ALBA
He soñado con él. Ángel me llamó y además
he soñado que iba a hacerlo. Fue anoche, de madrugada. Mi cuerpo entero sudaba
de miedo en la cama. Recuerdo por qué le dejé. Me hizo mucho daño. Muchísimo…
El grado de dolor en cada persona es
relativo. Hay gente capaz de soportar grandes castigos; otra, en cambio, no
aguanta un ligero quebradero de cabeza. Siempre he apostado por resistir hasta
el último golpe, aunque empiezo a temer perder esa apuesta. Ángel fue alguien a
quien nunca llegué a querer. Lo que yo sentía hacia él era cariño, simpatía.
Ahora, sin embargo, le tengo miedo. Al principio pensaba que sus gritos eran
porque tenía un mal día, y que si se le iba la mano era porque estaba nervioso
por algo. Pero un día descubrí que todos sus días eran malos y que siempre
estaba nervioso. Ese fue el peor día de mi vida. Una imagen vale más que mil
palabras. No podría describir qué sucedió, pero sí que puedo recordar una
imagen en mi memoria.
Él
está sobre mí, me aplasta contra su cama. Noto el tacto áspero de una toalla
que cubre las sábanas. Sus manos me buscan. Yo tiemblo debajo de él. Le pido
que pare. No lo hace. Me resisto, me sujeta. Me libero, corro, me agarra.
Entonces le golpeo en el estómago. Él me clava un cutter en el muslo. Sangre,
dolor…
Hay noches en las que veo esta secuencia
como si fuera una película. Otras, en las que algunas imágenes sueltas me
desvelan. Pero lo que sí puedo asegurar
es que no hay noche que no recuerde ese día. Si es así, es porque él no me deja
olvidarlo. Casi cada día me llama, algunas veces muy tarde y otras demasiado
pronto. Pero en esas conversaciones que mantenemos él habla la mayor parte del
tiempo, mientras que yo lloro y suplico. Es así de normal. La otra noche, en
concreto, le dije:
-No me hagas nada, por favor.
Me temblaban las piernas. Al día
siguiente leí un e-mail en el que me adjuntaba un vídeo. En él aparecía
masturbándose. No pude evitar ver la primera imagen. El resto lo dejé,
angustiada y asqueada. Por primera vez en mi vida tengo miedo de verdad. A
veces sueño con escapar. De todo y de nada en concreto. De las amenazas, de los
gritos, de los golpes… pero luego me doy cuenta de que no puedo. Ha llegado a
decirme que ha soñado con matarme. ¿Qué responder entonces, cuando esa persona
te está destruyendo por dentro? Pero lo que sin duda se le pasaría a alguien
por la cabeza es por qué aguantarlo. Podría decir que simplemente le tengo
miedo. Pero no es tan simple.
Ángel me posee, y cuando hago esta
afirmación abarco la mayoría de sus significados. Porque ha llegado a poseerme
físicamente, y porque ahora posee mi mente y mi voluntad. Mi cabeza la manipula
con unos cuantos recuerdos dolorosos y futuras palizas. Pero si de verdad me
domina es porque guarda unas fotografías mías. En ellas no se trata de que
aparezca en contra de mi voluntad, o de que su contenido sea demasiado subido
de tono. El caso es que aparece una horrible imagen de mí. Como ya he dicho,
una imagen vale más que mil palabras. Y esa imagen puede hacer que mi vida se
complique (aún más).
Estoy lista para lo que sea, eso es lo
que me digo cada día. ¿Pero y si llega el momento en el que tenga que
demostrarlo? ¿Qué pasará entonces? Espero y deseo que me deje marchar. O al
menos que no duela. Antes pensé que tenía miedo a la verdad, ahora veo
claramente que lo que temo es el daño que pueda hacerme. No es sólo físico,
pero he de admitir que con una cicatriz más no podría vivir. No es por ningún
motivo superficial, simplemente me recuerdan todo lo que pasó y… me gustaría
dejarlo atrás algún día. Es una meta que quiero alcanzar, pero que a veces dudo
si podré lograr. Me siento encerrada y acorralada, es como si me rodeara un
muro infranqueable, y más allá estuviera mi pasado. Y yo permaneciera en el
presente, pudriéndome y consumiéndome, esperando la llegada de un futuro
inevitable. Por una parte, siento que yo no hago nada para evitarlo, pero por
otra temo adelantar su aparición. Es como si esperara ganar tiempo, aún cuando
las manecillas del reloj no dan opción de rascar más de los segundos que las
componen. Y yo me encierro dentro de una prisión de cristal, temiendo romperla
y borrar lo poco que queda de mí. Aunque no me doy cuenta de que por una
rendija se esfuman mi dignidad y mi vitalidad. Como las cuerdas de un violín,
la sangre de mis venas se desgasta.
Hay varias palabras que pasan por mi
cabeza una detrás de otra, y se repiten, como eslabones uniformes que componen
una cadena. Miedo, redención, angustia, pánico, miseria. Circulan por mi mente,
cerrando y completándola hasta transformarla en mi peor enemigo. Y vuelven a
hacerlo una y otra vez.
ÁNGEL
Creo que sufrió, ¿sabes? Le hice daño
aquel día. He hecho muchas cosas en esta vida, pero aquella es indescriptible.
Sentía un hormigueo en cada músculo, me mandaban moverme y reaccionar. La
quería, necesitaba beber de su piel, de sus labios. La amaba más que a nada,
pero ella no lo quería entender. Para mí en esta vida solo existía una
dirección, y es la que me conducía a su lado. Recuerdo por qué me dejó. Le hice
daño y era consciente, pero no lo pude evitar. Alba… ¿no pudiste darte cuenta
de eso?
Me creí fuerte para aguantar, pero no lo
fui. El verla con miedo al verme, al tocarme… me nublaba el juicio. Si ella se
alejaba yo me acercaba como fuera. Si para ello debía de ser duro, lo era. Te
lo ofrecí todo, mi amor, mi protección… ¿Qué más querías?
Aquel día fue tan definitivo, tan
oficial... El día en el que nuestros caminos parecieron dividirse. En una tarde
todo cambió. Pasó de ser una chica a ser esa chica. Intenté hacerla mía.
Requería escuchar su voz, beber de su aliento, palpar su cuerpo y tener su
voluntad. Cada noche la llamaba, no podía dormir hasta que escuchaba su voz. Al
principio me contenía bien, pero después me ponía nervioso. Entonces necesitaba
gritar y dejar clara mi autoridad. Porque si no, no me tomaba enserio. Alba era
un ser frágil pero fuerte. Era fácil de hundir físicamente, anímicamente
también, pero tendía a luchar siempre. ¿Cuándo entendería que eso no servía
para nada? Luchaba contra el amor, contra el destino. Era una batalla perdida.
Al final hasta le envié emails, para que no se acostumbrara a no saber nada de
mí. Quería que pensara en mí y que disfrutara como yo. Vídeos míos para que
entendiera lo que necesitaba de ella, mis intenciones físicas. No eran aptos
para niños… ¿me explico? La cosa es que no pareció gustarle, ¿te crees que me
llamó pidiéndome que dejara de hacerlo? Estaba llorando, parecía muy nerviosa.
No lo entendí. ¿Por qué se ponía de ese modo? Con lo bonito que era el detalle…
Al final necesité llamar su atención.
Dejó de hablarme y de hacerme caso. Entonces apareció ese tío. Lucas ocupaba la
mayor parte de su tiempo. Eso no estaba bien. Le dije que tenía unas fotos
suyas y le aseguré que no le gustaría que salieran a la luz. Aún me sirven para
consolarme en mis peores momentos anímicos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario