ALBA
Recuerdo que me gustaba su sonrisa. Ahora
ya no. Porque cuando sonríe, es porque sabe que las cosas le están saliendo
bien. Entonces, esa no es una buena señal.
Ayer estuve entre sus brazos de nuevo.
Fue dulce al principio. Me besaba, las manos, el cuello… pero no aguantó mucho.
Sus manos temblaban al tocar mi piel, y al final sus dedos ya no me
acariciaban. Yo no estaba a gusto a su lado, y él lo notaba. Creo que eso es lo
que le desquicia, lo que provoca que quiera hacerme sufrir. Porque él sufre. En
parte es culpa mía. Sufre por mí. Entonces, ¿es necesario para él vengarse de
este modo? Si se pudiera elegir a quién querer y a quién no, le habría elegido.
Eso le dije cuando le dejé.
Hace dos años de eso. Recuerdo claramente
el momento en el que se lo dije. Intenté no herirle, fui dulce y compasiva.
Ahora que lo pienso yo gané entonces, porque el que sufrió fue él. En aquel
momento esa no era mi intención. Pretendía que fuéramos amigos. Pero él no
atendía a razones.
Lloró, por primera vez en mi vida le vi
llorar. Y por última. Entonces yo le abracé, y cuando quise separarme de él me
retuvo entre sus brazos.
-Me haces daño –dije, pero sin alzar la
voz, suponiendo que era un accidente y me soltaría.
-¿Y? –respondió, frío e indiferente.
Me soltó y nos despedimos, creí que todo
estaba zanjado. Pero por un momento, ahora me doy cuenta de que vi un atisbo de
la bestia que habita dentro de él. Cuando evoco el recuerdo en el que nuestras
miradas se cruzan reconozco lo que veo ahora en sus ojos. Días después
empezamos a llevarnos mal. Discutíamos y yo le hacía daño. Entonces empezaron
las peleas. Nos pegábamos, y yo empecé a tenerle cada vez más respeto. Un día
me di cuenta de que no era ni una vez ni dos las veces que me pegaba, sino cada
vez que le veía. Pero éramos amigos. Él, después de discutir, cuando nos
disculpábamos, se portaba bien conmigo.
Empecé a salir con otro chico, ambos se
conocían. Duramos unos meses escasos, y no tardó en dejarme, pues no acababa de
gustarle (en palabras suyas). Me dolió mucho, él me gustaba de verdad. Y busqué
consuelo en Ángel, y entonces empezamos a tontear de nuevo. Yo ya sabía un poco
más de él. Sabía que era violento y que no era recomendable enfadarle. Con eso
bastaba para no cometer el error….
Un día me invitó a su casa, y yo acudí.
Al principio ambos nos deseábamos mutuamente, pero a medida que él me besaba y
me abrazaba noté que yo no le correspondía como debería. Porque no le quería. A
medida que él quería avanzar yo me iba sintiendo más incómoda. Llegó a colocar
una toalla sobre sus sábanas para no mancharlas, no quería que sus padres
notaran nada. Estábamos solos en casa, por lo que él deseaba aprovechar la
oportunidad y llegar hasta donde nunca habíamos llegado. En realidad yo jamás
había llegado hasta ese punto. Empezamos entre risas, con ternura y dulzura. A
medida que mi ropa iba cayendo en el suelo yo me convencía a mí misma de que
quería hacerlo. Pero eso no era así. Decidí que no debía, y le pedí que parara.
Se detuvo y me preguntó el por qué. Mi respuesta fue: Por él. Y entonces
entendió muchas cosas. Vio que realmente yo no le quería, le estaba utilizando.
Y eso fue como echar una cerilla en un tonel de gasolina.
Ya conoces el resto, aquel día intentó
hacerme suya, no lo logró. Pero me hirió y, desde entonces, guardo una cicatriz
en el muslo.
ÁNGEL
El poder de las palabras a veces pesa más
que los golpes en sí mismos. Un adiós puede doler más que un puñetazo. Para mí,
que ella me dijera te quiero cuando sabía que era mentira, era como una patada
en las entrañas. Cuando me decía te odio, siendo verdad, me daban ganas de
besarla sin descanso, de arrebatársela al mismísimo universo. Sus labios
murmurando esas palabras a un centímetro de mí, sus manos en los costados, sus
dedos moviéndose, intranquilos. Y yo, en esos momentos, dejándome llevar por el
placer de tenerla a mi disposición, de saber que yo era el fuerte y ella la
débil.
Pero lo que más temía era caer en el
olvido, no permanecer en su vida, en su memoria. Me di cuenta de que la
necesitaba de verdad en mi vida. La angustia que sentía al verla alejarse de mí
era como recibir la muerte cucharada a cucharada de una jarra de vinagre. Una
mañana, cansado de esperarla, y después de estar una semana sin verla, la llamé.
-Hola, amor –la saludé, apoyándome en la
cómoda de mi habitación. Sin darme cuenta, tiré una pila de trastos que tenía
amontonada. Me agaché a recogerlos y no llegué a escuchar lo que me decía Alba-
¿Me decías algo?
-Nada… Hola –respondió ella, con la voz
monótona con la que te recibe un autómata.
-¿Qué tal vas?
-He estado mejor –llegué a escuchar una
segunda voz, seguramente de alguien que se encontraba a su lado.
-Ya, bueno… ¿Por qué no te pasas a verme?
–esperé una respuesta plagada de nervios y de excusas.
-No, gracias –respondió, con aparente
tranquilidad. Colgó.
Quise tenerla delante para dejarla sin
sentido de un golpe, pero no fue posible. Lástima. Al final, decidí que si ella
no venía a mí… yo me limitaría a seguir el dicho. Me subí a un autobús y me
planté en su barrio. Le envíe un mensaje que decía, simple y llanamente, mira
por la ventana. Estaba en un punto en el que me vería si estaba en su
habitación. No tardé en ver cómo habría la cortina y nuestros ojos se
encontraban. Sus labios articularon una palabrota. Qué niña más maleducada…
No tardó más de dos escasos minutos en
salir por el portal de la finca y acudir a mi lado.
-¿Qué haces aquí? –me siseó, al momento
de echarme una fría mirada de víbora asesina. Escrutó el final de la calle, asegurándose
de que nadie nos miraba.
-Venir a ver a mi novia –respondí, y le
rocé la mano.
-No, vete –gruñó, apartando la mano.
-Y si no quiero… –me acerqué hasta que
nuestros rostros casi de rozaban- ¿qué piensas hacer?
Suspiró y se apartó un poco de mí.
-Vale, entonces dime qué diablos quieres
–articuló lentamente cada palabra, como si hablara con un loco. Me conocía el
truco de hablarme como a un niño, me ponía de los nervios.
-Te quiero a ti –respondí, volviéndome a
acercar a ella.
La besé, acabó por responder y dejarse
llevar, aunque la noté tensa. Miró la hora.
-Sí, tranquila –dije, acariciándole la
mejilla-. Me voy, no quiero meterte en problemas. Te quiero, nos vemos.
Y me despedí de ella, observando cómo me
sonreía agradecida, y dibujados en sus ojos encontré reflejos de esperanza.
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