ALBA
Lucas ha dejado de hablarme. Estoy
preocupada, temo haberle contado demasiado. ¿Y si ahora ya no quiere saber nada
de mí? Temo haberle espantado, que esta situación le venga demasiado grande. No
quiero seguir dependiendo de este secreto, quiero librarme de él de una vez por
todas. Hoy he llegado a una conclusión: la única forma de erradicar el problema
es zanjarlo por completo. Por lo tanto,
si de verdad quiero seguir adelante, he de denunciarle a la policía, sólo así
lograré volver a ser la misma, y que se haga justicia. Respiro hondo al pensar
en esto, y rápido, para que no duelan demasiado estas palabras. Pero duele
pensar en denunciarle, y en la justicia que merece todo esto. No sé de qué
tengo miedo, no sé por qué debo tener miedo. La cuestión es que el miedo sigue
ahí, porque si no se cura la herida no puede cicatrizar. El mundo se me cae encima
cuando paso las noches en vela, apresada por las pesadillas. Las huellas
imborrables en mi piel permanecen recordándome la realidad. Junto con eso, la
culpabilidad por el pasado. Pero los recuerdos buenos a veces me pesan
demasiado, impiden que reaccione igual, viendo todo como una pesadilla de la
que no tardaré en despertar. Sin embargo es una pesadilla larga, tanto que en
ella han transcurrido meses.
Entonces, la verdad me pide a gritos que
la libere, que cese mi silencio. No obstante todo sigue igual. Para mí las
cosas no cambian, no dejo de sentirme como la asesina de mi propia felicidad.
Pienso en muchas cosas, últimamente mi cabeza es un disco de vinilo, dando
vueltas hasta que la canción se acaba.
ÁNGEL
Había pegado a Lucas, pero no me sentía
mejor. Nada tenía demasiado sentido, pensar en Alba era como meter el dedo en
la llaga. Aún así la furia había desaparecido, dando paso a la meditación más
profunda en la que jamás me hubiera visto inmerso. Me resistía a la idea de
haber fallado, de haber cometido demasiados errores, de que mi vida ya fuera
insalvable. Necesitaba un tiempo muerto, un respiro para meditar sobre mis
actos, sin embargo sentía que no iba a poder obtenerlo con facilidad. Yo mismo
era incapaz de concedérmelo, necesitaba acción, y por supuesto una
solución. Me levanté de la cama, en la
que había pasado horas y horas tirado, y fui hacia la puerta. Directo escaleras
abajo, hasta el portal, otorgándole un golpe de llave. Y por fin, hasta el asfalto
y el aire fresco. Dejé que este último entrara en mis pulmones.
Bendita
polución, me dije, gracias a ti puedo
colocarme con algo gratis.
Me permití sonreír, mientras iba de
camino hacia el gimnasio. A esa hora habría amigos míos. Entré y le propiné un
golpe a mi saco habitual, que estaba libre, pero no había ido allí a entrenar,
así que pasé de largo. Encontré a uno de mis colegas boxeando.
-¡Eh! –gritó al verme acercarme. Liberó
una mano de su guante y nos estrechamos las manos.
-¿Qué tal? –dije, mientras me quitaba la
cazadora; allí hacía calor.
-Pues vivo, ¿y tú? –inquirió con
auténtica curiosidad- Llevas una temporada desaparecido.
-Lo sé, he estado liado –respondí.
-Ya me imagino, con lo de Alba…
-Espera –le corté-. ¿Qué sabes tú de
Alba? –pregunté, sorprendido por su comentario.
-Pues tío, lo que sabemos todos, está con
Lucas, uno de mis colegas…
-¿Lucas y tú sois colegas? –chillé, cada
vez más cabreado. También estaba quitándome a mis amigos, además de mi novia.
-¿También lo conoces? –preguntó, con la
inocencia de la ignorancia- El otro día le curraron en la calle, ¿te has
enterado?
-Algo me habían dicho –gruñí en
respuesta-. Así que Alba está con él –añadí-, ¿se les ve bien?
-Ya lo creo, están perfectamente
compenetrados.
-He perdido el teléfono de Lucas
–comenté, con aire inocente-, ¿me lo puedes dar?
Y me lo dictó, lo guardé entre los
contactos de mi teléfono móvil. Ya recibiría una llamadita de su nuevo colega,
y más tarde, una muestra de afecto mucho mayor que la anterior.
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