viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 2

ALBA


Hace tres semanas que lo vi. Me tiró contra la pared y me besó. No me resistí. No hice ademán alguno de marcharme. Por mi cabeza cruzaba una idea aterradora. ¿Y si de aquí no salgo? Entonces, ¿qué pasaría? Mis padres no sabrían la verdad, a lo mejor pensarían que yo me he… matado. Y de no hallarme, la incertidumbre y la espera… ¿les comería por dentro? Por otra parte es muy pesimista pensar así, en el fondo sé que Ángel jamás llegaría tan lejos. Sería fastidiarla. Además, siempre para. Justo cuando la cosa se pone fea, echa el freno y todo acaba bien. Salgo por mi propio pie. Me despide con frialdad. Es como si nada acabara de ocurrir, y yo le sigo la corriente. Después nunca me toca, permanece separado de mí. En esos momentos los nervios me hacen sudar y temblar, el miedo se asienta en mi estómago. Y yo respiro fuerte, saboreando cada bocanada. Buscando alimento. Salgo a la calle. Todo a mi alrededor es extraño y nuevo. Me sumerjo en una nueva dimensión. Y continúo mi camino, todo sigue igual que antes. Después de la tormenta puedo disfrutar de la calma.
Aunque en ocasiones siento como si viviera en un universo sumamente frágil, en el que los límites carecen de flexibilidad y al estirarlos se quebrasen. Es así de simple, como el límite de fuerza que una goma puede aguantar. En ocasiones pienso que me romperé como esa goma. Y después llegará el fin. Tan simple, doloroso y cierto como la vida misma.
Hay algo que tengo muy claro, y es que yo no puedo hacer absolutamente nada contra él. Fotos… ¿qué son unas fotos cuando lo que está en juego es mi vida? ¿Mi felicidad? ¿Qué son un par de golpes? Más preguntas sin respuesta, podría llenar todo un océano con ellas. Cualquiera podría. Pero la que más me ronda la cabeza es simple. ¿Por qué? ¿Qué significa nunca? ¿Y siempre? No puedo procesar esas palabras cuando se trata de mí, cuando describen mi día a día. Entonces es como si diera vueltas y vueltas sin parar, me mareara y deseara detenerme, pero no puedo. Unos hilos me sostienen. ¿Qué habrá después?
No quiero saberlo. Sólo olvidar. Me gusta esa palabra: sólo. Tan simple, tan hermosa, tan perfecta. Sólo quiero parar y olvidar. Simplificar, reducir. Deshacerme de esta carga tan pesada, que me ancla frente a la desesperación. Desesperación es una palabra tan bonita… pero su significado es horrible. Quiere decir falta de fe, de esperanza, de luz. Eso es lo que significa para mí. Igual que desesperanza. Todo está relacionado. Empieza a darme igual. Ir, venir, volver. ¿Qué más?


ÁNGEL


Aquellos días siempre me parecían iguales. Los días en los que la veía a ella sólo podía distinguir dos elementos que cambiaran, dos cosas importantes en mi día a día: el color de su ropa interior y el lugar donde nos encontrábamos. En una ocasión le pedí que viniera a verme a mi casa. Se negaba siempre a hacerlo, pero aquella vez fue diferente y apareció. Estúpida, venía pensando en vengarse de mí, me insultó e intentó intimidarme (¿lo puedes creer?). Pero la muy endemoniada se dejó besar por mí, y hasta me devolvió el beso, siguió el movimiento de mis labios. La cogí por la cintura, estaba temblando. Y como si tal cosa me pidió que parara, me limité a reírme, creí que era una broma. Joder, le había pedido que fuera a mi casa, los dos solos… ¿Qué quería decir eso de que parara? Pero parecía asustada, más bien aterrorizada. Intentó soltarse de mí, la tiré contra la pared y no se por qué dejó de resistirse. Bien, pensé que ya estaba todo zanjado, que por fin había entrado en razón… hasta que, al bajarme los pantalones, empezó a chillar y saltó de mi cama, donde la había dejado bien tumbadita. ¿Qué demonios…?, pensé, pero no logré acabar esa pregunta en mi mente. Ella estaba decidida a ponerse difícil. Me tiró contra la cama, y aún intento explicar cómo pudo ser eso posible, yo era más fuerte que ella. Y allí, ella de pie y yo tumbado, me dijo que jamás volviera a tocarla.
-¿A qué viene esto? –inquirí, cansado de que siempre se le cruzaran los cables.
-Estoy harta de que me hagas daño –respondió ella, y las lágrimas empezaron a salir de sus ojos. En serio, la muy idiota parecía querer ser una víctima.
Exasperado, le dije que se calmara, que si no quería no haríamos nada ese día. Ella me dio las gracias. Sí, las gracias, como si le estuviera haciendo un favor. Y la dichosa y complaciente niña del demonio se fue de mi casa sin haberme dado lo que quería.

Esa noche tampoco podía dormir, la llamé y ella colgó el teléfono. Últimamente tenía esa manía, estaba cogiendo un mal hábito. Decidí que ya le había dejado suficiente terreno. Esa niña no sabía a qué juego estaba jugando, en mi tablero existían mis reglas, y el único premio era ganarse mi respeto… ¿cómo iba a conseguirlo ese peluche roñoso?

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