ALBA
Lucas y yo estamos más unidos que nunca.
Le he contado todo acerca de Ángel. La furia le dominó por un momento, pero más
tarde acabó por prometerme que guardaría mi secreto. Sin embargo sé que ni a él
ni a mí nos va a resultar sencillo dejar de lado todo ese asunto. Para mí
pertenece al pasado, al menos intento aislarlo todo lo posible. A veces me hace
preguntas muy incómodas. La mayoría de veces intento evitarlas, pero en
ocasiones trato de responderle, aunque a veces ni siquiera encuentro las
palabras. Al hacerlo es como si ordenara mis ideas, pero a su vez es algo
complicado. Abrirme de ese modo es algo extraño, sobre todo teniendo en cuenta
que hace muchísimo que no me abro así con una persona.
-Pero, ¿por qué ibas a verle? –me
pregunta una y otra vez. Es lo que más le cuesta comprender. Para mí es una
cuestión muy sencilla.
-Porque no tenía opción.
-Joder, Alba, sí que la tenías –siempre
se exaspera con mis respuestas. Para él hay otras opciones, en las que yo ni
siquiera he pensado.
-Sí, ir a ver a la policía… Eso no es una
solución, es un suicidio –le respondo.
-Te protegerán, es un caso grave –me
insiste.
-No lo es, no cuando hay casos más
importantes.
Y entonces mi propia cabeza me habla.
¿Casos más importantes? ¿Qué puede ser más importante que mi supervivencia? De
cualquier forma no quiero ver a policías siguiéndome, ni mucho menos estar en
protección de testigos, como he visto en las películas. La idea de pisar una
comisaría no es una opción.
-No puedo creerlo –murmura él-. Le tienes
miedo, y ese miedo te ha creado dependencia.
Esas palabras chocan en mis barreras,
retumban en mi cerebro y se clavan en mi corazón.
-No es cierto… -mis palabras están
vacías.
Lucas es demasiado sincero, me dice la
verdad, tal y cómo la ve. Y eso no me ayuda en absoluto.
-Alba, yo con esto no puedo ayudarte, eso
que tú tienes es una enfermedad… -me susurra, como no queriendo decirlo… pero
lo dice, claramente las palabras se distinguen del silencio.
Más tarde lloro a solas. Sé que tiene
razón en una cosa: le tengo miedo. Y eso es algo que aún no está resuelto.
Estoy escapando de él, pero no se puede escapar constantemente.
ÁNGEL
Las tornas habían cambiado, ella había
sido la prisionera y yo el carcelero. Ahora era yo el preso por la
culpabilidad, y ella la única con la habilidad de liberarme, pero me dejaba
perecer entre los barrotes de mi prisión.
Intenté hablar con ella, pero para
conversar tienen que haber dos personas dispuestas a hacerlo. Y ella no estaba
dispuesta a volver a hablar conmigo, y aún menos a verme. Le supliqué en varios
correos que me perdonara, pero ella los ignoraba. Jamás recibí una respuesta a
mis súplicas. Cansado de esperarla me decidí a pasar a la acción. Sabía dónde
vivía, incluso el instituto en el que estudiaba. Cogí mi moto, y a la hora de
salida de las clases me planté en la puerta. La muy jodida iba a pagar caro
todo lo que me había hecho pasar.
Aparqué la moto cerca de la puerta
mientras veía como una multitud salía en tropel por la puerta. Al fin la vi,
saliendo con la mochila al hombro, con su pelo cobrizo brillando a la luz del
sol de invierno. Pero no iba sola, junto a ella había un chico… Me jugué todas
mis cartas a que se trataba de Lucas. Y habría ganado la apuesta, porque el
beso que se dieron era la prueba irrefutable. Un beso largo, digno de ver en la
gran pantalla. Mis puños se cerraron, casi me dolieron de la fuerza con la que
los apreté. Quería matarlos a ambos, limpiar el polvo con Lucas y arrojar a
Alba al río. Y lo peor fue la sonrisa de después, la que le dirigió mi chica a
ese desgraciado. Se despidieron, y Alba se fue por el otro lado de la calle,
seguramente para coger el autobús. No fui a su encuentro, ya tendría tiempo
para hacerlo, en ese momento quería rendir cuentas con el capullo de Lucas. Le
seguí durante un tramo de la calle, hasta que vi que se disponía a cruzar a la
otra acera.
-¡Eh! –le llamé. El tío se giró. Con la
mano derecha le propiné el puñetazo que había estado reservándome desde hacía
días. El tío casi se cae de puro dolor, yo lo evité cogiéndole por la camiseta-
Como vuelvas a acercarte a Alba juro que ni tu madre te reconocerá cuando haya
terminado contigo.
-Suéltame –rezongó, con los labios
ensangrentados, intentando liberarse, pero yo era más fuerte.
-Sí, ahora mismo, amigo–me reí, con
nerviosismo y fuego en mi interior.
-¡¡Ayuda!! –gritó, haciendo que mi pulso
se detuviera. Lo solté y eché a correr. Mientras me iba escuché sus amenazas,
diciéndome que me llevaría a los tribunales.
Cogí mi moto y salí de la zona, queriendo
volar, como las palomas que se cagan en los desgraciados como Lucas, en los
ladrones de novias. Pero sólo podía volar hacia abajo, el cielo no estaba destinado
para mí. Momentos después viví en el infierno de la incertidumbre. Alba parecía
enamorada de él, ¿eso quería decir que ya no era mía?
No hay comentarios:
Publicar un comentario