ALBA
Unos minutos son los que separan mi casa
de la comisaría más cercana. Y, sin embargo, dirigirme hacia allí esta tarde me
ha costado muchísimo. Me he quedado en la acera de enfrente, mirando como la
puerta se abría y se cerraba. Al final he vuelto a mi casa después de casi una
hora. Era incapaz de acercarme más, y aún menos de cruzar el umbral de la
puerta. Pensaba en muchas cosas. Escuchaba a Lucas en mi cabeza dándome ánimos,
veía a Carmen llorando por haber perdido a su hijo, recordaba mi imagen en el
espejo de la habitación de Ángel.
Así es como he descubierto que soy
incapaz de hacerlo. No quiero seguir aguantando, pero tampoco sé si deseo ver
cómo mi mundo se desmorona. Ángel ha sido parte de mi vida, he pasado tanto
tiempo a su lado… Cuesta creer todo lo que me ha hecho. Pero las pesadillas no
duelen y tampoco dejan cicatrices, sé que todo ha sido real. Debo ser fuerte y
acabar la lucha que comenzó hace tanto tiempo. Lo resolveré a mi manera, sola,
como al principio.
Pero tampoco veo justo denunciarle sin
más. Cada vez que pienso en ello veo a su madre destrozada en mi cabeza. Carmen
ha estado apoyándome, a pesar de que fuera en contra de su hijo. Merece ser
ella la que tome esta decisión conmigo. Así pues la he llamado a su casa, pero
como no respondía le he dejado un mensaje en el contestador diciendo que mañana
iré a verla. Creo que hago bien, pues es justo que ella sea la primera en saberlo.
Mis padres ni siquiera saben nada de todo esto, pero estoy segura de que ella,
al ser amiga de mi madre, sabrá ayudarme a explicárselo. Si decide ayudarme,
por supuesto, sino… estaré sola de nuevo. Espero que no sea así, quiero creer
que ella estará dispuesta a hacer justicia. Aunque es complicado, al ser su
propio hijo puede que el instinto maternal juegue en mi contra.
ÁNGEL
Al día siguiente, por la mañana, ya me
encontraba de nuevo en casa de mi madre. La llamé, explicándole que me había
equivocado marchándome, y ella me pidió que volviera antes de que me diera
tiempo a decirle que iba a hacerlo. Mi padre se despidió de mí con cariño y
tristeza, pero le aseguré que le visitaría pronto. Cogí mis cosas y me fui.
Echaba de menos mi moto, y sobre todo mi habitación. Entré en casa. Mi madre
tenía cita en la peluquería, por lo que me saludó y se fue. Me quedé solo entre
las paredes que componían mi verdadero hogar. Respiré hondo mientras me dirigía
a mi habitación y, una vez en el umbral de la puerta, sonó el teléfono. Lo ignoré y me eché en mi
cama, me encontraba en la gloria. Me cansé de estar tumbado y me levanté,
disfrutando de estar en mi hábitat natural. Después salí de mi añorado cubículo
y fui al salón. Se me ocurrió que podía llamar a un amigo, así que cogí el
teléfono. Y entonces, cuando me disponía a marcar el número, vi que había un
mensaje en el contestador. Estuve a punto de pasar de él, pero me dio por
pensar que podía ser de mi padre, quizá para ver si había llegado bien, pues
tenía el móvil apagado y no habría podido contactar conmigo por ahí.
Le di a la tecla correspondiente para
escuchar el mensaje. Cuál fue mi sorpresa al reconocer la voz de Alba.
-Hola, Carmen –escuché, una pausa-.
Verás, he pensado en ir a verte mañana. Llámame si prefieres que no lo haga… no
quiero molestar –pausa, respiración-. He decidido algo, pero considero que
antes debería hablarlo contigo. Bueno, adiós.
Colgué el teléfono, sin saber qué pensar.
Me devané los sesos, pensando qué tenía que hablar esa zorra con mi madre.
Entonces la verdad me golpeó como una maza. Quería hablar de mí, y seguro que
no sería para nada nuevo. Además, tratándose de esas dos quién sabe lo que
podría ocurrir. Lo mejor era que no se encontraran, a saber qué cosas podían
suceder. Decidí que al día siguiente Alba se encontraría conmigo, ya pensaría
la manera de que mi madre no estuviera para recibirla. Borré el mensaje del
contestador y esperé su llegada.
-Ya estoy aquí –anunció al entrar. Venía
con el periódico y el pan en una bolsa-. Madre mía, la tienda estaba a rebosar
–comentó, dejando la compra en la cocina y quitándose el abrigo.
-Mamá –la llamé, con el teléfono aún en
la mano.
-¿Qué pasa? –preguntó.
-Me acabo de acordar… -murmuré, con aire
pensativo- Mientras venía con el autobús, he visto que han montado la feria del
libro, esa que tanto te gusta…
-¿Ah, sí? –inquirió, ilusionada- Menos
mal que me lo has dicho, creía que no la iban a poner este año.
-Pues sí que estaba –dije-, podrías ir
allí mañana, yo quedaré con Nico.
-No sé, acabas de volver, podríamos hacer
algo juntos -dijo, mirándome con cariño.
¡Qué falsa me parecía siendo maternal! En realidad se había aliado con Alba en
mi contra. Tuve que retener las ganas de gritarle.
-Ya, pero la retirarán dentro de poco, y
yo no voy a estar –le recordé-. Ve con una amiga.
-Bueno, a Melisa le hacía ilusión
–contuve el aliento mientras sonreía-. Podría ir con ella.
-Pues claro –dije-, vete y pásalo bien.
-Gracias, hijo –respondió, y me dio un
sonoro beso en la mejilla. Me contuve para no escupirle, asqueado por su
actitud. Pero había logrado mi objetivo: al día siguiente Alba y yo volveríamos
a vernos las caras, y esta vez no se iba a escapar. En un descuido de mi madre
cogí su móvil. Escribí un mensaje de texto para la susodicha, imitando la forma
de escribir de mi progenitora, sin ninguna falta de ortografía.
Sí, ven cuando quieras. Te espero mañana
por la tarde a partir de las seis.
Lo envié y lo borré de la bandeja de
enviados. El plan estaba en marcha.
Sonreí mientras me dirigía a mi habitación. Pensé en adecentarla, no en vano no
tardaría en tener a una invitada.
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