ALBA
Las horas se suceden. Pero no de forma
apacible. A la fuerza. Bruscamente, los segundos escapan, igual que los gemidos
de mis labios. Sus ojos entrecerrados me aterrorizan, sus manos temblorosas
recorriendo mi piel. Su tacto me produce repulsión, náuseas. ¿Es posible que
aquellos dedos me parecieran dulces? Ahora odio hasta el simple latido de su
corazón. No quiero respirar su mismo aire.
Anoche tuve un sueño. En realidad, no sé
especificar qué significó para mí. Con un cuchillo le arrancaba la cara,
haciendo finas tiras su piel. Poco a poco, pero sin pausa. Iba destrozando las
facciones que componían su rostro. Y después, al mirarme al espejo… era mi cara
la que faltaba. Una imagen vale más que mil palabras. En mi sueño sólo pude
contemplar un muñón en carne viva donde debería de estar mi rostro. Ahora me
parece que queda lo mismo de mi personalidad. Porque prácticamente la he ido
arrancando, dejando que él se hiciera con ella. Y ya no lloro, de hecho,
parezco increíblemente feliz. No entiendo por qué soy capaz de reír. ¿Es
posible que me haya resignado a vivir así? ¿Que me haya acostumbrado? Eso
parece. Una barrera invisible se ha formado ante mí, separando a la persona que
soy de la que debería ser. Incluso he llegado a odiarme a mí misma. ¿Es sano
llegar a ese extremo? Ni siquiera creo que la indiferencia que adopto en estos
días sea sana. ¿Estaré loca?
A veces me parece que nada es real. Todo
se me antoja un espejismo.
ÁNGEL
El valor de una buena arma es
incalculable, y no hablo de pistolas o puñales. Hablo de la capacidad de
defenderse, de plantar cara. Parecía que una muñequita de porcelana me había
declarado la guerra. Alba había decidido no dejarse hundir, y para los que
piensen que esa fue una buena decisión, que sigan atentos a esta historia,
porque entonces comprenderán que han apostado por el caballo equivocado. Y Alba
ni siquiera era fuerte, solo una molestia de la que costaba deshacerse, un
despojo de la sociedad.
Su mirada desafiante me nublaba el
juicio, sus ojos tan rojos de llorar me daban ganas de partirle la cara. Esa
tía había nacido cansada de vivir, eso era lo que más nervioso me ponía. No
existía una víctima mayor en el mundo, en mi opinión. Puta cría con
aspiraciones imposibles. Y por eso mismo, por verla sonreír de ese modo tan
increíblemente irritante, por verla retorcerse de dolor, un día me harté.
Decidí que yo le daría motivos para llorar. La cogí del pelo y se lo estiré.
Sus raíces, así como su rostro, enrojecieron. Me llevé unos cuantos pelos
detrás. Debía de dolerle por fuerza, pero no se quejaba. Le pateé en el
estómago y tampoco. Finalmente, le pegué un puñetazo a la altura del pecho…
¡bingo! Pareció dolerle muchísimo. Pobre… había estado jugando al juego de
aguantar hasta que le ignorara. Mi pobre niña, amada mía, debiste saber que al
jugar con fuego podrías quemarte, ¿por qué no te quedaste en tu burbujita de
cristal?
Pero lo más gracioso del asunto fue lo
que me dijo después, tirada en el suelo, llorando y abrazándose a sí misma.
-Te arrepentirás de esto –dijo, con sus
labios quebrados de habérselos mordido, con un golpe en la cadera que le
originaría un buen cardenal.
La quería, pero ella no comprendía lo que
significaba mi mundo. No comprendía que se trataba de ceder o morir. Morir para mí, eso es lo que me dije en
aquel momento… aunque puede que las cosas se me escaparan un poco de las manos.
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