He recibido una llamada esta tarde. Era
la madre de Ángel, sabe lo que está pasando. Más bien lo intuye. Me invitó a ir
a su casa, quería hablar conmigo del tema… me negué. Pero entonces me dijo que
valía la pena seguir luchando, que ella comprendía lo que estaba viviendo. Y al
preguntarle al respecto ella respondió: ambas hemos luchado contra el mismo
hombre. No tardé en llegar allí, estuvimos hablando durante bastante rato. Le
conté todo, le enseñé mis cicatrices. Ella me abrazó cuando lloré, me
reconfortó hasta que apareció Ángel en la puerta. Carmen se levantó al escuchar
el ruido de la cerradura, se colocó cerca de él. Observé que lloraba y andaba a
duras penas, le temblaban las piernas. Ángel tardó en reparar en mi presencia y
sumar dos más dos. Tuvieron un extraño cruce de miradas, palabras extrañas que
no terminaba de entender. Pero si algo quedó claro es que Carmen se sentía
culpable.
Una madre que se sentía fracasada me
había llamado, quizá para enmendar parte de los errores de su hijo. No sé por
qué, pero creo que hay una historia detrás de todo esto. Ojalá descubrir la
verdad, quizá me pueda ser útil. Algo está ocultando Carmen, para tapar a su
hijo… o porque se arrepiente de ello. Es posible que se trate de una situación
más difícil, diferente. Pero real, como todo en esta vida. Y estoy segura de
que no tardaré en encontrarme con esa realidad. Al ver cómo actuaban comprendí
que la guerra que yo mantengo no es nada comparada con la que mantiene Carmen
con su propio hijo, eso sí que es una lucha. Se trata de intentar levantar la
vida de alguien que parece haber ideado un nuevo modelo de vida que seguir, un
modelo que es accesible para muchos y aconsejable para pocos. Ángel era la viva
imagen del maltrato que había recibido a manos de sus padres biológicos, pero
también era la ira y el odio acumulados en un corazón asustado. Al mirarle a
los ojos sentía miedo, pero no tenía nada que ver con el miedo que había
llegado a sentir él. Observé que Carmen tenía miedo de su hijo, y eso me marcó.
Había intentado todo con él, pero no había conseguido nada. Pero aún así se
había quedado a su lado, viendo como se hundía más y más. ¿Acaso yo estaba
haciendo lo mismo que ella?
ÁNGEL
Un día tras otro no podía dejar de pensar
en ella. Llegué a creer que me consumiría de echarla de menos o que me volvería
loco. Pero ya estaba demasiado ido y extraño como para que aquello pudiera
empeorar. Me sentía rabioso, pero también dolido, ya que ella se había dejado
embaucar por otro mundo ajeno al mío. Al fin sentí algo dentro de mí prenderse,
como la mecha que acabaría consumiendo lo que me quedaba de cordura. He de
decir que quedó arrasada por las llamas de mi furia al enterarme de que la
señorita se había vuelto a ver con Lucas. Una nueva traición por su parte, para
variar. Me cansé de esperarla. Pero lo tenía todo muy claro, sólo necesitaba la
mirada más letal, el golpe más certero y volvería a tenerla en mi terreno. Me
gustaba que me tuvieran miedo, ahora ya no.
Recuerdo el placer que me producía verla
reducida a la nada, desmadejada cual muñeca de trapo, como una flor que conoció
días mejores. Alba era la bombilla que se había fundido y cuya luz se había
esfumado sin dejar rastro. Pero le debía mucho. Antes de conocerla a ella sólo
conocía la ira y la furia. Siempre enfadado con un mundo que no me hacía justicia,
siguiendo el impulso de golpear sin más. Hasta que ella me enseñó a
controlarme, me calmó y me trató como a una persona más en el mundo. Ya no era
el bicho raro del que todo el mundo se reía, ni el idiota de turno que no sabía
mucho de sí mismo. Me enseñó a reírme de mí mismo y no del resto, pero también
a respetar a los demás. Por aquel entonces yo había olvidado todo eso.
Si de algo estoy seguro es de que no era
consciente de lo que significaba lo que le estaba haciendo. Pero hubo un día en
el que me sentí confuso. Estaba en mi casa, con ella. La besé y tiré de su
camiseta hacia arriba con la intención de quitársela. Alba se despojó de la
prenda al instante, dejando entrever varias vendas en su barriga; ocultaban el
fruto de nuestra última discusión. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo al
verlo. Recordaba haberla raspado con un cuchillo, pero no había pensado en las
consecuencias. Hubo algo de sangre y de allí surgió una herida que Alba tuvo
que ocultar durante meses hasta su completa cicatrización. No había querido
entender que de ahí podía surgir una cicatriz, que la había marcado para
siempre. Al verlo tan repentinamente la culpabilidad inundó mis pensamientos.
Joder, Alba, lo siento.
La miré con los ojos enrojecidos, pero
las lágrimas no traspasaron ese umbral. En cambio, su rostro inexpresivo era
cortante como el arma con la que yo le había agredido. Sin decir ni una sola
palabra se acercó a mis pantalones y los desabrochó, Buscó mi aprobación con la
mirada, negué con la cabeza.
-¿Te duele? –le pregunté con dulzura,
refiriéndome a los cortes del abdomen.
-No hace falta que finjas que te importa
–respondió ella, en un tono que intentó ser desafiante, pero se notaba el temor
que intentaba ocultar detrás de su máscara de serenidad.
-Por favor, Alba –le susurré con todo el
tacto posible-. Déjame preocuparme por ti.
Levantó la cabeza, con aire indignado.
-¿Preocuparte, Ángel? ¡Esto es tuyo! ¿¡De qué hablas!? –Había estado en
una cuenta atrás continúa hasta que, como cualquier otra bomba, había explotado.
-Lo siento, Alba –dije, y la miré a los
ojos, con el corazón abierto de par en par, con la sinceridad hospedada en mis
ojos.
Me observó, evaluándome con la mirada.
Quería creer que decía la verdad, que no habría más heridas, ni golpes. Cuánto
lo siento ahora, mi amor, cuánto…
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