viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 3

ALBA


Las horas se suceden. Pero no de forma apacible. A la fuerza. Bruscamente, los segundos escapan, igual que los gemidos de mis labios. Sus ojos entrecerrados me aterrorizan, sus manos temblorosas recorriendo mi piel. Su tacto me produce repulsión, náuseas. ¿Es posible que aquellos dedos me parecieran dulces? Ahora odio hasta el simple latido de su corazón. No quiero respirar su mismo aire.
Anoche tuve un sueño. En realidad, no sé especificar qué significó para mí. Con un cuchillo le arrancaba la cara, haciendo finas tiras su piel. Poco a poco, pero sin pausa. Iba destrozando las facciones que componían su rostro. Y después, al mirarme al espejo… era mi cara la que faltaba. Una imagen vale más que mil palabras. En mi sueño sólo pude contemplar un muñón en carne viva donde debería de estar mi rostro. Ahora me parece que queda lo mismo de mi personalidad. Porque prácticamente la he ido arrancando, dejando que él se hiciera con ella. Y ya no lloro, de hecho, parezco increíblemente feliz. No entiendo por qué soy capaz de reír. ¿Es posible que me haya resignado a vivir así? ¿Que me haya acostumbrado? Eso parece. Una barrera invisible se ha formado ante mí, separando a la persona que soy de la que debería ser. Incluso he llegado a odiarme a mí misma. ¿Es sano llegar a ese extremo? Ni siquiera creo que la indiferencia que adopto en estos días sea sana. ¿Estaré loca?
A veces me parece que nada es real. Todo se me antoja un espejismo.


ÁNGEL


El valor de una buena arma es incalculable, y no hablo de pistolas o puñales. Hablo de la capacidad de defenderse, de plantar cara. Parecía que una muñequita de porcelana me había declarado la guerra. Alba había decidido no dejarse hundir, y para los que piensen que esa fue una buena decisión, que sigan atentos a esta historia, porque entonces comprenderán que han apostado por el caballo equivocado. Y Alba ni siquiera era fuerte, solo una molestia de la que costaba deshacerse, un despojo de la sociedad.
Su mirada desafiante me nublaba el juicio, sus ojos tan rojos de llorar me daban ganas de partirle la cara. Esa tía había nacido cansada de vivir, eso era lo que más nervioso me ponía. No existía una víctima mayor en el mundo, en mi opinión. Puta cría con aspiraciones imposibles. Y por eso mismo, por verla sonreír de ese modo tan increíblemente irritante, por verla retorcerse de dolor, un día me harté. Decidí que yo le daría motivos para llorar. La cogí del pelo y se lo estiré. Sus raíces, así como su rostro, enrojecieron. Me llevé unos cuantos pelos detrás. Debía de dolerle por fuerza, pero no se quejaba. Le pateé en el estómago y tampoco. Finalmente, le pegué un puñetazo a la altura del pecho… ¡bingo! Pareció dolerle muchísimo. Pobre… había estado jugando al juego de aguantar hasta que le ignorara. Mi pobre niña, amada mía, debiste saber que al jugar con fuego podrías quemarte, ¿por qué no te quedaste en tu burbujita de cristal?
Pero lo más gracioso del asunto fue lo que me dijo después, tirada en el suelo, llorando y abrazándose a sí misma.
-Te arrepentirás de esto –dijo, con sus labios quebrados de habérselos mordido, con un golpe en la cadera que le originaría un buen cardenal.

La quería, pero ella no comprendía lo que significaba mi mundo. No comprendía que se trataba de ceder o morir. Morir para mí, eso es lo que me dije en aquel momento… aunque puede que las cosas se me escaparan un poco de las manos. 

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