ALBA
Ayer fue uno de los peores días de mi
vida, y empezaba a preguntarme si algo así era posible. Pero sí, lo era. Y lo
es.
La muerte para algunos es muy lejana,
pero para otros es una visita llamando a la puerta. En mi caso tiene mi
dirección y está buscando el hueco en su agenda para pasar a saludarme. Y me va
avisando. Un susto por aquí, otro por allá. Hasta que un día ni el más grande y
resistente de mis candados me protegerá, entrará y seré suya.
Espero que jamás pase nadie por esto.
Porque esto sólo se lo puedo desear a una persona en el mundo. A él. Y espero
que mi venganza llegue pronto. Quiero ganar. Pero cada vez se me antoja más
difícil. ¿Cuántas veces he ganado? Ni siquiera pueden contarse, no hay ninguna.
Él siempre sale victorioso. No es justo. Nada lo es.
Me mareo sólo de pensar en volver a
verle, figúrate cómo me pondré cuando lo tenga delante. A veces me gustaría tener
el valor de salir corriendo. Pero no lo tengo. Hace un tiempo me pregunté cómo
sería vivir sin miedo. Pues sería sencillo, apacible. Ojalá volver a sonreír,
reír… de verdad. Hay sueños que jamás llegaré a cumplir. Uno de ellos es poder
llegar a olvidarme. Todo es tan lejano cuando lo recuerdo… pero tan real cuando
lo siento encima de mí…
¿Piedad? Es un concepto difícil de
procesar. ¿El cazador caza por necesidad? ¿O por gusto? En su caso, ¿necesita
que yo sufra para poder ser feliz? No lo sé. Ya no lo sé. No sé nada.
ÁNGEL
Me pesó el volver a mi vida después de
aquello. Había vuelto a cruzar mi límite. No podía seguir así. La verdad es que
Alba había pasado de ser mi princesa a ser mi enemiga, pero a su vez la única
persona que me conocía realmente. Por eso la quería tanto, pero a su vez
necesitaba venganza, librarme del dolor. Justicia, según me decía a mí mismo.
Alba me había provocado, no era culpa mía, yo me había defendido…
Me llamó por teléfono, pero no al móvil,
a mi casa. Mi madre me llamó, acudí al salón.
-Tienes una llamada –me dijo, con un tono
neutro.
-¿Quién es? –inquirí, aunque lo suponía.
-No me lo ha dicho, pero parecía una
chica –me respondió. Detecté la sospecha en su mirada. Cogí el teléfono.
-¿Qué quieres? –le gruñí cuando mi madre se
fue a trastear a la cocina.
-Me has dejado otra cicatriz, hijo de
puta –lloró ella. A través del auricular detecté parte de su dolor. Era
insoportable. Colgué.
-¿Era Alba? –me preguntó mi madre, desde
la puerta.
-Sí –respondí, y me disponía a meterme en
mi cubil cuando la escuché hablar de nuevo.
-Hace bastante que no la veo, debe haber
crecido mucho, su voz ha cambiado –dijo, aunque hablaba más para sí que para
mí.
-Sí, ha crecido –gruñí-. Ahora es
jodidamente una mujer.
Y me metí en la cama. No pensaba verla, y
menos aún escucharla lloriquear. ¿Acaso creía que yo no sufría? Mi niña… joder,
la quería. Todo era endemoniadamente injusto. La necesitaba más que nunca, para
descubrir a qué debía atenerme. Alba… mi perrita fiel, la estúpida marioneta de
todo el mundo.
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