viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 9

ALBA


Estoy cansada. De este juego de buenos y malos. Ya no aguanto más. Callar ya no es una opción. Lo sé. Llegará el día en el que ya no quede nada de mí por lo que llorar. ¿Y si muero? Me empiezo a plantear hacerle yo el trabajo sucio. Así dolerá menos. Ojalá ser capaz de acabar conmigo misma. No sé si soy tan valiente y tan cobarde al mismo tiempo. Por una parte ser capaz de matarme, por otra, ser incapaz de seguir viviendo. Dos cuestiones tan sencillas pero difíciles de asimilar. Soy cómplice de cavar mi propia tumba. Lo sé. Parezco saberlo todo, pero sólo hay una pregunta sin responder… ¿Qué hacer?
Intenté resignarme, pero no lo conseguí. También he explotado, he luchado. Pero he perdido. Él va “ganando”. ¿Adónde voy? ¿A ningún lado? Mentira, voy de camino a la perdición. Tengo algo muy claro. Si pudiera pedir un deseo sería que se me cayeran los pechos de golpe, es lo que más problemas me crea. Por otra parte estoy extremadamente agotada de soñar. Jamás pensé que pudiera ser cierto, pero ya me deja fría cualquiera de mis aspiraciones. No sé cómo he llegado a este punto, pero lo he hecho. Y ni siquiera tengo el placer de sentirme sola… le tengo a él. Por favor, por Dios, por piedad… basta. Lo daría todo por vivir otra vez. Porque esto no es una vida. Si acabara con esto no estaría suicidándome, sólo estaría descansando, poniendo fin. Quiero parar de respirar para que el pecho deje de dolerme, quiero parar de comer si eso me impide vomitar, quiero dejar de caminar si así consigo que no me duelan más las piernas. Quiero eliminar el dolor de mi cuerpo, y sólo puedo lograr eso si me deshago de él. No dudaré en ser mi propio verdugo si así consigo ser yo misma. Tampoco dudaré en el momento en el que tengan que ser mis manos o las suyas las que terminen conmigo. Lo haré yo misma, intentaré irme de este mundo sin sufrir. Yo pondré la fecha de mi muerte.
Me he dado cuenta de algo que puede cambiarlo todo. No sé si esas fotos con las que me chantajea existen. Recuerdo pocas cosas de aquel día, recuerdo que en algún momento, en el que me tenía contra su cama, sacó el móvil y escuché un clic. Pero… ¿realmente hay fotos? Hoy he caído en la cuenta de que, si las hubiera, me habría enterado. O eso creo. Pero igualmente he comprendido que yo no me callo por unas fotos, lo hago por miedo. Y eso es mil veces peor. Unas fotos se destruyen en minutos, el miedo puede no erradicarse por completo nunca. Los sudores fríos me invaden, mis ojos han pasado a ser rojos siempre, mis piernas no recuerdan cómo caminar sin temblar. Poco a poco me veo consumiéndome, y eso hace que todo acelere y que los días se sucedan unos detrás de otros. Me voy alejando del sitio que debería ocupar. En realidad, me alejo de todos aquellos que me quieren, mentiras y silencios nos separan.


ÁNGEL


Lo gracioso del asunto fue que empezó a hablarme en mal tono y a meterse conmigo. Pobre niña, no entendía que se jugaba mucho. Llegó a llamarme mentiroso, me dijo que nunca había creído en la existencia de las fotos. Así se refería a ellas, como una reliquia histórica.
-¿Qué más te da? –me burlé, mientras ella andaba de acá para allá, histérica- Pero si la mayor parte de la ciudad te ha visto más de lo que sale ahí.
Eso solo sirvió para empeorarlo todo. Parecía una pequeña fiera. Se acercó a mí y empezó a amenazarme, levantó la mano, como si pretendiera pegarme. Mi mirada la detuvo.
-No vuelvas a levantarme la mano –le dije, muy seriamente. Se detuvo de pronto, dándose cuenta de que así no llegaba a ningún lado. Suspiré.-. Mira, yo tampoco quiero seguir con esto. Anda, ven aquí –extendí los brazos, invitándola, seduciéndola.
Pareció dudar un instante, pero conocía bien a mi pequeña. Una niña dulce y cariñosa, pero muy inestable. Se refugió entre mis brazos, feliz de sentirse protegida. Le acaricié el pelo, y suavemente rocé sus hombros.
-Perdóname –susurró. Cuando hablaba en ese tono tan suave y dulce me dominaba por completo.
-Tranquila –intenté consolarla, y de pronto se separó de mí un poco para mirarme a la cara.
-Esas fotos… ¿realmente existen? –me preguntó temerosa.
Negué con la cabeza. Alba suspiró de alivio. En aquel momento decidí que una mentira piadosa sería lo mejor. Además, si me daba lo que quería nadie sabría de su existencia. Los policías llevan pistolas aunque no deseen usarlas, son para defenderse, por si ocurre algo. A mí me pasaba lo mismo, no quería ser desagradable, pero las guardaba por si acaso.
-Te quiero –le dije, y la besé.
Sus ojos se humedecieron, hasta que rompió a llorar. La abracé. Debían de ser demasiadas emociones seguidas para ella.

-Lo siento… -me susurró mi pobre cachorrita. Me gustaba que estuviera así, débil, manejable. Así era mi gatita, mi pequeña Alba, como había sido siempre. 

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