ALBA
El tiempo pasa para todos, lo queramos o
no. A veces quisiera que no viviéramos en el tiempo, sino en nuestros actos.
Que jamás pudiera anochecer, y que la luz nos acompañara y nos meciera. Ojalá
pudiéramos mirar al sol sin que sus rayos nos quemaran en los ojos. Ojalá yo
pudiera mirarle a la cara sin que algo dentro de mí se rompiera. No sólo se
trata de Ángel, también de mi madre, mi padre, mis amigos. No me veo capaz de
mirarles a la cara. Me he vendido. O al menos así me siento. Soy la cómplice de
mi propia perdición. Pero mis labios están sellados. Tengo miedo.
¿Qué hacer cuando tu propio ser te ha
traicionado? ¿Cuándo eres incapaz de escapar? Quiero y no puedo es lo peor que
se puede decir. Aún más horrible es que ocurra de verdad. Ojalá fuera
diferente, especial. Ojalá pudiera dejar de vivir con miedo. Ojalá…
Hoy no ha sido un mal día. Un gran amigo
(sí, tengo amigos), me ha dicho que realmente me valora por quién soy. Él
intuye que no todo va bien. Parece poder leer mi mente. Y yo me dejo entrever.
Quiero que me entienda, que me vea como soy. Y por fin, algo dentro de mí
parece reconstruirse. La escarcha que cubre mi corazón va desquebrajándose,
liberándome. Pero una parte de mí es incapaz de seguir viviendo. La otra tiene
ganas de disfrutar de lo que me queda. Un par de amigos de verdad, una familia.
Aunque me cueste seguir siendo yo. Prácticamente vivo desquiciada. Por el
recuerdo y por el temor al futuro. Y por el presente… de eso ya ni hablamos.
Cada vez sufro más y más, pero ya no se trata de lo que me haga él, sino
también de lo que me hago yo a mí misma. He pasado de vivir el día a día, a
tachar fechas del calendario.
Y sigo así, no he dejado ni dejaré de
hacerlo. Simplemente no le encuentro sentido a nada. Nada que esté relacionado
conmigo, pero sí que soy capaz de pensar en los demás, aquellos a los que
quiero. Si a ellos les pasara algo les defendería mucho mejor de lo que me
defiendo a mí misma. Me veo capaz de hacer por ellos lo que sea. Pero, ¿qué hay
de mí?
ÁNGEL
Mi vida, mi amor. Alba, el alba de un
nuevo día, el color blanco, la pureza. Lo era todo para mí. Una oportunidad,
sólo pedía eso, pero ella no era capaz de dármela. Sufría muchísimo más de lo
que ella creía. Pero para ella nada de eso tenía sentido. Habíamos llegado a un
amor-odio angustioso. Lloraba en secreto, tirado en la cama. La puerta siempre
cerrada, las ventanas también estaban cerradas, y las persianas bajadas. Solo
estaba la luz tenue de mi celda, de mi prisión, mi cuarto.
Me levanté de la cama y me sentí mareado.
Fui a la cocina y busqué algo de comer. Un paquete de galletas llamó mi
atención. Di el primer bocado a una galleta con pepitas de chocolate. Alba las hace mucho mejor, pensé. Alba
otra vez. Dios, estaba presente en cada una de las cosas que hacía. Cuando me
enjabonaba en la ducha, recordaba cómo acariciaba mi piel, cuando corría o
hacía ejercicio, recordaba que ella también hacía deporte. Era una tortura
tenerla siempre en la cabeza. Si veía a una pareja, inevitablemente pensaba en
cuando éramos novios. La necesitaba en mi vida. Estaba cansado de seguir siendo
una sombra a la deriva, pensaba volver a ser el que era antaño. Me puse mi
cazadora, y me disponía a salir cuando escuché pasos a mi espalda.
-Ángel, ¿adónde vas? –me preguntó mi
madre.
-¿Y a ti qué te importa? –gruñí. Ella se
acercó a mí.
-Cariño… -susurró, temerosa.
-No te aguanto, enserio, me largo –salí
por la puerta, pero ella me siguió hasta el rellano.
-Ángel, por favor, no te vayas –gimió.
Pobre mujer. Le puse una mano en el hombro, me observó con miedo.
-Venga, ya hablaremos, ¿eh? –le pegué un
cachete en la mejilla.
Di un portazo y bajé las escaleras. Mi
madre era demasiado maleable para mi gusto. Ella se olía algo. Maldita sea, no
sé qué tendrán las madres, siempre son capaces de leerte el pensamiento. Mi
padre era una segunda madre para mí. Básicamente porque era un marica,
homosexual, según él. Un pajarito con plumas, lo que yo te diga. Joder, ya que
me habían adoptado podrían haber aparentado ser una familia normal. A los cinco
años me adoptaron, y se divorciaron cuando yo tenía diez años. Después, mi
padre cambió faldas por pantalones y mi madre sustituyó el marido por el
cuidado de su casa. Mi padre intentaba explicarme que había salido del armario,
yo le respondía que o se metía él o le encerraba yo. A veces me decía a mí mismo
que en Rumania habría vivido mejor.
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