viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 28

ALBA


Me planteo acabar con todo. Ya no se trata de mí, también de Lucas, Ángel también le ha hecho daño. Puede que me falte amor propio, pero lo que siento por Lucas es tan fuerte que me hace capaz de todo.  No voy a dejar que sufra, voy a actuar. Si es necesario iré a comisaría y plantaré cara. Lucharé por ser feliz de nuevo, no me importa lo que cueste. He cogido mi móvil y me he atrevido a marcar un número.

-¿Alba? –suena la voz de Ángel, extrañado de recibir una llamada mía.
-No vuelvas a acercarte a mí –le dije. Las lágrimas empaparon mis mejillas.
-Lo siento, mi vida… -susurró él, también parecía sollozar.
-No me jodas –gruñí-. Eres un puto cerdo de mierda –le grité, y me vi con fuerzas para seguir diciéndole cosas-. Te odio, me arrepiento de haberte conocido.
-Alba, por favor… -siguió susurrándome, pero no me compadecí de su debilidad, él jamás había tenido ese gesto conmigo.
-Prepárate porque voy a cargar contra ti con todo –le advertí-. Te voy a encerrar por ser tan hijo de puta.
-No puedes hacer eso, Alba –noto que su voz cambia, adopta un tono amenazador.
-Sí que puedo, y voy a hacerlo –le digo, con toda la fuerza y la voluntad que implican esas palabras.
-Entonces prepárate –me amenazó-, porque te vas a arrepentir de haber nacido.
Y cuelga el teléfono. Respiro (recuerdo como se hace) e intento relajarme. No sólo lloro de miedo e impotencia, sino también de rabia. Al menos, ahora soy capaz de sentir ira hacia mi enemigo, y no únicamente miedo.

Y ahora es cuando tengo que cumplir lo que le he dicho a Ángel, e ir a denunciar.



ÁNGEL


No podía recuperarla. La había perdido para siempre, pero no me resignaba a dejar que se me fuera de las manos. Tampoco pensaba permitir que fuera a cantarles a los maderos. Necesitaba dejarle claro quién era yo y las consecuencias de sus actos. Pero no había forma de hacerlo. Me dejé consumir entre mi propia mierda.
Sentía como si cayera en picado con todo el peso de la gravedad, era como dejarme arrastrar por una piedra muy pesada hasta el fondo del océano. Cada vez estaba peor, más nervioso, pero sobre todo sentía crecer la desesperación en mi interior. Estaba decidido a hacer cualquier cosa con tal de salir de mi abismo particular. Al menos tenía a mi padre, que se esforzaba en levantar mi ánimo. No me hacía preguntas, intentaba mantenerme entretenido, invitándome a hacer cosas en vez de estar tirado en la cama. Se preocupaba porque comiera para tener energías, y cuando no podía dormir, ponía una película en el salón, y la veíamos juntos. Por las mañanas me levantaba para ir a correr juntos, después me duchaba y él se iba a trabajar. Los fines de semana los destinábamos a hacer excursiones por el campo. Todo iba estupendamente, empecé a sentirme mejor. Cada día admiraba más a mi padre, pues me había ayudado aún cuando nadie se había preocupado por hacerlo. Pero como todo en mi vida, el bienestar acabó terminándose.
Una tarde estaba tirado en el sofá, cuando mi padre volvió del trabajo. No venía solo. Un hombre corpulento, ataviado con un traje y con un maletín se detuvo en el umbral de la puerta. Mi padre sonreía.
-Ángel, este es Samuel –me lo presentó-, un amigo de la oficina.
-Hola, Ángel –ambos se adentraron más en el salón, yo ya me había levantado del sofá. La química que había entre ellos era inconfundible. Mi padre se había traído a su reinona a casa. Quise pegarles de hostias a los dos, no podía ser. Había olvidado lo que era ver una asquerosidad semejante. Podía aceptar que mi padre no fuera del todo decente, pero de ahí a ver a su amiguito… eso ya era demasiado.
-Por favor –dije, intentando recobrar la calma que había escapado momentáneamente de mis manos-, dime que eres un tío normal, casado y con hijos.
Samuel me dirigió una mirada dolida, mi padre apartó la suya de mí. Pegué una patada al sofá en el acto.
-Ángel –mi padre me llamó, se acercó y me cogió por los hombros-, sé que esto es difícil para ti, pero por favor, dale una oportunidad.
Respiré hondo, no podía hacer eso. Comenzaba a recordar los motivos por los que había permanecido alejado de mi progenitor.
-Lo siento –susurré, suspirando-, pero no puedo.
Fue como arrebatarle el corazón. Mi padre intentó permanecer sereno, pero le noté hundido por el golpe que acababa de propinarle. Me dio un golpecito en el hombro y le pidió a Samuel que le acompañara a la puerta. Ambos se despidieron fríamente en mi presencia y su invitado se marchó.
-No te preocupes, hijo –susurró mi padre-. Te daré tiempo…
-No –le corté-, vive tu vida como deseas, yo mañana me voy a casa de mamá.
-Sabes que no es necesario –afirmó-, esta es tu casa. No te preocupes, irás conociendo a Samuel poco a poco.
-Papá… -le di un abrazo, él tardó en reaccionar, pero al final me abrazó también- Esto no es una despedida –añadí al separarnos-, necesitamos espacio. Dame tiempo para asimilar esto.

-Lo tendrás, hijo –me aseguró. 

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