viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 31



ÁNGEL

Hace cuatro años maté a Alba. A día de hoy permanezco en la cárcel. Fui detenido y me procesaron. Mi padre contrató a un buen abogado, el cual nos aconsejó que confesara para que esto sirviera de atenuante. Eso sirvió para que la condena fuera rebajada hasta los once años de cárcel. Mi madre reniega de mí como hijo, mi padre no se atreve a rechazarme. Todos se pusieron en mi contra, y mi propia madre fue capaz de subirse a un estrado y declarar a favor de la víctima. No me defendí en ningún sentido. Me acusaron de agredir y asesinar a Alba. No negué las acusaciones. Lógicamente, no asistí a su funeral, y mi madre, a pesar de ser íntima amiga de la madre de mi difunta ex-pareja, tampoco tuvo el valor de hacerlo. Aún recuerdo las fotos que guardaba. En ellas salía como una mujer herida, luchando como una gladiadora. Mi madre las encontró en mi móvil después de la detención y las borró. Dudo que quede una sola copia, pero eso carece de importancia.

En estos cuatro años he sido incapaz de olvidarla. A veces sueño con ella y conversa conmigo como antaño hacíamos. En esas conversaciones yo le pido perdón. Sí, estoy arrepentido, profundamente arrepentido. No quería matarla, joder, la amaba. La necesitaba. Ahora soy incapaz de recordarla cuando era niña. Ojalá revivir todas esas tardes en el parque, o merendando mano a mano un paquete de galletas. Mi juicio no ha terminado, siento como ella me observa cada día. Me vigila, y el hecho de no parar de sentirla no contribuye a hacerme sentir mejor. He intentado acabar con todo, pero mis intentos de suicidio han sido en vano.
Intento revivir cada beso que he compartido con ella, pero mi mente los va borrando en contra de mi voluntad. Sin embargo recuerdo lúcidamente cada golpe que le he propinado. Pero el día de su muerte no lo recuerdo del todo, sólo enlazo imágenes. Alba cayendo escaleras abajo, mirándome, muriendo…
Sólo quería que se dejara amar por mí, y no pudo hacerlo. Me siento incapaz de vivir una hora más en esta tortura. Pero lo peor es que me siento solo, y sé que estaré así el resto de mi vida. Jamás volveré a amar a otra mujer, y siento que cualquier esfuerzo por olvidar a Alba será en vano. Se ha ido para siempre, de mi lado y del de todo el mundo. Aunque dentro siete años saldré de aquí, siento que jamás seré libre. Ojalá Alba hubiera escapado de mis manos, ahora yo no me sentiría así de miserable. Pero una parte de mí sigue pensando que ella me jodió la vida, aún antes de abandonar la suya, pues desde el primer momento de dolor en el que busqué imponer mi voluntad fue la ira y el miedo a perderla lo único que supo entender mi cerebro.

Estoy preso en dos cárceles; una encierra mi cuerpo, la otra mi alma. Sin embargo, un día saldré de la que me rodea, pero aquella cuya llave se encuentra en mi interior me mantendrá preso hasta el día de mi muerte.

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