viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 26

ALBA


Esta tarde ha ocurrido algo. No esperaba la traición de mi mejor amiga. Yolanda me ha llamado para pasar el día con ella, en su casa. He acudido a comer y hemos horneado unas pizzas precocinadas. Después, por la tarde, ha acudido una visita. Ella ha ido abrir… y me he encontrado a Ángel en el salón, mirándome. El corazón casi se me detiene al verle. No entendía nada de todo aquello, hasta que Yolanda me ha dicho que deberíamos hacer las paces.

-Os dejo solos –dijo, guiñándole un ojo a Ángel y saliendo por la puerta. Le grité que no lo hiciera, con nerviosismo, pero ella me ignoró. Nos quedamos solos.
El miedo hizo gala de presencia en mi estómago, como siempre me ocurría, y palidecí.
-Hola, Alba –me saludó mi ex-novio-. Me alegro de verte –añadió con sorna, avanzando hacia mí.
-No te acerques –le advertí, retrocediendo. Quería salir de allí, pero él cubría la única salida.
-Tengo que decirte una cosa, y me vas a escuchar –dijo, hasta estar frente a frente conmigo.
-No quiero –gemí, retrocediendo de nuevo, pero llegué hasta la pared, situación que él aprovechó para acorralarme. Tragué saliva, con sus brazos a ambos lados de mi cuerpo.
-Vas a dejar a Lucas –dijo tranquilamente, aunque yo advertí la furia que intentaba controlar en sus puños, cerrados con fuerza.
-Ni hablar –gruñí. Él me miró, incrédulo.
-Veo que te has olvidado del protocolo –observó, haciéndose el sorprendido-. Mira, por ser tú te lo voy a explicar.
Y me estampó contra la pared, golpeando mi cabeza. No grité, me ahorré expresar mi dolor y no me permití un solo instante de autocompasión. Alcé la pierna por debajo de él, cuyas piernas estaban abiertas, y le golpeé con fuerza entre ellas. Ángel se dobló a causa del dolor, y yo aproveché para marcharme. Sin embargo él era más duro que las piedras, se repuso rápidamente y me tiró al suelo, agarrándome por detrás y lanzándome sin más. Caí de espaldas, y el dolor que sentí me impidió moverme durante unos instantes. Ángel se inclinó sobre mí.
-Ahora me vas a escuchar –gruñó él, ya era la bestia de siempre-. Te mataré a la próxima que hagas eso –me advirtió, refiriéndose a mi ataque.
Le escupí, pero él ni se inmutó.
-Muy bien, zorra –susurró-. Ahora es cuando voy a hacerte cosquillas.
Metió la mano por dentro de mis pantalones. Gemí e intenté apartarlo de mí, pero no pude. Sus labios rozaron mi oído.
-Vas a dejar a Lucas –repitió-, y vas a volver conmigo –añadió.
-No me toques –rezongué, y conseguí incorporarme. Él sonrió y se levantó. Intenté hacer lo propio, cuando de pronto él me pateó con toda la fuerza existente en sus extremidades. Caí de nuevo al suelo. Sentí el dolor en todo el cuerpo, pero contuve las lágrimas de desesperación, dolor e impotencia. Debía aguantar.
-No te levantes –ordenó, y se sentó en el sofá, observándome atentamente-. Te vas a quedar ahí sentada mientras hablamos –explicó, como si fuéramos grandes amigos (anteriormente lo habíamos sido).
-Hablar… -murmuré con sorna- A ti eso no te va –gruñí, y acto seguido me levanté.
No tardó en correr detrás de mí, pero alcancé la puerta y la abrí. Él me agarró, pero yo empecé a gritar a todo pulmón. Me soltó mecánicamente y cerró la puerta con rapidez. Me quedé en el rellano, llorando, asustada durante unos instantes. Después, me apresuré a salir del edificio. Una vez pisé la calle me encontré a Yolanda en un banco, chillando con alegría por el teléfono. Me acerqué a ella, las lágrimas caían en ramificaciones por mi rostro.

-No vuelvas a dirigirme la palabra –le advertí a voz en grito. Ella separó el auricular y me estudió, atónita.
-¿Qué dices? –inquirió, sin comprenderme.
-Digo que ya no somos amigas –le grité, y me fui de allí.

Más tarde, en mi casa, me tumbé en la cama, llorando. No podía creer nada de lo que me había sucedido. Me miré al espejo. Estaba despeinada, con los ojos rojos y con marcas del mismo color por el cuerpo. Mi piel no ha tardado en vestirse de morado. La desesperación que sentí no puede medirse, ni describirse con palabras. Ojalá rezar sirviera de algo.

ÁNGEL


La furia dominó cada centímetro de mí. La odié tanto que quise matarla, aplastarla contra el suelo y ver su sangre salpicando toda la habitación. Había conseguido escapar de nuevo, y me sentía impotente. El plan no había salido del todo bien, aunque al menos había logrado intimidarla. Según me contó después Yolanda, la había visto llorando. Esa era una buena señal, quería decir que ya había logrado asustarla de nuevo. Necesitaba que me respetara, y el mejor aliado para conseguirlo era el miedo. Consolé a Yolanda, que estaba destrozada por la actitud de Alba. La pobre no entendía por qué se había puesto con ella de ese modo, y yo fingí no comprenderlo. Sin embargo corría el riesgo de que decidiera rebelarse, y eso podía suponer fatales consecuencias para mí. También consecuencias para ella, pues no parecía darse cuenta del riesgo. Cada día que me ignoraba conseguía aumentar mi furia, mi desesperación y mi sed de venganza. No se daba cuenta, pero cada vez que me colgaba el teléfono podría haber matado a alguien a puñetazos. El odio era un aliado igual de potente que el amor, y puedo aseguraros que ambos pueden causar estragos. El amor bien puede hacer que los enfermos se curen y la gente diferente se junte, también puede evitar guerras. En cambio, el odio puede hacer que un hombre sea un asesino y madre e hijo se tiren años sin hablarse; también ayudó a construir la bomba atómica. En mi opinión, para que una guerra se dé hacen falta tres cosas: un contrincante, motivos y odio. Yo tenía todas ellas.

En una guerra siempre hay tragedias, para un bando o para otro. Pero en algunos casos, ambos bandos tienen motivos para llorar. No disponía de un ejército, pero sí de un grito de guerra en mi fuero interno que me gritaba que acabara con todo, en este caso, con ella. 

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