viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 29

ALBA


Unos minutos son los que separan mi casa de la comisaría más cercana. Y, sin embargo, dirigirme hacia allí esta tarde me ha costado muchísimo. Me he quedado en la acera de enfrente, mirando como la puerta se abría y se cerraba. Al final he vuelto a mi casa después de casi una hora. Era incapaz de acercarme más, y aún menos de cruzar el umbral de la puerta. Pensaba en muchas cosas. Escuchaba a Lucas en mi cabeza dándome ánimos, veía a Carmen llorando por haber perdido a su hijo, recordaba mi imagen en el espejo de la habitación de Ángel.
Así es como he descubierto que soy incapaz de hacerlo. No quiero seguir aguantando, pero tampoco sé si deseo ver cómo mi mundo se desmorona. Ángel ha sido parte de mi vida, he pasado tanto tiempo a su lado… Cuesta creer todo lo que me ha hecho. Pero las pesadillas no duelen y tampoco dejan cicatrices, sé que todo ha sido real. Debo ser fuerte y acabar la lucha que comenzó hace tanto tiempo. Lo resolveré a mi manera, sola, como al principio.
Pero tampoco veo justo denunciarle sin más. Cada vez que pienso en ello veo a su madre destrozada en mi cabeza. Carmen ha estado apoyándome, a pesar de que fuera en contra de su hijo. Merece ser ella la que tome esta decisión conmigo. Así pues la he llamado a su casa, pero como no respondía le he dejado un mensaje en el contestador diciendo que mañana iré a verla. Creo que hago bien, pues es justo que ella sea la primera en saberlo. Mis padres ni siquiera saben nada de todo esto, pero estoy segura de que ella, al ser amiga de mi madre, sabrá ayudarme a explicárselo. Si decide ayudarme, por supuesto, sino… estaré sola de nuevo. Espero que no sea así, quiero creer que ella estará dispuesta a hacer justicia. Aunque es complicado, al ser su propio hijo puede que el instinto maternal juegue en mi contra.

ÁNGEL


Al día siguiente, por la mañana, ya me encontraba de nuevo en casa de mi madre. La llamé, explicándole que me había equivocado marchándome, y ella me pidió que volviera antes de que me diera tiempo a decirle que iba a hacerlo. Mi padre se despidió de mí con cariño y tristeza, pero le aseguré que le visitaría pronto. Cogí mis cosas y me fui. Echaba de menos mi moto, y sobre todo mi habitación. Entré en casa. Mi madre tenía cita en la peluquería, por lo que me saludó y se fue. Me quedé solo entre las paredes que componían mi verdadero hogar. Respiré hondo mientras me dirigía a mi habitación y, una vez en el umbral de la puerta,  sonó el teléfono. Lo ignoré y me eché en mi cama, me encontraba en la gloria. Me cansé de estar tumbado y me levanté, disfrutando de estar en mi hábitat natural. Después salí de mi añorado cubículo y fui al salón. Se me ocurrió que podía llamar a un amigo, así que cogí el teléfono. Y entonces, cuando me disponía a marcar el número, vi que había un mensaje en el contestador. Estuve a punto de pasar de él, pero me dio por pensar que podía ser de mi padre, quizá para ver si había llegado bien, pues tenía el móvil apagado y no habría podido contactar conmigo por ahí.
Le di a la tecla correspondiente para escuchar el mensaje. Cuál fue mi sorpresa al reconocer la voz de Alba.

-Hola, Carmen –escuché, una pausa-. Verás, he pensado en ir a verte mañana. Llámame si prefieres que no lo haga… no quiero molestar –pausa, respiración-. He decidido algo, pero considero que antes debería hablarlo contigo. Bueno, adiós.

Colgué el teléfono, sin saber qué pensar. Me devané los sesos, pensando qué tenía que hablar esa zorra con mi madre. Entonces la verdad me golpeó como una maza. Quería hablar de mí, y seguro que no sería para nada nuevo. Además, tratándose de esas dos quién sabe lo que podría ocurrir. Lo mejor era que no se encontraran, a saber qué cosas podían suceder. Decidí que al día siguiente Alba se encontraría conmigo, ya pensaría la manera de que mi madre no estuviera para recibirla. Borré el mensaje del contestador y esperé su llegada.

-Ya estoy aquí –anunció al entrar. Venía con el periódico y el pan en una bolsa-. Madre mía, la tienda estaba a rebosar –comentó, dejando la compra en la cocina y quitándose el abrigo.
-Mamá –la llamé, con el teléfono aún en la mano.
-¿Qué pasa? –preguntó.
-Me acabo de acordar… -murmuré, con aire pensativo- Mientras venía con el autobús, he visto que han montado la feria del libro, esa que tanto te gusta…
-¿Ah, sí? –inquirió, ilusionada- Menos mal que me lo has dicho, creía que no la iban a poner este año.
-Pues sí que estaba –dije-, podrías ir allí mañana, yo quedaré con Nico.
-No sé, acabas de volver, podríamos hacer algo juntos  -dijo, mirándome con cariño. ¡Qué falsa me parecía siendo maternal! En realidad se había aliado con Alba en mi contra. Tuve que retener las ganas de gritarle.
-Ya, pero la retirarán dentro de poco, y yo no voy a estar –le recordé-. Ve con una amiga.
-Bueno, a Melisa le hacía ilusión –contuve el aliento mientras sonreía-. Podría ir con ella.
-Pues claro –dije-, vete y pásalo bien.
-Gracias, hijo –respondió, y me dio un sonoro beso en la mejilla. Me contuve para no escupirle, asqueado por su actitud. Pero había logrado mi objetivo: al día siguiente Alba y yo volveríamos a vernos las caras, y esta vez no se iba a escapar. En un descuido de mi madre cogí su móvil. Escribí un mensaje de texto para la susodicha, imitando la forma de escribir de mi progenitora, sin ninguna falta de ortografía.
Sí, ven cuando quieras. Te espero mañana por la tarde a partir de las seis.

Lo envié y lo borré de la bandeja de enviados.  El plan estaba en marcha. Sonreí mientras me dirigía a mi habitación. Pensé en adecentarla, no en vano no tardaría en tener a una invitada. 

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