ALBA
Recuerdo aquel día en el que cambié la vida
por la condena. Fue hace mucho. Mi primer beso con Ángel significó eso. No
puedo decir que me arrepienta de ello, pero sí que daría mi vida a cambio de
poder borrar cada recuerdo a su lado. Los malos por el dolor, los buenos para
no sentir la tentación de volver al pasado.
Me
dejo caer entre sus brazos, envolver por su fragancia. Sé lo que me espera, y
temo que ocurra. Sus ojos me buscan, me resisto a encontrar su mirada. Y de
pronto, una explosión de calor, la habitación en llamas, sus uñas rasgando mi
espalda…
Anoche esta pesadilla me impidió dormir.
Durante horas y horas me agité entre las sábanas, con un sudor frío recorriendo
mi piel y la incertidumbre envolviéndome como mi atmósfera particular. Lloré
durante horas, presa del pánico que me producía la certeza de que esa escena
podría desarrollarse algún día.
…
De pronto, un golpe seco en el pecho me nubla el juicio. Esta vez miro sus
ojos, me horrorizo al contemplar la furia que desprenden. “Alba, escapa”,
susurra una voz en mi cabeza. Pero ya es tarde para eso. Sin una palabra, sin
un gesto de despedida, mi corazón decide dejar a un lado mi autoridad. Caigo
entre los brazos de la muerte.
Me levanto de la cama, estoy temblando.
Abro la ventana, busco el aire fresco de la noche, la luz de las farolas vuelve
a acogerme. Cuento las luces encendidas en las ventanas vecinas, son escasas.
Me relaja espiar el mundo desde un pequeño resquicio oscuro y solitario. Lloro
de nuevo, pero esta vez deseando estar allí cada noche, seguir en este mundo
para poder sentir esa sensación de paz, aunque sea momentánea.
Me
visto, sé que es tarde, pero he de hacerlo. Se acabó, voy a escaparme. Abro la
puerta de mi casa con el menor ruido posible. Salgo, bajo las escaleras, llego
al portal. Una nueva puerta hacia la libertad. Llego a la calle, pero no sé qué
hacer, adónde ir. Echo a correr, corro por la acera en mitad de la noche. Y de
repente… no puede ser. Ahí está él. Me observa, se acerca. Me besa.
-Lucas…
No
es Lucas, es Ángel.
-Ángel…
Son
los dos, rodeándome.
-Lucas,
ayúdame, por favor.
-¿Por
qué iba a hacerlo? Puta zorra…
Lágrimas,
me caigo, risas de los dos demonios.
-Ángel,
mi amor…
-¿Mi
amor? Y eso… ¿desde cuándo?
La
risa de Ángel corta como el acero. Ambos me odian.
-Lucas…
¡Ayúdame!
Grito,
suplico, lloro… Pero no hay nadie disponible para mí, nadie que me salve.
Odio las pesadillas…
ÁNGEL
En casa, con mi madre, nuestra relación
empeoró. Había corrido el rumor de que le había pegado un puñetazo a Lucas, y
mi madre había acabado enterándose. Empezaron una serie de interrogatorios con
el deseo de ser desenfadados, pero lo único que le faltó a esa perra fue
apuntarme con la luz de un flexo y enchufarme a un polígrafo. Llegué hasta el
punto de llenar una mochila e irme a casa de mi padre. Sorprendido, pero encantado,
mi padre me recibió con los brazos abiertos. Desde su divorcio yo había
permanecido alejado de él. Pensar que mi padre era un marica me dolía
profundamente. Sin embargo, un marica o no, no dejaba de ser mi padre, aunque
no quisiera tratar su enfermedad. La casa en la que vivía estaba muy bien
situada, en el centro de la ciudad, cerca de los principales comercios y zonas
turísticas. Sin embargo no era mi barrio, y me sentía desencajado, y eso que
acababa de llegar.
-Me extrañó cuando me llamaste –dijo, abriéndome
la puerta. Me abrazó y me quitó la mochila del hombro-. Espero que estés cómodo
en tu habitación, desde mi mudanza nunca has venido aquí, así que…
-No te preocupes –le corté-. Seguro que
estaré bien.
Después de su divorcio mi padre había
adquirido un apartamento, en el que había tenido la esperanza de que yo
quisiera compartir su vida. Pero a mis diez años mi madre se dedicó a hacerle
la vida imposible, impidiendo que obtuviera la custodia compartida. Al crecer y
darme cuenta de que mi padre era homosexual, y con el odio que yo tenía a
aquellas personas, me había distanciado de él. Pero siempre había sido mi
padre, por lo que en aquellos momentos tan difíciles necesitaba estar con él.
Entré en la habitación que había estado
guardándome. Era amplia, de paredes blancas y con una excelente iluminación
gracias a las ventanas que alumbraban la estancia a aquellas horas del día. La
decoración era moderna y sencilla, con un estilo agradable a la vista. Sin
embargo esa no era mi habitación. Me senté en la cama.
-Papá –le llamé. Acudió desde el salón.
-Estaba esperando a que me llamaras
–sonrió-, algo te está pasando, y me alegro de que quieras hablarlo conmigo.
-Es por…
-…una chica –completó él, dejándome con
la boca abierta-. En cuestión de amores todos somos iguales –afirmó.
-Pero esto es diferente –expliqué-. Yo la
quiero, pero ella a mí no y le he hecho daño.
-Todos hacemos daño alguna vez, pero hay
que saber pedir perdón –dijo pacientemente. Depositó una mano sobre mi hombro-.
Te aseguro que si lo haces como es debido, ella perdonará, y entonces te
perdonarás tú a ti mismo.
-Pero ella lo merecía –gruñí, furioso-,
lo único que quiero es dejar de sentirme como una mierda.
-¿Lo merecía? No te habrá hecho nada,
¿verdad? –inquirió, preocupado.
-Traicionarme –respondí, con la cabeza
gacha.
-Pero, ¿qué te hizo exactamente?
–preguntó, perdido.
-Muchas cosas –respondí, afligido-. Todas
imperdonables.
La mirada que me dirigió mi padre fue la
que había estado esperando desde hacía meses. Comprensión y preocupación, eso
fue lo que leí en aquella mirada.
-Ángel –me dijo, muy despacio-, ¿qué es
lo que tú entiendes por cosas imperdonables?
Desvié la mirada, sin saber qué
responderle. En mi opinión eran cosas imperdonables, pero que a su vez había
devuelto con creces. Ella las había originado y yo las había devuelto. Lo único
que necesitaba era no perderla. Pero ese desgraciado de Lucas ya me la había
arrebatado.
-Me dejó –susurré, con la voz temblorosa,
acongojada-, yo la amo más que a nada… -las lágrimas asomaron por el rabillo de
mis ojos, cayeron por mis mejillas por primera vez en días. Y sobre el hombro
de mi padre lloré, por fin tranquilo.
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