viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 12

ALBA


Suplicaré clemencia. En el momento en el que no pare, imploraré, apelaré a la piedad, a sus… sentimientos. Aunque puede que esa no sea una buena idea. Esos sentimientos se reducen a dos: odio e ira. Quiere destruirme. Antes no sé si me quería, pero está claro que ya no es así. ¿Se puede hacer tanto daño a alguien a quien quieres?
Le dije que no hacía falta continuar. Que podía detenerse. Yo me callaría, no haría nada contra él. Pero está claro que no quiere escucharme. Sólo quiere verme retorcerme de dolor. Y lo peor es que cumplo muy bien sus deseos. Desde siempre ha sido exigente, cuando salíamos recuerdo que todo tenía que ser como él dijera, si no cumplía con sus expectativas ya no me trataba igual. Para entonces yo no lo conocía realmente, jamás era violento, pero sí que me gritaba. Y pensar que creía que simplemente era de carácter fuerte. Cuántos errores. Cada día cometía uno nuevo. El hecho de haberle permitido entrar en mi vida ha sido el peor de todos. ¿Por qué lo hice?
Era tan guapo, fuerte, atractivo. La envidia de muchas. ¿Y yo? Una idiota lo suficiente baja de autoestima como para aceptarle. Dejarme besar por él en público, los cuchicheos lo merecían. Éramos dos actores magníficos. La parejita. ¿Cómo pude ser así?
Fui la estúpida superficial que decidí venderme. ¿Por qué fue? ¿Popularidad? ¿Seguridad? No lo sé con exactitud, pero la cuestión más importante es que estaba ciega. No quería verle como era. Sólo veía al chico que quería tener. Pero en ningún momento me pregunté quién era realmente.
 ¿Acaso no quise prestar atención a las palizas que les dabas a tus amigos, Ángel? Me dejé engañar por ti. Pero ninguna mentira puede ocultarse eternamente. Ni siquiera ahora creo poder ocultarte yo. Mi silencio no está en venta. Pero tampoco he enterrado todo lo que me has hecho, por lástima. Ojalá fuera capaz de hacerlo. Todo sería más sencillo, ¿no crees? No sé qué es lo que quieres hacer conmigo.


ÁNGEL


La noche del 23 de abril llegué a mi casa cansado. A la casa de mi madre, esa mujer loca y perdida.
-Ángel… -me llamó al verme, con lágrimas en sus ojos.
La observé atentamente, parecía una niña inocente, un gatito asustado. Se me revolvió el estómago de pura ira. No soportaba verla de ese modo, siempre tan sensible y penosa. Avancé hasta llegar a su lado. Sus manos me cogieron por los hombros.
-No me toques, joder –gruñí, apartándome de sopetón.
-Ángel… -susurró, pero yo ya no estaba allí para escucharla, flotaba en otro mundo. No estaba sola. En el sofá estaba Alba, mirándome. Las putas tienden a juntarse, definitivamente.
-Hola –me saludó ella con la voz temblorosa.
-¿Qué haces aquí? –inquirí, mirándola fijamente.
-Ha venido a hablar conmigo, Ángel –intervino mi madre.
-¿De qué? –gruñí de nuevo- No tenéis nada que hablar.
Alba se levantó, y mirándome con furia avanzó hacia mi madre, a la que reconfortó rozándole el hombro. Mi madre respondió al gesto dándole la mano. Patético, habían decidido aliarse contra mí.
-Sé lo que está pasando, Ángel –dijo mi madre, serena por primera vez en mucho tiempo.
-Yo también lo sé, estamos en el salón, los tres juntitos…
-No bromees, hijo. Hablo de lo que le estás haciendo a Alba. Me lo ha contado todo –se encaró conmigo, desvié la mirada hacia su compinche, descubrí el temor en sus ojos-. La apoyaré si decide denunciarte…
-¿Y tú eres una madre? –reí- ¿Me pondrás las esposas?
Y ella me observó de un modo que me impactó. Realmente parecía enfurecida… pero conmigo no tenía nada que hacer. Yo era el que tenía ganada aquella batalla, desde antes de su comienzo. Como una gatita asustada, Alba me observaba temblorosa, prácticamente detrás de mi madre.
-Haré lo que sea necesario, Ángel –respondió mi madre, tras unos minutos de mutismo absoluto-. Precisamente porque soy tu madre, una madre debe afrontar sus errores.
Mierda, yo sabía de qué errores me hablaba. Errores que habían sucedido entre nosotros.
Comprendí que ella no quería seguir aceptándome tal y cómo era.
Pero para mí mi madre era el pasado, Alba era el futuro. Me situé a su lado y le cogí de la mano, la rocé suavemente con la yema de los dedos.

-Vamos, es hora de que te vayas –le dije con toda la dulzura posible, intentando convencerla. No quería más problemas. Gracias a Dios, funcionó. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario