viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 25

ALBA


Esta tarde he ido a hablar con Carmen. La verdad es que he vivido un momento extraño. Me ha hablado sobre Ángel, y no sé si quería tener toda esa información. La pobre mujer ha llorado muchísimo, se ha sincerado conmigo. Y ante todo insistía en que toda la culpa no era de su hijo, que ella había sido una mala madre. No comprendí a qué se refería hasta que me contó cómo le había obligado a alejarse de su padre, para después educarle con una actitud de rechazo y defensa. La ira creció en el corazón de Ángel, y la eliminó a través de violencia. Además de que fue en contra de todos aquellos que fueran diferentes a él, bien por el color de su piel, o bien por sus preferencias sexuales. Se fue moldeando poco a poco, hasta convertirse en todo aquello contra lo que luchaba la sociedad. Desde hacía tiempo lo he sabido, pero no he tenido el valor de creerlo. Y de repente las piezas del puzle caen sobre mí. La violencia y la presión que ejerce es un mero reflejo del pasado. Sin embargo no me encajaba qué quería decir eso de que ella luchaba contra su hijo, tal y cómo me dijo en otra ocasión. Y al preguntárselo, ha roto a llorar. Un pasado de gritos, alcohol y amantes ha salido a la luz entre lágrimas, y en él, un niño que no sabía a quién recurrir. Se había limitado a encerrarse en sí mismo, a caerse cuando debía caminar y a llorar en el más completo silencio. Después de años, Carmen cambió y se esforzó por hacer lo mejor para su hijo. Desde aquel día, lo único parecido al alcohol en su casa se encuentra en el botiquín del baño. Había logrado borrar el pasado con buenas acciones en el presente, pero Ángel era una mancha imborrable. Madre e hijo se habían enzarzado en una especie de lucha, en la que Ángel quería hacerle pagar por todo lo que había pasado. Carmen había intentado conseguir su perdón y comenzar una nueva vida, pero no lo había conseguido. Los reproches del hijo le ocasionaron recaídas a la madre, originando así un círculo vicioso, en el que ninguno de ellos pudo recuperarse de sus heridas. Y por ello, aún no han cicatrizado.

ÁNGEL


Cansado de aguantar la furia en mi interior, decidí deshacerme de ella. Necesitaba eliminar todo aquello que me estaba dañando, así como la responsable de todo ese dolor. Alba podía prepararse. Había cometido demasiados errores, ahora era insalvable. Se trataba de mi dignidad o de la suya. Tenía que hacerme respetar, y si quería lograrlo debía de plantar cara. No podía hacerle nada a Lucas, pero Alba era el blanco perfecto. Así pues, me devané los sesos buscando la forma de vengarme. Ella ya no acudiría por voluntad propia a mí, y atacarla en la calle era arriesgado. Evitaba explotar en público, eso significaba que podía haber testigos que corroboraran las palabras de esa zorrita.  Por ello no me quedaba otra que tenderle una emboscada, por donde menos lo esperara… Una idea cruzó por mi mente. Era algo rebuscada, pero podía funcionar. Siempre podía conseguir ayuda de alguien que ella no esperaba. Y sólo había una persona lo suficientemente ingenua e inocente para conseguir eso. Su mejor amiga, Yolanda. Podía llamarla, explicándole que quería reconciliarme con ella, pero no había forma de hacerlo solo. Podía pedirle que, por favor, me ayudara a hablarle. Quedando en algún lugar a solas, los tres, y dejándonos tiempo y espacio para hablar. Y mientras terminaba de pensar en mi plan, cogí el teléfono. Antes de marcar el número probé a practicar algunos sollozos, esperando parecer lo suficientemente deprimido para estar desesperado. Y tal y cómo haría Romeo, intentar recuperarla.

-¿Si? –sonó su chirriante voz al otro lado del auricular.
-Yolanda, ¿eres tú? –inquirí, sorbiéndome la nariz.
-Ah, sí, ¿quién eres? –preguntó.
-Pues soy Ángel…
-¡Anda, claro! –exclamó ella- Hacía mucho que no escuchaba tu voz, por teléfono suena distinta –rió.
-Bueno… -murmuré, con un fingido aire acongojado.
-¿Qué pasa? –preguntó, con un deje de sensibilidad y tenue preocupación.
-Tengo un problema, Yolanda –le expliqué-. Es que… amo a Alba, y ella no quiere ni hablarme…
-Sí, ya me dijo que habíais roto –comentó-. Pues hacíais buena pareja.
-No sé, yo necesito hablarle de lo que siento –dije, y fingí unos cuántos sollozos, que por teléfono parecieron convencerla.
-Ángel… -susurró, conmovida- Sí que estás enamorado.
-Muchísimo –volví a sollozar.
-Jolín, ¿quieres que le diga algo? –se ofreció.
-No, gracias –respondí-, pero he de hacerlo yo. Necesito hablarle, en algún lugar tranquilo y a solas.
-Pues no sé…
-¿Podrías ayudarme? –rogué, interrumpiéndola.
-Sí, pero no sé cómo –respondió, pensativa.
-Verás, he pensado que si quedara ella contigo, quizá yo podría acudir más tarde y quedarnos ella y yo a solas –le expliqué-. No sé si te pido demasiado… -añadí.
-No te preocupes –respondió-, pero si se enfada conmigo…
-No lo hará –le aseguré-. Si lo arreglamos te estará agradecida.
-Bueno, tienes razón.
-¿Me ayudarás, Yolanda? –pregunté, con el tono más zalamero y amistoso, así como desesperado, que pude componer.
-Sí, mira, podríamos quedar en mi casa –propuso. Era perfecto.
-No quiero causarte problemas –afirmé.
-A mis padres no les importará. Además, no están este fin de semana –me respondió.
-¿De verdad harías eso por mí? –inquirí, con incredulidad fingida.
-Por ti y por Alba, por supuesto –respondió, riéndose de mi pregunta.
-Joder, gracias, de verdad, te debo una gorda.
-No hay de qué –me aseguró.
-En fin, muchas gracias, podríamos hacerlo el sábado.
-Perfecto –dijo-, ven por la tarde, le propondré pasar el día conmigo.
-¿Podrías confirmármelo cuanto antes? –rogué.
-Claro, ahora la llamo y te digo lo que sea, ¿vale?
-Genial, eres una amiga, gracias.

 Y colgué el teléfono. Me quedé quieto unos instantes, consciente de que disponía de todos los medios para obrar según me conviniera. La euforia me inundó y pegué un salto, contento después de mucho tiempo. Las cosas marchaban, y eso ya era algo nuevo y positivo. Ahora mismo me planteo si hubiera saltado alegremente sabiendo lo que ocurriría. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario