viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 22

ALBA


Lucas ha dejado de hablarme. Estoy preocupada, temo haberle contado demasiado. ¿Y si ahora ya no quiere saber nada de mí? Temo haberle espantado, que esta situación le venga demasiado grande. No quiero seguir dependiendo de este secreto, quiero librarme de él de una vez por todas. Hoy he llegado a una conclusión: la única forma de erradicar el problema es zanjarlo por completo.  Por lo tanto, si de verdad quiero seguir adelante, he de denunciarle a la policía, sólo así lograré volver a ser la misma, y que se haga justicia. Respiro hondo al pensar en esto, y rápido, para que no duelan demasiado estas palabras. Pero duele pensar en denunciarle, y en la justicia que merece todo esto. No sé de qué tengo miedo, no sé por qué debo tener miedo. La cuestión es que el miedo sigue ahí, porque si no se cura la herida no puede cicatrizar. El mundo se me cae encima cuando paso las noches en vela, apresada por las pesadillas. Las huellas imborrables en mi piel permanecen recordándome la realidad. Junto con eso, la culpabilidad por el pasado. Pero los recuerdos buenos a veces me pesan demasiado, impiden que reaccione igual, viendo todo como una pesadilla de la que no tardaré en despertar. Sin embargo es una pesadilla larga, tanto que en ella han transcurrido meses.
Entonces, la verdad me pide a gritos que la libere, que cese mi silencio. No obstante todo sigue igual. Para mí las cosas no cambian, no dejo de sentirme como la asesina de mi propia felicidad. Pienso en muchas cosas, últimamente mi cabeza es un disco de vinilo, dando vueltas hasta que la canción se acaba.


ÁNGEL


Había pegado a Lucas, pero no me sentía mejor. Nada tenía demasiado sentido, pensar en Alba era como meter el dedo en la llaga. Aún así la furia había desaparecido, dando paso a la meditación más profunda en la que jamás me hubiera visto inmerso. Me resistía a la idea de haber fallado, de haber cometido demasiados errores, de que mi vida ya fuera insalvable. Necesitaba un tiempo muerto, un respiro para meditar sobre mis actos, sin embargo sentía que no iba a poder obtenerlo con facilidad. Yo mismo era incapaz de concedérmelo, necesitaba acción, y por supuesto una solución.  Me levanté de la cama, en la que había pasado horas y horas tirado, y fui hacia la puerta. Directo escaleras abajo, hasta el portal, otorgándole un golpe de llave. Y por fin, hasta el asfalto y el aire fresco. Dejé que este último entrara en mis pulmones.
Bendita polución, me dije, gracias a ti puedo colocarme con algo gratis.
Me permití sonreír, mientras iba de camino hacia el gimnasio. A esa hora habría amigos míos. Entré y le propiné un golpe a mi saco habitual, que estaba libre, pero no había ido allí a entrenar, así que pasé de largo. Encontré a uno de mis colegas boxeando.
-¡Eh! –gritó al verme acercarme. Liberó una mano de su guante y nos estrechamos las manos.
-¿Qué tal? –dije, mientras me quitaba la cazadora; allí hacía calor.
-Pues vivo, ¿y tú? –inquirió con auténtica curiosidad- Llevas una temporada desaparecido.
-Lo sé, he estado liado –respondí.
-Ya me imagino, con lo de Alba…
-Espera –le corté-. ¿Qué sabes tú de Alba? –pregunté, sorprendido por su comentario.
-Pues tío, lo que sabemos todos, está con Lucas, uno de mis colegas…
-¿Lucas y tú sois colegas? –chillé, cada vez más cabreado. También estaba quitándome a mis amigos, además de mi novia.
-¿También lo conoces? –preguntó, con la inocencia de la ignorancia- El otro día le curraron en la calle, ¿te has enterado?
-Algo me habían dicho –gruñí en respuesta-. Así que Alba está con él –añadí-, ¿se les ve bien?
-Ya lo creo, están perfectamente compenetrados.
-He perdido el teléfono de Lucas –comenté, con aire inocente-, ¿me lo puedes dar?

Y me lo dictó, lo guardé entre los contactos de mi teléfono móvil. Ya recibiría una llamadita de su nuevo colega, y más tarde, una muestra de afecto mucho mayor que la anterior. 

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