ALBA
Sus manos percuten contra mis pechos. Los
aprieta fuertemente. Duele. Recuerdo cuando se limitaba a acariciarlos
suavemente, ¿qué fue de la dulzura de tus dedos? ¿Qué fue de tu amor por mí?
Del amor al odio hay un paso. No lo sabes tú bien. Pero supongo que eso ya da
igual. El tiempo para arrepentirse ya ha pasado. Igual que mi tiempo, a secas.
No me refiero a mi vida, aunque tal y como están las cosas podría hacerlo
perfectamente. Cuando digo “mi tiempo”, hablo del mejor momento de mi vida. Aunque
ninguno de mis días merezca encontrarse en semejante categoría, por eliminación
debe de entrar alguno. Esa es, sin duda alguna, la mejor forma de describir mi
vida: por eliminación.
Eliminar lo malo para quedarse con lo
bueno. En ocasiones, eso es difícil, porque… ¿y si no hay nada bueno? ¿Y si lo
malo supera a lo bueno?
-Por favor –susurro, bajito, no quiero
que se enfade-, hoy no. Estoy cansada.
Sus manos se detienen en la cremallera de mis
pantalones.
-¿Te crees que yo no? –gruñe.
-Nadie te obliga a hacer esto –las
lágrimas recorren mi rostro, pero sé que no hay forma de conmoverlo, ni
siquiera la lástima puede hacer que se eche atrás. Aunque, honestamente, dudo
que pueda sentir lástima… a veces, dudo hasta de que sea humano.
No paró, siguió desabrochando, pero sólo
se dedicó a hacerme sufrir, a desnudarme para recorrer mi cuerpo con las manos.
La suerte estaba de mi lado… a medias. Seguía conservando mi virginidad… ¿pero
qué pasaba con la dignidad? Aún sigo recogiéndola con una escoba, sus trozos me
pinchan al caminar. Porque sin dignidad… ¿cómo avanzar? ¿Cómo hacerlo cuando
todo tu dolor se multiplica?
Ahora estoy a salvo, en casa. Dejo caer
toda la ropa de la que momentos antes me ha despojado, y me quito esa máscara
de serenidad que he mostrado al llegar. Pero el camino de vuelta no ha sido
apacible. Ni sereno, tampoco llevadero. Mirando a mi alrededor, temblando de
miedo, llorando, gimiendo, sollozando… La oscuridad me envolvía. Terror,
desconfianza. Aunque también pasión. No en vano mis mejillas sonrosadas relatan
el suceso de un encuentro, que aunque no placentero, ha logrado encender una
llama en mi interior. No hablo de amor, hablo de ansia. Ansia por ganar, por
escapar. Rebeldía, resistencia, lucha. Por otra parte el temblor de mis piernas
debería haber sido de ira, pero si no podía mantenerlas firmes era por el miedo
que invadía mis miembros y cada una de mis articulaciones. Cada músculo tensado
como un arco esperando disparar una flecha, en mi caso inexistente. Porque no
tengo armas. Sólo dolor, lágrimas y deseos.
Creo que lo único que jamás puede
quitarme es la habilidad de morir. Puede que ese momento lo convierta en el
rostro del sufrimiento y de la agonía, pero para mí, aún retorciéndome de dolor
entre sus brazos, será libertad y paz lo que me invada. En ese momento, el
cuerpo en el que he vivido volverá a ser mío. Aunque de él sólo quede un
cadáver que devoren los gusanos. Entonces mis pertenencias se reducirán a lo
más importante: mi alma y el amor que sentí en vida.
Detrás de los barrotes de mi prisión
busco una bocanada de aire fresco, para alargar un poco los momentos que me
quedan entre los vivos. Aunque yo ya no esté viva. No me siento así. ¿Puede
alguien vivir sin ilusión? Si nos basamos en cuestiones médicas, sí. Respiro,
mi corazón late, siento dolor y aún me alzo cada mañana para vivir en la más
extraña de las vidas cotidianas. Pero, si nos basamos en lo que hace que una
persona sienta devoción por su día a día, respire porque lo desea para
refrescarse y no porque los pulmones se lo exijan, o entone el tic-tac de su
corazón con una sonrisa en los labios… entonces, yo ya no estoy viva. No
cuentan los exámenes médicos, las inyecciones, las pastillas… cuenta lo que
sientes al colocar las manos sobre tu corazón, al inspirar y expirar con
ligereza, al flotar en tu propio mundo. Porque no vale pulsar la tecla de
autodestrucción y mandar a tomar por culo días y días de esfuerzo. Tampoco
tirarse a una carretera y llamar a gritos a un coche para que acabe contigo. No
vale apretar el gatillo, ni dejarse caer desde la más hermosa de las alturas.
Ni mucho menos, no está permitido dejarse quemar por el sol, o caer derrotado
en el abrazo de una horca.
Ese día en el que no distingas la verdad
de la mentira, tu sonrisa de tu amargura… corre. Escapa, cánsate. Siente
debilitarse tu cuerpo, para que ceda tu espíritu. Eso hice. Aquel día eché a
correr en medio de la calle.
-¿Estás bien? –me preguntó un hombre.
Ojalá fuera tan fácil haber respondido a
eso. Pero no lo era, ni siquiera sabía si era seguro seguir allí, a unos metros
de su casa, la escena del crimen. Pero aquel no había sido su crimen, sino el
mío. Me había traicionado a mí misma. Mi propia mente me había traicionado. Era
demasiado horrible admitirlo, tan doloroso como la cuchilla tejiendo una herida
en mi piel. ¿Por qué soy esta? ¿Por qué esa chica y no la chica? La chica que
luchó, no esa que se dejó vencer. Ojalá ser yo mi propio héroe, para no tener
que seguir esperando la aparición del verdadero. No llegará nunca. La venda que
cubre mis labios es irrompible, los inmoviliza para impedir que hablen.
Corre,
Alba. No dejes de hacerlo. Sal de aquí, aléjate. Busca tu lugar en el mundo,
déjate acoger por la madrugada de un nuevo día. Deja de sentir la presión que
envuelve los amasijos de tu voluntad. Pisé fuerte el suelo bajo mis pies,
agradecí aplastarlo. Dejé de sentirme fuera de lugar en mi propia huida. Era el
momento de ser yo misma. Daba igual si esa “yo” era una idiota corriendo y
escapando del enemigo, al menos podía decir con orgullo: sí, era yo la corría.
También me encantaría añadir que lo conseguí, que escapé, pero eso no sé si
añadirlo a mi monólogo interno. Por ahora, que los cortinajes se cierren
entorno al escenario, y que comience el segundo acto.
Que cada golpe de baqueta golpee
fuertemente la batería que compone mi cerebro, estoy lista para matar a mis
recuerdos. Y en su funeral no habrá féretro, ni flores, ni homenajes. Habrá
olvido, y después nuevos motivos para vivir.
ÁNGEL
Alba era la niña de la que ningún padre
debería fiarse. Perfectamente podría haber sido la cabecilla de una banda de
terroristas, o quizá la cuentacuentos de una escuela infantil. Podía darte un
abrazo o una patada en los huevos. Eso daba igual. Alba era mi alba, el
amanecer de una vida que tenía ganas de acabar. Era el principio de mi locura,
a su vez el final de años de autocontrol. Pero ante cualquier situación, era
una traidora, una hija de puta.
Por una parte no puedo negar el amor que
sentía por ella, pero también había que tener en cuenta que ella no era una
chica normal. En mi opinión, era especial en el buen y en el mal sentido de la
palabra. Estaba loca, pero era diferente del resto de peces del océano. Era
mía, y eso ya era importante.
Con ella había vivido momentos terribles,
pero también momentos muy buenos. En concreto, jamás olvidaré un día en el que
paseábamos por un parque. La había llamado para citarnos, poniendo como
pretexto que debíamos hablar, aunque en realidad sólo necesitaba verla. Supongo
que ella accedió porque no quería buscarse más problemas conmigo. Anduvimos por la sombra, entre los árboles.
Junto a unas flores fue a posarse una mariposa… bendita sea por su gracia.
Alba, desde niña, experimentaba un miedo atroz a esta clase de insectos. Al verla soltó un chillido, que bien podía
haberse oído desde Marruecos. Asustada, cerró los ojos e instintivamente se
abrazó a mí. Sonreí para mis adentros, satisfecho de que mi niñita inocente
hubiera acudido a mí de tal modo. Ella me sonrió, y no tardé en besarla, bajo
el agradable sol de aquella tarde. Jamás olvidaré la imagen de sus ojos,
risueños y felices después de mucho tiempo.
A partir de ahí paseamos riéndonos y en un momento dado su mano buscó la
mía. Cogidos de la mano me atrevía a vislumbrar un atisbo de esperanza. Pero fue
un engaño, las cosas no tardarían en joderse de nuevo.
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