ALBA
Esta tarde he ido a hablar con Carmen. La
verdad es que he vivido un momento extraño. Me ha hablado sobre Ángel, y no sé
si quería tener toda esa información. La pobre mujer ha llorado muchísimo, se
ha sincerado conmigo. Y ante todo insistía en que toda la culpa no era de su
hijo, que ella había sido una mala madre. No comprendí a qué se refería hasta
que me contó cómo le había obligado a alejarse de su padre, para después
educarle con una actitud de rechazo y defensa. La ira creció en el corazón de
Ángel, y la eliminó a través de violencia. Además de que fue en contra de todos
aquellos que fueran diferentes a él, bien por el color de su piel, o bien por
sus preferencias sexuales. Se fue moldeando poco a poco, hasta convertirse en
todo aquello contra lo que luchaba la sociedad. Desde hacía tiempo lo he
sabido, pero no he tenido el valor de creerlo. Y de repente las piezas del
puzle caen sobre mí. La violencia y la presión que ejerce es un mero reflejo
del pasado. Sin embargo no me encajaba qué quería decir eso de que ella luchaba
contra su hijo, tal y cómo me dijo en otra ocasión. Y al preguntárselo, ha roto
a llorar. Un pasado de gritos, alcohol y amantes ha salido a la luz entre
lágrimas, y en él, un niño que no sabía a quién recurrir. Se había limitado a
encerrarse en sí mismo, a caerse cuando debía caminar y a llorar en el más
completo silencio. Después de años, Carmen cambió y se esforzó por hacer lo
mejor para su hijo. Desde aquel día, lo único parecido al alcohol en su casa se
encuentra en el botiquín del baño. Había logrado borrar el pasado con buenas
acciones en el presente, pero Ángel era una mancha imborrable. Madre e hijo se
habían enzarzado en una especie de lucha, en la que Ángel quería hacerle pagar
por todo lo que había pasado. Carmen había intentado conseguir su perdón y
comenzar una nueva vida, pero no lo había conseguido. Los reproches del hijo le
ocasionaron recaídas a la madre, originando así un círculo vicioso, en el que
ninguno de ellos pudo recuperarse de sus heridas. Y por ello, aún no han cicatrizado.
ÁNGEL
Cansado de aguantar la furia en mi
interior, decidí deshacerme de ella. Necesitaba eliminar todo aquello que me
estaba dañando, así como la responsable de todo ese dolor. Alba podía
prepararse. Había cometido demasiados errores, ahora era insalvable. Se trataba
de mi dignidad o de la suya. Tenía que hacerme respetar, y si quería lograrlo
debía de plantar cara. No podía hacerle nada a Lucas, pero Alba era el blanco
perfecto. Así pues, me devané los sesos buscando la forma de vengarme. Ella ya no
acudiría por voluntad propia a mí, y atacarla en la calle era arriesgado.
Evitaba explotar en público, eso significaba que podía haber testigos que
corroboraran las palabras de esa zorrita.
Por ello no me quedaba otra que tenderle una emboscada, por donde menos
lo esperara… Una idea cruzó por mi mente. Era algo rebuscada, pero podía
funcionar. Siempre podía conseguir ayuda de alguien que ella no esperaba. Y
sólo había una persona lo suficientemente ingenua e inocente para conseguir
eso. Su mejor amiga, Yolanda. Podía llamarla, explicándole que quería
reconciliarme con ella, pero no había forma de hacerlo solo. Podía pedirle que,
por favor, me ayudara a hablarle. Quedando en algún lugar a solas, los tres, y
dejándonos tiempo y espacio para hablar. Y mientras terminaba de pensar en mi
plan, cogí el teléfono. Antes de marcar el número probé a practicar algunos
sollozos, esperando parecer lo suficientemente deprimido para estar
desesperado. Y tal y cómo haría Romeo, intentar recuperarla.
-¿Si? –sonó su chirriante voz al otro
lado del auricular.
-Yolanda, ¿eres tú? –inquirí, sorbiéndome
la nariz.
-Ah, sí, ¿quién eres? –preguntó.
-Pues soy Ángel…
-¡Anda, claro! –exclamó ella- Hacía mucho
que no escuchaba tu voz, por teléfono suena distinta –rió.
-Bueno… -murmuré, con un fingido aire
acongojado.
-¿Qué pasa? –preguntó, con un deje de
sensibilidad y tenue preocupación.
-Tengo un problema, Yolanda –le
expliqué-. Es que… amo a Alba, y ella no quiere ni hablarme…
-Sí, ya me dijo que habíais roto
–comentó-. Pues hacíais buena pareja.
-No sé, yo necesito hablarle de lo que
siento –dije, y fingí unos cuántos sollozos, que por teléfono parecieron
convencerla.
-Ángel… -susurró, conmovida- Sí que estás
enamorado.
-Muchísimo –volví a sollozar.
-Jolín, ¿quieres que le diga algo? –se
ofreció.
-No, gracias –respondí-, pero he de
hacerlo yo. Necesito hablarle, en algún lugar tranquilo y a solas.
-Pues no sé…
-¿Podrías ayudarme? –rogué,
interrumpiéndola.
-Sí, pero no sé cómo –respondió,
pensativa.
-Verás, he pensado que si quedara ella
contigo, quizá yo podría acudir más tarde y quedarnos ella y yo a solas –le
expliqué-. No sé si te pido demasiado… -añadí.
-No te preocupes –respondió-, pero si se
enfada conmigo…
-No lo hará –le aseguré-. Si lo
arreglamos te estará agradecida.
-Bueno, tienes razón.
-¿Me ayudarás, Yolanda? –pregunté, con el
tono más zalamero y amistoso, así como desesperado, que pude componer.
-Sí, mira, podríamos quedar en mi casa
–propuso. Era perfecto.
-No quiero causarte problemas –afirmé.
-A mis padres no les importará. Además,
no están este fin de semana –me respondió.
-¿De verdad harías eso por mí? –inquirí,
con incredulidad fingida.
-Por ti y por Alba, por supuesto
–respondió, riéndose de mi pregunta.
-Joder, gracias, de verdad, te debo una
gorda.
-No hay de qué –me aseguró.
-En fin, muchas gracias, podríamos
hacerlo el sábado.
-Perfecto –dijo-, ven por la tarde, le
propondré pasar el día conmigo.
-¿Podrías confirmármelo cuanto antes?
–rogué.
-Claro, ahora la llamo y te digo lo que
sea, ¿vale?
-Genial, eres una amiga, gracias.
Y
colgué el teléfono. Me quedé quieto unos instantes, consciente de que disponía
de todos los medios para obrar según me conviniera. La euforia me inundó y
pegué un salto, contento después de mucho tiempo. Las cosas marchaban, y eso ya
era algo nuevo y positivo. Ahora mismo me planteo si hubiera saltado
alegremente sabiendo lo que ocurriría.
No hay comentarios:
Publicar un comentario