viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 11

ALBA


Ayer fue uno de los peores días de mi vida, y empezaba a preguntarme si algo así era posible. Pero sí, lo era. Y lo es.
La muerte para algunos es muy lejana, pero para otros es una visita llamando a la puerta. En mi caso tiene mi dirección y está buscando el hueco en su agenda para pasar a saludarme. Y me va avisando. Un susto por aquí, otro por allá. Hasta que un día ni el más grande y resistente de mis candados me protegerá, entrará y seré suya.
Espero que jamás pase nadie por esto. Porque esto sólo se lo puedo desear a una persona en el mundo. A él. Y espero que mi venganza llegue pronto. Quiero ganar. Pero cada vez se me antoja más difícil. ¿Cuántas veces he ganado? Ni siquiera pueden contarse, no hay ninguna. Él siempre sale victorioso. No es justo. Nada lo es.
Me mareo sólo de pensar en volver a verle, figúrate cómo me pondré cuando lo tenga delante. A veces me gustaría tener el valor de salir corriendo. Pero no lo tengo. Hace un tiempo me pregunté cómo sería vivir sin miedo. Pues sería sencillo, apacible. Ojalá volver a sonreír, reír… de verdad. Hay sueños que jamás llegaré a cumplir. Uno de ellos es poder llegar a olvidarme. Todo es tan lejano cuando lo recuerdo… pero tan real cuando lo siento encima de mí…
¿Piedad? Es un concepto difícil de procesar. ¿El cazador caza por necesidad? ¿O por gusto? En su caso, ¿necesita que yo sufra para poder ser feliz? No lo sé. Ya no lo sé. No sé nada.


ÁNGEL


Me pesó el volver a mi vida después de aquello. Había vuelto a cruzar mi límite. No podía seguir así. La verdad es que Alba había pasado de ser mi princesa a ser mi enemiga, pero a su vez la única persona que me conocía realmente. Por eso la quería tanto, pero a su vez necesitaba venganza, librarme del dolor. Justicia, según me decía a mí mismo. Alba me había provocado, no era culpa mía, yo me había defendido…
Me llamó por teléfono, pero no al móvil, a mi casa. Mi madre me llamó, acudí al salón.
-Tienes una llamada –me dijo, con un tono neutro.
-¿Quién es? –inquirí, aunque lo suponía.
-No me lo ha dicho, pero parecía una chica –me respondió. Detecté la sospecha en su mirada. Cogí el teléfono.
-¿Qué quieres? –le gruñí cuando mi madre se fue a trastear a la cocina.
-Me has dejado otra cicatriz, hijo de puta –lloró ella. A través del auricular detecté parte de su dolor. Era insoportable. Colgué.
-¿Era Alba? –me preguntó mi madre, desde la puerta.
-Sí –respondí, y me disponía a meterme en mi cubil cuando la escuché hablar de nuevo.
-Hace bastante que no la veo, debe haber crecido mucho, su voz ha cambiado –dijo, aunque hablaba más para sí que para mí.
-Sí, ha crecido –gruñí-. Ahora es jodidamente una mujer.

Y me metí en la cama. No pensaba verla, y menos aún escucharla lloriquear. ¿Acaso creía que yo no sufría? Mi niña… joder, la quería. Todo era endemoniadamente injusto. La necesitaba más que nunca, para descubrir a qué debía atenerme. Alba… mi perrita fiel, la estúpida marioneta de todo el mundo. 

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