ALBA
Hace tres semanas que lo vi. Me tiró
contra la pared y me besó. No me resistí. No hice ademán alguno de marcharme.
Por mi cabeza cruzaba una idea aterradora. ¿Y si de aquí no salgo? Entonces,
¿qué pasaría? Mis padres no sabrían la verdad, a lo mejor pensarían que yo me
he… matado. Y de no hallarme, la incertidumbre y la espera… ¿les comería por
dentro? Por otra parte es muy pesimista pensar así, en el fondo sé que Ángel
jamás llegaría tan lejos. Sería fastidiarla. Además, siempre para. Justo cuando
la cosa se pone fea, echa el freno y todo acaba bien. Salgo por mi propio pie.
Me despide con frialdad. Es como si nada acabara de ocurrir, y yo le sigo la
corriente. Después nunca me toca, permanece separado de mí. En esos momentos
los nervios me hacen sudar y temblar, el miedo se asienta en mi estómago. Y yo
respiro fuerte, saboreando cada bocanada. Buscando alimento. Salgo a la calle.
Todo a mi alrededor es extraño y nuevo. Me sumerjo en una nueva dimensión. Y
continúo mi camino, todo sigue igual que antes. Después de la tormenta puedo
disfrutar de la calma.
Aunque en ocasiones siento como si
viviera en un universo sumamente frágil, en el que los límites carecen de
flexibilidad y al estirarlos se quebrasen. Es así de simple, como el límite de
fuerza que una goma puede aguantar. En ocasiones pienso que me romperé como esa
goma. Y después llegará el fin. Tan simple, doloroso y cierto como la vida
misma.
Hay algo que tengo muy claro, y es que yo
no puedo hacer absolutamente nada contra él. Fotos… ¿qué son unas fotos cuando
lo que está en juego es mi vida? ¿Mi felicidad? ¿Qué son un par de golpes? Más
preguntas sin respuesta, podría llenar todo un océano con ellas. Cualquiera
podría. Pero la que más me ronda la cabeza es simple. ¿Por qué? ¿Qué significa
nunca? ¿Y siempre? No puedo procesar esas palabras cuando se trata de mí,
cuando describen mi día a día. Entonces es como si diera vueltas y vueltas sin
parar, me mareara y deseara detenerme, pero no puedo. Unos hilos me sostienen.
¿Qué habrá después?
No quiero saberlo. Sólo olvidar. Me gusta
esa palabra: sólo. Tan simple, tan hermosa, tan perfecta. Sólo quiero parar y
olvidar. Simplificar, reducir. Deshacerme de esta carga tan pesada, que me
ancla frente a la desesperación. Desesperación es una palabra tan bonita… pero
su significado es horrible. Quiere decir falta de fe, de esperanza, de luz. Eso
es lo que significa para mí. Igual que desesperanza. Todo está relacionado.
Empieza a darme igual. Ir, venir, volver. ¿Qué más?
ÁNGEL
Aquellos días siempre me parecían
iguales. Los días en los que la veía a ella sólo podía distinguir dos elementos
que cambiaran, dos cosas importantes en mi día a día: el color de su ropa
interior y el lugar donde nos encontrábamos. En una ocasión le pedí que viniera
a verme a mi casa. Se negaba siempre a hacerlo, pero aquella vez fue diferente
y apareció. Estúpida, venía pensando en vengarse de mí, me insultó e intentó
intimidarme (¿lo puedes creer?). Pero la muy endemoniada se dejó besar por mí,
y hasta me devolvió el beso, siguió el movimiento de mis labios. La cogí por la
cintura, estaba temblando. Y como si tal cosa me pidió que parara, me limité a
reírme, creí que era una broma. Joder, le había pedido que fuera a mi casa, los
dos solos… ¿Qué quería decir eso de que parara? Pero parecía asustada, más bien
aterrorizada. Intentó soltarse de mí, la tiré contra la pared y no se por qué
dejó de resistirse. Bien, pensé que ya estaba todo zanjado, que por fin había
entrado en razón… hasta que, al bajarme los pantalones, empezó a chillar y
saltó de mi cama, donde la había dejado bien tumbadita. ¿Qué demonios…?, pensé,
pero no logré acabar esa pregunta en mi mente. Ella estaba decidida a ponerse
difícil. Me tiró contra la cama, y aún intento explicar cómo pudo ser eso
posible, yo era más fuerte que ella. Y allí, ella de pie y yo tumbado, me dijo
que jamás volviera a tocarla.
-¿A qué viene esto? –inquirí, cansado de
que siempre se le cruzaran los cables.
-Estoy harta de que me hagas daño
–respondió ella, y las lágrimas empezaron a salir de sus ojos. En serio, la muy
idiota parecía querer ser una víctima.
Exasperado, le dije que se calmara, que
si no quería no haríamos nada ese día. Ella me dio las gracias. Sí, las
gracias, como si le estuviera haciendo un favor. Y la dichosa y complaciente
niña del demonio se fue de mi casa sin haberme dado lo que quería.
Esa noche tampoco podía dormir, la llamé
y ella colgó el teléfono. Últimamente tenía esa manía, estaba cogiendo un mal
hábito. Decidí que ya le había dejado suficiente terreno. Esa niña no sabía a
qué juego estaba jugando, en mi tablero existían mis reglas, y el único premio
era ganarse mi respeto… ¿cómo iba a conseguirlo ese peluche roñoso?
No hay comentarios:
Publicar un comentario