viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 21

ALBA


Lucas y yo estamos más unidos que nunca. Le he contado todo acerca de Ángel. La furia le dominó por un momento, pero más tarde acabó por prometerme que guardaría mi secreto. Sin embargo sé que ni a él ni a mí nos va a resultar sencillo dejar de lado todo ese asunto. Para mí pertenece al pasado, al menos intento aislarlo todo lo posible. A veces me hace preguntas muy incómodas. La mayoría de veces intento evitarlas, pero en ocasiones trato de responderle, aunque a veces ni siquiera encuentro las palabras. Al hacerlo es como si ordenara mis ideas, pero a su vez es algo complicado. Abrirme de ese modo es algo extraño, sobre todo teniendo en cuenta que hace muchísimo que no me abro así con una persona.

-Pero, ¿por qué ibas a verle? –me pregunta una y otra vez. Es lo que más le cuesta comprender. Para mí es una cuestión muy sencilla.
-Porque no tenía opción.
-Joder, Alba, sí que la tenías –siempre se exaspera con mis respuestas. Para él hay otras opciones, en las que yo ni siquiera he pensado.
-Sí, ir a ver a la policía… Eso no es una solución, es un suicidio –le respondo.
-Te protegerán, es un caso grave –me insiste.
-No lo es, no cuando hay casos más importantes.
Y entonces mi propia cabeza me habla. ¿Casos más importantes? ¿Qué puede ser más importante que mi supervivencia? De cualquier forma no quiero ver a policías siguiéndome, ni mucho menos estar en protección de testigos, como he visto en las películas. La idea de pisar una comisaría no es una opción.

-No puedo creerlo –murmura él-. Le tienes miedo, y ese miedo te ha creado dependencia.
Esas palabras chocan en mis barreras, retumban en mi cerebro y se clavan en mi corazón.
-No es cierto… -mis palabras están vacías.
Lucas es demasiado sincero, me dice la verdad, tal y cómo la ve. Y eso no me ayuda en absoluto.
-Alba, yo con esto no puedo ayudarte, eso que tú tienes es una enfermedad… -me susurra, como no queriendo decirlo… pero lo dice, claramente las palabras se distinguen del silencio.

Más tarde lloro a solas. Sé que tiene razón en una cosa: le tengo miedo. Y eso es algo que aún no está resuelto. Estoy escapando de él, pero no se puede escapar constantemente. 


ÁNGEL


Las tornas habían cambiado, ella había sido la prisionera y yo el carcelero. Ahora era yo el preso por la culpabilidad, y ella la única con la habilidad de liberarme, pero me dejaba perecer entre los barrotes de mi prisión.
Intenté hablar con ella, pero para conversar tienen que haber dos personas dispuestas a hacerlo. Y ella no estaba dispuesta a volver a hablar conmigo, y aún menos a verme. Le supliqué en varios correos que me perdonara, pero ella los ignoraba. Jamás recibí una respuesta a mis súplicas. Cansado de esperarla me decidí a pasar a la acción. Sabía dónde vivía, incluso el instituto en el que estudiaba. Cogí mi moto, y a la hora de salida de las clases me planté en la puerta. La muy jodida iba a pagar caro todo lo que me había hecho pasar.
Aparqué la moto cerca de la puerta mientras veía como una multitud salía en tropel por la puerta. Al fin la vi, saliendo con la mochila al hombro, con su pelo cobrizo brillando a la luz del sol de invierno. Pero no iba sola, junto a ella había un chico… Me jugué todas mis cartas a que se trataba de Lucas. Y habría ganado la apuesta, porque el beso que se dieron era la prueba irrefutable. Un beso largo, digno de ver en la gran pantalla. Mis puños se cerraron, casi me dolieron de la fuerza con la que los apreté. Quería matarlos a ambos, limpiar el polvo con Lucas y arrojar a Alba al río. Y lo peor fue la sonrisa de después, la que le dirigió mi chica a ese desgraciado. Se despidieron, y Alba se fue por el otro lado de la calle, seguramente para coger el autobús. No fui a su encuentro, ya tendría tiempo para hacerlo, en ese momento quería rendir cuentas con el capullo de Lucas. Le seguí durante un tramo de la calle, hasta que vi que se disponía a cruzar a la otra acera.
-¡Eh! –le llamé. El tío se giró. Con la mano derecha le propiné el puñetazo que había estado reservándome desde hacía días. El tío casi se cae de puro dolor, yo lo evité cogiéndole por la camiseta- Como vuelvas a acercarte a Alba juro que ni tu madre te reconocerá cuando haya terminado contigo.
-Suéltame –rezongó, con los labios ensangrentados, intentando liberarse, pero yo era más fuerte.
-Sí, ahora mismo, amigo–me reí, con nerviosismo y fuego en mi interior.
-¡¡Ayuda!! –gritó, haciendo que mi pulso se detuviera. Lo solté y eché a correr. Mientras me iba escuché sus amenazas, diciéndome que me llevaría a los tribunales.

Cogí mi moto y salí de la zona, queriendo volar, como las palomas que se cagan en los desgraciados como Lucas, en los ladrones de novias. Pero sólo podía volar hacia abajo, el cielo no estaba destinado para mí. Momentos después viví en el infierno de la incertidumbre. Alba parecía enamorada de él, ¿eso quería decir que ya no era mía? 

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