ALBA
Estoy cansada. De este juego de buenos y
malos. Ya no aguanto más. Callar ya no es una opción. Lo sé. Llegará el día en
el que ya no quede nada de mí por lo que llorar. ¿Y si muero? Me empiezo a
plantear hacerle yo el trabajo sucio. Así dolerá menos. Ojalá ser capaz de
acabar conmigo misma. No sé si soy tan valiente y tan cobarde al mismo tiempo.
Por una parte ser capaz de matarme, por otra, ser incapaz de seguir viviendo.
Dos cuestiones tan sencillas pero difíciles de asimilar. Soy cómplice de cavar
mi propia tumba. Lo sé. Parezco saberlo todo, pero sólo hay una pregunta sin
responder… ¿Qué hacer?
Intenté resignarme, pero no lo conseguí.
También he explotado, he luchado. Pero he perdido. Él va “ganando”. ¿Adónde
voy? ¿A ningún lado? Mentira, voy de camino a la perdición. Tengo algo muy
claro. Si pudiera pedir un deseo sería que se me cayeran los pechos de golpe,
es lo que más problemas me crea. Por otra parte estoy extremadamente agotada de
soñar. Jamás pensé que pudiera ser cierto, pero ya me deja fría cualquiera de
mis aspiraciones. No sé cómo he llegado a este punto, pero lo he hecho. Y ni
siquiera tengo el placer de sentirme sola… le tengo a él. Por favor, por Dios,
por piedad… basta. Lo daría todo por vivir otra vez. Porque esto no es una
vida. Si acabara con esto no estaría suicidándome, sólo estaría descansando,
poniendo fin. Quiero parar de respirar para que el pecho deje de dolerme,
quiero parar de comer si eso me impide vomitar, quiero dejar de caminar si así
consigo que no me duelan más las piernas. Quiero eliminar el dolor de mi
cuerpo, y sólo puedo lograr eso si me deshago de él. No dudaré en ser mi propio
verdugo si así consigo ser yo misma. Tampoco dudaré en el momento en el que
tengan que ser mis manos o las suyas las que terminen conmigo. Lo haré yo
misma, intentaré irme de este mundo sin sufrir. Yo pondré la fecha de mi
muerte.
Me he dado cuenta de algo que puede
cambiarlo todo. No sé si esas fotos con las que me chantajea existen. Recuerdo pocas
cosas de aquel día, recuerdo que en algún momento, en el que me tenía contra su
cama, sacó el móvil y escuché un clic. Pero… ¿realmente hay fotos? Hoy he caído
en la cuenta de que, si las hubiera, me habría enterado. O eso creo. Pero
igualmente he comprendido que yo no me callo por unas fotos, lo hago por miedo.
Y eso es mil veces peor. Unas fotos se destruyen en minutos, el miedo puede no
erradicarse por completo nunca. Los sudores fríos me invaden, mis ojos han
pasado a ser rojos siempre, mis piernas no recuerdan cómo caminar sin temblar.
Poco a poco me veo consumiéndome, y eso hace que todo acelere y que los días se
sucedan unos detrás de otros. Me voy alejando del sitio que debería ocupar. En
realidad, me alejo de todos aquellos que me quieren, mentiras y silencios nos
separan.
ÁNGEL
Lo gracioso del asunto fue que empezó a
hablarme en mal tono y a meterse conmigo. Pobre niña, no entendía que se jugaba
mucho. Llegó a llamarme mentiroso, me dijo que nunca había creído en la
existencia de las fotos. Así se refería a ellas, como una reliquia histórica.
-¿Qué más te da? –me burlé, mientras ella
andaba de acá para allá, histérica- Pero si la mayor parte de la ciudad te ha
visto más de lo que sale ahí.
Eso solo sirvió para empeorarlo todo.
Parecía una pequeña fiera. Se acercó a mí y empezó a amenazarme, levantó la
mano, como si pretendiera pegarme. Mi mirada la detuvo.
-No vuelvas a levantarme la mano –le
dije, muy seriamente. Se detuvo de pronto, dándose cuenta de que así no llegaba
a ningún lado. Suspiré.-. Mira, yo tampoco quiero seguir con esto. Anda, ven
aquí –extendí los brazos, invitándola, seduciéndola.
Pareció dudar un instante, pero conocía
bien a mi pequeña. Una niña dulce y cariñosa, pero muy inestable. Se refugió
entre mis brazos, feliz de sentirse protegida. Le acaricié el pelo, y
suavemente rocé sus hombros.
-Perdóname –susurró. Cuando hablaba en
ese tono tan suave y dulce me dominaba por completo.
-Tranquila –intenté consolarla, y de
pronto se separó de mí un poco para mirarme a la cara.
-Esas fotos… ¿realmente existen? –me
preguntó temerosa.
Negué con la cabeza. Alba suspiró de
alivio. En aquel momento decidí que una mentira piadosa sería lo mejor. Además,
si me daba lo que quería nadie sabría de su existencia. Los policías llevan
pistolas aunque no deseen usarlas, son para defenderse, por si ocurre algo. A
mí me pasaba lo mismo, no quería ser desagradable, pero las guardaba por si
acaso.
-Te quiero –le dije, y la besé.
Sus ojos se humedecieron, hasta que
rompió a llorar. La abracé. Debían de ser demasiadas emociones seguidas para
ella.
-Lo siento… -me susurró mi pobre
cachorrita. Me gustaba que estuviera así, débil, manejable. Así era mi gatita,
mi pequeña Alba, como había sido siempre.
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