No
todas las cárceles tienen barrotes. Puede que no sean necesarias ni las rejas ni las celdas, pero hay lugares que no dejan
de aprisionarnos. Nuestra vida, las situaciones que vivimos en ella o nuestra
mente pueden hacerlo. Para algunos enfermos, el hospital puede ser una cárcel,
siendo su enfermedad una condena.
En ocasiones, la propia conciencia nos
mantiene encadenados. La culpabilidad puede ser un juez despiadado. Sin
embargo, la misma conciencia que nos encierra puede guiarnos, para ello se
necesita una dirección a la que dirigirse. Una meta en la vida, o personas que
te impulsen hacia el camino adecuado. Ángel
no siguió su camino, se dedicó a destrozar los del resto.
¿Cómo escapar cuando otros nos someten?
Contra las fuerzas de la opresión solo hay una salida: voluntad. Mediante ella,
las personas son capaces de luchar. A veces, es necesario armarse con la ayuda
de otros para vencer y obtener la libertad robada. Hay que disponer de una
llave que abra nuestro espíritu, para ser capaces de salir de la peor de las
cárceles: el miedo.
El
miedo nos ancla en un punto decisivo entre la cordura y la locura. Muchas
personas son capaces de intimidar, pero no siempre las hay capaces de resistir.
Junto con el miedo, la desesperación y la impotencia actúan como esposas,
atándonos a una pared que nos hace frágiles.
Alba estuvo presa del miedo, que la fue
consumiendo. Para salir de él, era necesario un impulso que le hiciera correr, que la empujara a liberarse. La
confianza en la fuerza de uno mismo puede ser clave para esto último.
Ojalá hubiera formas de predecir el
futuro, pero no las hay. No obstante, hay formas de evitar lo que le ocurrió a
Alba. Aunque sea complicado, vale la pena salvar la vida. Hay errores insalvables,
como el que cometió ella tolerando que Ángel atentara contra sus derechos. Pero
no fue la culpable, cargó con una carga que no le correspondía. Por ello, él
tuvo que compensar la balanza, siendo ajusticiado a manos de otros. Y aún así,
no se restauró del todo el equilibrio. Porque nadie le devolverá la vida a
Alba.
Hay muchas Albas en el mundo, y aunque
esta historia no haya sucedido nunca, no deja de ser real.
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