de mi insistencia, me dejó. No podría describir cómo lo pasé, pero después de noches sin dormir decidí que se merecía lo peor. La odié con cada lágrima y cada recuerdo. Me había utilizado, manipulado y humillado. Yo era la cucaracha y ella la bota que me aplastó. Empecé a salir con otras chicas, mucho más lanzadas y de menor valor para mí. Entonces, me enteré de que ella no se había quedado de brazos cruzados. De hecho, se había visto rodeada de novios como de trajes en un armario. Simplemente, dejaba algunos colgados y usaba otros diferentes. Hasta que encontró a Lucas, y salieron más de lo que yo habría llegado a desear. Fueron meses demasiado largos para mí. Pero ese desgraciado la dejó en la estacada, era un niño pijo que no entendía lo que era la vida. Ella estaba desconsolada, se sentía tan mal… que entré en acción. Volví a consolar a mi pequeña como hiciera antaño. Era mía de nuevo, y se apoyó en mí a partir de aquel momento. Su vida era de todo menos sencilla, contaría conmigo para todo.

Pero las cosas no eran como antes. Ella me había traicionado una vez y eso hacía que me costase abrirme del todo. Sin embargo Alba tampoco ponía mucho de su parte. Al parecer Lucas y ella seguían hablando, y su relación se estrechó muchísimo más que cuando eran simples amigos. Y Alba no le había olvidado, al parecer estaba enamorada de él, pero no de mí. Podría haber sido paciente, haberle dado tiempo para olvidarle a él y quererme a mí, pero no fue posible. Ella decidió tirarlo todo por la borda, me engañó. Lucas y ella se veían muy a menudo, su relación iba más allá de la amistad. Un día, a punto de hacerla completamente mía, me lo dijo todo en pocas palabras. Perdí los papeles, no podía irse de rositas. Toda la vida a su lado, apoyándola, para acabar siendo el segundo plato de una cría. Dios, era mía, ¿cómo se escapó de mis manos? 

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