viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 18

ALBA


Imagino otra realidad. En ella soy libre. Mi dueña al cien por cien. Yo, Alba. Y nadie más manda. No hay más que mi voluntad, nadie me maneja. No soy una marioneta. Mi cuerpo es el hogar de mis pensamientos, mi sonrisa es la puerta a la felicidad. Él no existe, existo yo y punto.

Luego abro los ojos… y veo esto. Eso pensé aquel día. Me volví a encontrar con Ángel. Fue nuestro peor encuentro. Peor que el día que intentó violarme, incluso que el día del centro comercial. Esta vez tuve que salir corriendo y él me persiguió. Muerta de miedo, corrí por una zona de jardines muy conocida en mi ciudad. Cuando era pequeña iba a jugar, aquel día sólo pensaba en sobrevivir. ¿Cómo nos encontramos? Él quería hablar, y yo le dije que lo haría sólo si era en un lugar público. Pero aún así… no le detuvo nada. Empezamos a pegarnos, cada golpe dolía más que el anterior. Pensé que pararía, como siempre… pero no lo hizo. Corrí lejos de él.

Quise morir cuando me agarró por el pelo y me tiró al suelo. Me dolieron las raíces y los brazos, pues caí encima de mi brazo derecho. Las lágrimas se agolpaban en mis ojos. Para, te lo suplico, por piedad…No lo hizo. Siguió. Cada vez iba a peor. La sangre de mis labios bajaba hasta mi barbilla. Me vas a matar. Para.
-Ángel… -dejé de luchar, estaba cansada y dolorida. Me quedé quieta.

Me abrazó, y me acarició el pelo. ¿Por qué tenía que ser tan contradictorio? Ese día, me prometí a mi misma que antes de volver a soportar aquello, me tomaría una sobredosis de la droga más letal del planeta.


ÁNGEL


Me sentía sin fuerzas para continuar. Fue un día duro, nos peleamos como nunca. Llegué a mi casa y me eché a llorar, con un vacío insalvable en mi interior. El motivo de esa pelea fue la realidad, cruel pero auténtica. Recibí un duro golpe de su parte.
-No vuelvas a acercarte a mí –gritó, llorando y temblando, más de rabia que de miedo.
-Alba… -le susurré. Intenté acercarme, pero ella no me lo permitió.
-Eres un monstruo, me has jodido la vida.
-No…
-Aléjate de mí –soltó, apartándose-. Has muerto para mí, no eres nadie.
-No es cierto –dije-. Tú me quieres.
-Ya no –respondió, mirándome a los ojos, de una forma completamente sincera; me dolió más eso que cualquier golpe-. Desde que… desde eso tú y yo ya no tenemos nada que ver.
-¿Por qué dices eso? –inquirí. Estaba al borde de un ataque de nervios.
-Eres un delincuente, lo que me has hecho… es demasiado…
Intenté cogerla, ella se resistió. La agarré por la espalda, conseguí tirarla al suelo. Me pegó una buena tunda en la cara, me limité a devolvérsela con algo más de fuerza.
-Tú no me pareces una chica –le gruñí-. No me voy a cortar un pelo, te voy a pegar todo lo que pueda y más.
Después de eso las cosas se complicaron. Ella acabó escapando de mí, pero conseguí atraparla de nuevo y rendir cuentas. Sin embargo ella me atacó con el arma más certera, la más poderosa; la verdad.
-¿Piensas volver a intentar violarme? –soltó entre dientes, observándome con los rasgos deformados por el dolor, el esfuerzo por resistirse de mí y el miedo. Algunas lágrimas habían caído por sus mejillas.  Fui incapaz de golpearla, de hacerle daño. La abracé de la forma más sincera, con la culpabilidad en mis miembros y el amor en todo mi ser. Acaricié su pelo, mientras le pedía que me perdonara, que me creyera cuando le decía que jamás volvería a hacerle daño.


Y así fue como me atreví a vislumbrar la realidad. Jamás había pensado en una violación, no con esa palabra. Pero al fin sentí que me había liberado de una carga. Sí, yo había intentado violarla.

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