viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 14

ALBA


Recuerdo que me gustaba su sonrisa. Ahora ya no. Porque cuando sonríe, es porque sabe que las cosas le están saliendo bien. Entonces, esa no es una buena señal.
Ayer estuve entre sus brazos de nuevo. Fue dulce al principio. Me besaba, las manos, el cuello… pero no aguantó mucho. Sus manos temblaban al tocar mi piel, y al final sus dedos ya no me acariciaban. Yo no estaba a gusto a su lado, y él lo notaba. Creo que eso es lo que le desquicia, lo que provoca que quiera hacerme sufrir. Porque él sufre. En parte es culpa mía. Sufre por mí. Entonces, ¿es necesario para él vengarse de este modo? Si se pudiera elegir a quién querer y a quién no, le habría elegido. Eso le dije cuando le dejé.
Hace dos años de eso. Recuerdo claramente el momento en el que se lo dije. Intenté no herirle, fui dulce y compasiva. Ahora que lo pienso yo gané entonces, porque el que sufrió fue él. En aquel momento esa no era mi intención. Pretendía que fuéramos amigos. Pero él no atendía a razones.
Lloró, por primera vez en mi vida le vi llorar. Y por última. Entonces yo le abracé, y cuando quise separarme de él me retuvo entre sus brazos.
-Me haces daño –dije, pero sin alzar la voz, suponiendo que era un accidente y me soltaría.
-¿Y? –respondió, frío e indiferente.
Me soltó y nos despedimos, creí que todo estaba zanjado. Pero por un momento, ahora me doy cuenta de que vi un atisbo de la bestia que habita dentro de él. Cuando evoco el recuerdo en el que nuestras miradas se cruzan reconozco lo que veo ahora en sus ojos. Días después empezamos a llevarnos mal. Discutíamos y yo le hacía daño. Entonces empezaron las peleas. Nos pegábamos, y yo empecé a tenerle cada vez más respeto. Un día me di cuenta de que no era ni una vez ni dos las veces que me pegaba, sino cada vez que le veía. Pero éramos amigos. Él, después de discutir, cuando nos disculpábamos, se portaba bien conmigo.
Empecé a salir con otro chico, ambos se conocían. Duramos unos meses escasos, y no tardó en dejarme, pues no acababa de gustarle (en palabras suyas). Me dolió mucho, él me gustaba de verdad. Y busqué consuelo en Ángel, y entonces empezamos a tontear de nuevo. Yo ya sabía un poco más de él. Sabía que era violento y que no era recomendable enfadarle. Con eso bastaba para no cometer el error….
Un día me invitó a su casa, y yo acudí. Al principio ambos nos deseábamos mutuamente, pero a medida que él me besaba y me abrazaba noté que yo no le correspondía como debería. Porque no le quería. A medida que él quería avanzar yo me iba sintiendo más incómoda. Llegó a colocar una toalla sobre sus sábanas para no mancharlas, no quería que sus padres notaran nada. Estábamos solos en casa, por lo que él deseaba aprovechar la oportunidad y llegar hasta donde nunca habíamos llegado. En realidad yo jamás había llegado hasta ese punto. Empezamos entre risas, con ternura y dulzura. A medida que mi ropa iba cayendo en el suelo yo me convencía a mí misma de que quería hacerlo. Pero eso no era así. Decidí que no debía, y le pedí que parara. Se detuvo y me preguntó el por qué. Mi respuesta fue: Por él. Y entonces entendió muchas cosas. Vio que realmente yo no le quería, le estaba utilizando. Y eso fue como echar una cerilla en un tonel de gasolina.
Ya conoces el resto, aquel día intentó hacerme suya, no lo logró. Pero me hirió y, desde entonces, guardo una cicatriz en el muslo.


ÁNGEL


El poder de las palabras a veces pesa más que los golpes en sí mismos. Un adiós puede doler más que un puñetazo. Para mí, que ella me dijera te quiero cuando sabía que era mentira, era como una patada en las entrañas. Cuando me decía te odio, siendo verdad, me daban ganas de besarla sin descanso, de arrebatársela al mismísimo universo. Sus labios murmurando esas palabras a un centímetro de mí, sus manos en los costados, sus dedos moviéndose, intranquilos. Y yo, en esos momentos, dejándome llevar por el placer de tenerla a mi disposición, de saber que yo era el fuerte y ella la débil.

Pero lo que más temía era caer en el olvido, no permanecer en su vida, en su memoria. Me di cuenta de que la necesitaba de verdad en mi vida. La angustia que sentía al verla alejarse de mí era como recibir la muerte cucharada a cucharada de una jarra de vinagre. Una mañana, cansado de esperarla, y después de estar una semana sin verla, la llamé.
-Hola, amor –la saludé, apoyándome en la cómoda de mi habitación. Sin darme cuenta, tiré una pila de trastos que tenía amontonada. Me agaché a recogerlos y no llegué a escuchar lo que me decía Alba- ¿Me decías algo?
-Nada… Hola –respondió ella, con la voz monótona con la que te recibe un autómata.
-¿Qué tal vas?
-He estado mejor –llegué a escuchar una segunda voz, seguramente de alguien que se encontraba a su lado.
-Ya, bueno… ¿Por qué no te pasas a verme? –esperé una respuesta plagada de nervios y de excusas.
-No, gracias –respondió, con aparente tranquilidad. Colgó.

Quise tenerla delante para dejarla sin sentido de un golpe, pero no fue posible. Lástima. Al final, decidí que si ella no venía a mí… yo me limitaría a seguir el dicho. Me subí a un autobús y me planté en su barrio. Le envíe un mensaje que decía, simple y llanamente, mira por la ventana. Estaba en un punto en el que me vería si estaba en su habitación. No tardé en ver cómo habría la cortina y nuestros ojos se encontraban. Sus labios articularon una palabrota. Qué niña más maleducada…
No tardó más de dos escasos minutos en salir por el portal de la finca y acudir a mi lado.
-¿Qué haces aquí? –me siseó, al momento de echarme una fría mirada de víbora asesina. Escrutó el final de la calle, asegurándose de que nadie nos miraba.
-Venir a ver a mi novia –respondí, y le rocé la mano.
-No, vete –gruñó, apartando la mano.
-Y si no quiero… –me acerqué hasta que nuestros rostros casi de rozaban- ¿qué piensas hacer?
Suspiró y se apartó un poco de mí.
-Vale, entonces dime qué diablos quieres –articuló lentamente cada palabra, como si hablara con un loco. Me conocía el truco de hablarme como a un niño, me ponía de los nervios.
-Te quiero a ti –respondí, volviéndome a acercar a ella.
La besé, acabó por responder y dejarse llevar, aunque la noté tensa. Miró la hora.
-Sí, tranquila –dije, acariciándole la mejilla-. Me voy, no quiero meterte en problemas. Te quiero, nos vemos.

Y me despedí de ella, observando cómo me sonreía agradecida, y dibujados en sus ojos encontré reflejos de esperanza. 

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