ALBA
Suplicaré clemencia. En el momento en el
que no pare, imploraré, apelaré a la piedad, a sus… sentimientos. Aunque puede
que esa no sea una buena idea. Esos sentimientos se reducen a dos: odio e ira.
Quiere destruirme. Antes no sé si me quería, pero está claro que ya no es así.
¿Se puede hacer tanto daño a alguien a quien quieres?
Le dije que no hacía falta continuar. Que
podía detenerse. Yo me callaría, no haría nada contra él. Pero está claro que
no quiere escucharme. Sólo quiere verme retorcerme de dolor. Y lo peor es que
cumplo muy bien sus deseos. Desde siempre ha sido exigente, cuando salíamos
recuerdo que todo tenía que ser como él dijera, si no cumplía con sus
expectativas ya no me trataba igual. Para entonces yo no lo conocía realmente,
jamás era violento, pero sí que me gritaba. Y pensar que creía que simplemente
era de carácter fuerte. Cuántos errores. Cada día cometía uno nuevo. El hecho
de haberle permitido entrar en mi vida ha sido el peor de todos. ¿Por qué lo
hice?
Era tan guapo, fuerte, atractivo. La
envidia de muchas. ¿Y yo? Una idiota lo suficiente baja de autoestima como para
aceptarle. Dejarme besar por él en público, los cuchicheos lo merecían. Éramos
dos actores magníficos. La parejita. ¿Cómo pude ser así?
Fui la estúpida superficial que decidí
venderme. ¿Por qué fue? ¿Popularidad? ¿Seguridad? No lo sé con exactitud, pero
la cuestión más importante es que estaba ciega. No quería verle como era. Sólo
veía al chico que quería tener. Pero en ningún momento me pregunté quién era
realmente.
¿Acaso no quise prestar atención a las palizas
que les dabas a tus amigos, Ángel? Me dejé engañar por ti. Pero ninguna mentira
puede ocultarse eternamente. Ni siquiera ahora creo poder ocultarte yo. Mi
silencio no está en venta. Pero tampoco he enterrado todo lo que me has hecho,
por lástima. Ojalá fuera capaz de hacerlo. Todo sería más sencillo, ¿no crees?
No sé qué es lo que quieres hacer conmigo.
ÁNGEL
La noche del 23 de abril llegué a mi casa
cansado. A la casa de mi madre, esa mujer loca y perdida.
-Ángel… -me llamó al verme, con lágrimas
en sus ojos.
La observé atentamente, parecía una niña
inocente, un gatito asustado. Se me revolvió el estómago de pura ira. No
soportaba verla de ese modo, siempre tan sensible y penosa. Avancé hasta llegar
a su lado. Sus manos me cogieron por los hombros.
-No me toques, joder –gruñí, apartándome
de sopetón.
-Ángel… -susurró, pero yo ya no estaba
allí para escucharla, flotaba en otro mundo. No estaba sola. En el sofá estaba
Alba, mirándome. Las putas tienden a juntarse, definitivamente.
-Hola –me saludó ella con la voz
temblorosa.
-¿Qué haces aquí? –inquirí, mirándola
fijamente.
-Ha venido a hablar conmigo, Ángel
–intervino mi madre.
-¿De qué? –gruñí de nuevo- No tenéis nada
que hablar.
Alba se levantó, y mirándome con furia
avanzó hacia mi madre, a la que reconfortó rozándole el hombro. Mi madre
respondió al gesto dándole la mano. Patético, habían decidido aliarse contra
mí.
-Sé lo que está pasando, Ángel –dijo mi
madre, serena por primera vez en mucho tiempo.
-Yo también lo sé, estamos en el salón,
los tres juntitos…
-No bromees, hijo. Hablo de lo que le
estás haciendo a Alba. Me lo ha contado todo –se encaró conmigo, desvié la
mirada hacia su compinche, descubrí el temor en sus ojos-. La apoyaré si decide
denunciarte…
-¿Y tú eres una madre? –reí- ¿Me pondrás
las esposas?
Y ella me observó de un modo que me
impactó. Realmente parecía enfurecida… pero conmigo no tenía nada que hacer. Yo
era el que tenía ganada aquella batalla, desde antes de su comienzo. Como una
gatita asustada, Alba me observaba temblorosa, prácticamente detrás de mi
madre.
-Haré lo que sea necesario, Ángel
–respondió mi madre, tras unos minutos de mutismo absoluto-. Precisamente
porque soy tu madre, una madre debe afrontar sus errores.
Mierda, yo sabía de qué errores me
hablaba. Errores que habían sucedido entre nosotros.
Comprendí que ella no quería seguir
aceptándome tal y cómo era.
Pero para mí mi madre era el pasado, Alba
era el futuro. Me situé a su lado y le cogí de la mano, la rocé suavemente con
la yema de los dedos.
-Vamos, es hora de que te vayas –le dije
con toda la dulzura posible, intentando convencerla. No quería más problemas.
Gracias a Dios, funcionó.
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