domingo, 9 de junio de 2013

PREFACIO

Alba acudió a verle aquel día. Una tarde cualquiera, en un lugar especial. No sabía qué podría salir mal, pero de haber tenido que imaginarlo, le habría resultado complicado. La imaginación raramente podría cubrir todos los hechos que sucedieron. Caminaba por la calle en aparente calma, parecía feliz y completa. Pero estaba nerviosa, hervía de agitación. Era la primera vez que iba a su casa, a la casa de Ángel.
La calle en la que él vivía era amplia, de aceras anchas y con una plaza ajardinada en el centro. Pasó por los jardines, pues a través de las hojas de los árboles se filtraba la luz del sol, que contribuyó a calmarla y a hacerla sentir más segura de sí misma. Sus botas negras se llenaron de arena, pero simplemente se detuvo a observarlas, con un deje artístico en la mirada que le incitaba a contemplar el contraste de colores. Llegó al portal. Contempló la puerta, que siempre le inspiraba curiosidad. Era grande, con rejas y bastante antigua, como el edifico en general. Pero no llegaría a descubrir las propiedades de aquella puerta hasta más tarde. Puede que demasiado tarde.
Pulsó el interfono, aguardó la respuesta unos segundos, pero la impaciencia le hizo volver a pulsar de nuevo, aunque Ángel ya le había abierto para entonces. La cámara del interfono era útil para los propietarios de los apartamentos de aquella finca, pues de ese modo podían reaccionar mucho más rápido y con mayor seguridad a la hora de recibir visitas. Entró al interior del patio sin vacilar y llamó al ascensor que la condujo hasta la quinta planta, la última de aquel viejo edificio.
Al llegar al rellano correspondiente, se peinó el pelo con nerviosismo, pasándose las manos por él, aunque sin lograr grandes resultados. La puerta 5ªA se abrió. Ángel la esperaba en el interior con una sonrisa.
-Venga –la saludó sonriendo-. No te quedes en la puerta, aquí dentro hay mejores vistas.
Con una sonrisa algo forzada, Alba entró y se detuvo en el recibidor. Una casa bien decorada y acogedora pareció darle la bienvenida. Aunque ella ya sabía del talento de la madre de Ángel para la decoración de interiores, él mismo le había hablado de ello varias veces. El chico le abrió paso hasta el salón, donde no tardaron en sentarse. Ninguno de los dos sabía muy bien de qué hablar. Alba se removió inquieta en el cómodo asiento. Él no le quitaba el ojo de encima, sintió que debía decir algo. Recorrió la habitación con la mirada, buscando inspiración para sacar algún tema, pero Ángel se le adelantó. Él siempre llevaba la voz cantante.
-¿Cómo te va todo, Alba?
-Bien, ¿y a ti?- pregunta convencional, respuesta convencional. Todo en orden.
Ángel, cansado de esperar, se levantó y le dedicó una mirada intensa, en la que se dedicó a recorrerla de arriba abajo. Alba enrojeció de vergüenza. Siguió a su novio hasta su dormitorio. Los nervios le hacían mover mucho los dedos, le temblaban las piernas. Pero eran nervios agradables, pues la situación le parecía muy alegre y estaba impaciente por llegar hasta el final. La habitación de él era como la cueva de un oso. Olía salvajemente a sudor, algo muy propio en un chico de dieciocho años. La única ventana de la habitación estaba cubierta por varias pilas de discos, y por el enorme ordenador que tenía en el escritorio, bajo la ventana. La persiana estaba bajada casi hasta el máximo, por lo que no entraba luz natural. A Alba le agobió que la única luz de la habitación colgara del techo, una luz blanca y fría. Pero tuvo que distraerse de sus pensamientos, Ángel la reclamaba. Se besaron con ternura, ambos parecían atraerse el uno al otro con la fuerza de un imán.
-¿Sabes qué es lo mejor? –preguntó Ángel, su voz sonó cerca del oído de Alba.
-No sé… -respondió distraída, sin reparar en que se trataba de una pregunta retórica.
-Mis padres van a estar fuera hasta la noche –dijo él, entre risas. Ella le sonrió, expresando una felicidad que se le antojó extraña, pues venía acompañada de una angustia que era incapaz de descifrar. ¿Acaso no quería estar todo el tiempo posible con él?
Notó como Ángel tiraba de su camiseta hacia arriba. Intentaba quitársela. Con toda la voluntad y fuerzas que pudo reunir, Alba se quitó la prenda, y poco a poco, ambos fueron desnudándose. No sucedió de forma perfecta y sincronizada, los movimientos de la pareja eran torpes y bruscos, sus ropas quedaron desperdigadas por el suelo. Volvieron a besarse, siguiendo una especie de ritual. Alba desconocía cómo continuar, Ángel lo notó, y decidió tomar precauciones. Colocó una toalla sobre sus sábanas. Los cuerpos de ambos se encontraron.
Alba pensaba en muchas cosas. Iba a hacer algo que jamás había hecho, pero para lo que creía que llevaba mucho tiempo preparándose. Se dejó acariciar y mimar por su acompañante. Hasta que llegó a un extraño punto decisivo en el que ya no había marcha atrás: se trataba de seguir o parar. Ángel no pensaba igual, parecía muy seguro de lo que hacía. Ambos recorrían un camino hasta una meta angosta, diferente para cada uno de ellos. Alba se dio cuenta de que no quería continuar, no con él. Su relación no era tan sincera, y no terminaba de sentirse a gusto.
-Para, Ángel –susurró, separándose de él-. Mejor dejarlo para otro día.
-¿Por qué? ¿Qué diablos te pasa ahora? –Estaba enfadado cuando la miró- Siempre haces lo mismo, retrasas todo lo que tiene que ver conmigo.
Y tenía razón. Alba era consciente de que siempre solía ser así. Pero realmente no le quería, no del mismo modo que Ángel le demostraba a ella. Alba sabía que sus pasiones las despertaba otra persona.
-No estoy preparada –dijo con un suspiro-. Verás, Ángel, me gustas pero… no tanto como para… llegar a ese punto.
-Yo no pero Lucas sí, ¿verdad? –gritó él; se puso rojo de furia.
-Mira, Ángel, no quería decírtelo así, pero Lucas para mí es más que un amigo…
-Y una mierda, Alba, por ahí no paso –gruñó, furioso-. En serio, te crees que puedes utilizarme, pero no es así.
-Si vas a estar así conmigo, me voy –dijo ella, fría y serena. En ese momento se disponía a recoger su ropa cuando él la agarró por el brazo con fuerza. Le hizo daño.
-Tú no te vas a ningún lado –Ángel la observaba con furia, con la determinación de un depredador en la mirada. La tiró contra la cama.
-¿¡Qué haces!? –gritó ella, debía admitir que se estaba asustando-. Oye, va, para.
-No –él se tiró encima de ella-. No voy a parar.
Alba no podía creerlo. En algún rincón de su mente, una voz le gritó que corriera. No era momento para divagar, debía pasar a la acción.
-¡Suéltame, joder! –gritó, asustada.

Y él… le pegó. Se desató una pelea. Alba recibió un buen golpe en el pecho que la dejó sin respiración momentáneamente, lo que Ángel aprovechó para asestarle otro en la cabeza, con lo que la dejó desorientada. El dolor que sintió hizo que cayeran lágrimas por sus mejillas. Él cumplió su promesa, no paró. La inmovilizó permaneciendo encima de ella. Alba, debajo de él, lloraba y gritaba, suplicaba y se resistía. Entonces observó su reflejo en el armario de Ángel, el cual estaba abierto y del interior de la puerta izquierda colgaba un espejo. Observó horrorizada como el cuerpo de su novio estaba encima del suyo, su lengua recorría su cuello, sintió la repugnante saliva de él. Encontró sus ojos en el reflejo. Unos ojos aterrorizados, pidiendo ayuda. Cogió la mano que le quedaba libre del abrazo de su captor y le apretó los testículos. Ángel gritó de dolor. Libre de sus brazos, Alba corrió hacia la puerta, cogiendo su ropa por el camino a toda prisa. Llegó hasta el pasillo, escuchando los gritos de Ángel. Mientras  se ponía la camiseta escuchó sus pasos a la carrera. Llegó hasta el recibidor que tan amablemente le había dado la bienvenida en un principio, pero no consiguió llegar más allá. Ángel la agarró por detrás y ambos cayeron al suelo. Alba le pegó varias patadas mientras se aferraba con las manos a una silla para evitar que él la arrastrara por el pasillo. Además le asestó unos cuantos golpes que le dolieron, por lo que Ángel enloqueció el doble. El último golpe que Alba pudo realizar iba dirigido a su estómago, y dio fuertemente en el blanco. Él pareció perder el control de sus actos, y agarró un cutter que había a mano en la mesilla de la entrada; el día anterior su madre había estado haciendo bricolaje y se lo había dejado ahí. Le amenazó con un gesto que ella no vio ya que estaba demasiado ocupada resistiéndose a su abrazo. El abrazo del oso que había salido de su cueva. Se desconoce si perdió la razón cuando, con un gesto rápido de su mano derecha, Ángel clavó el cutter en la blanda superficie del muslo de Alba. El filo de la herramienta convertida en arma improvisada quedó clavado durante unos segundos, tras los cuales el agresor lo sacó con rapidez. La sangre bajaba por la pierna desnuda de la chica, cuyo rostro palideció y cuya voz se quebró por los gritos de dolor. La herida no era muy grande ni profunda, pero dolía. El líquido color carmesí pareció traer de vuelta a la realidad a Ángel. Palideció también al contemplar su obra. No tardó en correr al botiquín, curar la herida y cubrirla con un vendaje. Alba le observaba con miedo y respeto sin osar dirigirle la palabra, temiendo lo que pudiera sucederle. Él se deshizo en disculpas, la abrazó y la consoló al verla llorar. Ya vestidos, bajaron al portal del edificio. Ángel llevaba las llaves para abrir la gran puerta de salida, para lo que era necesaria su utilización tanto para entrar como para salir. Ahí estaban las desventajas de aquella antigua y enrejada puerta, pues de ese modo, Alba no habría podido escapar de aquel lugar. 

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