viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 5

ALBA


Hoy ha pasado. Por primera vez en mucho tiempo, me he defendido. He explotado. He luchado. Pero no he ganado.
Esta tarde he ido a un centro comercial de mi ciudad y nos hemos visto. Ha sido en los lavabos. Me ha encerrado en el lavabo de minusválidos y me ha obligado a mantener sexo con él. Bueno, yo no he cedido, y me he resistido entre sus brazos, agarrándome a unas barras blancas. Al ver que yo no cedía ha empezado a pegarme. Me ha estirado del pelo, golpeado y pateado. Yo no dejaba de removerme debajo de él, y he llegado a acertarle con algunas patadas, en su mayoría involuntarias. Al final el que ha explotado más ha sido él, y ha sacado un cuchillo de sierra con el que me ha rajado el brazo. Grité muerta de dolor, preguntándome dónde estaba la gente, o en qué diablos pensaba. ¿Por qué nadie me ayudaba? La sangre recorría mi brazo, al verla me mareé. Él se fue rápidamente, cerrando la puerta de un portazo. Un domingo por la tarde no había nadie en los pasillos, nadie que viera mi dolor o me ayudara a arrastrarlo. Cuando conseguí levantarme, descubrí que a pesar del dolor, el corte no era muy profundo. Un par de gasas lo arreglaría, no haría falta pasar por ningún hospital. Allí sólo disponía de papel higiénico, así que envolví mi herida lo mejor que pude y me fui.
Arrastré los pies por una acera que conocía muy bien, recorrí con la mirada edificios que otras veces me había parado a contemplar. Pero yo no era la misma. Era un reflejo, la sombra de mi personalidad. Y ni siquiera podía aspirar tan alto. No quería reconocerme a mí misma. Con el brazo ensangrentado, cubierto por varias capas de ropa, llegué hasta mi casa. Oculté la herida a mis padres y la curé rápido. Me deshice de las prendas manchadas de sangre e intenté aparentar normalidad.
Para una vez que lucho, y el resultado es este… No he podido dormir en toda la noche.


ÁNGEL


Alba significa blanco. Mi niña blanca y pura. Siempre la recordaré. Me llevé sus ilusiones, pero también la marqué para siempre, en todos los sentidos. No sé cómo explicarlo, pero digamos que en parte de su cuerpo había un recuerdo mío. Cicatrices, marcas. Cada una tiene una historia diferente. Una de aquellas marcas era la del muslo, pero recuerdo un corte en su brazo. Vi evolucionar esa herida, llegué a verla completamente cicatrizada. Cuando observaba que estaba aburrida, solía mirarla. Eran tres o cuatro cortes paralelos, largos y completamente simétricos. ¿Mi arma? Un cuchillo de sierra con un mango de plástico negro. Ella era pálida, recuerdo que el negro de mi cuchillo contrastaba con la piel de su brazo.
Me gritaba cuando raspaba su piel, le dolía. Pero ella no llegó a sufrir el calvario por el que yo pasé. Necesitaba verla llorar y retorcerse, ver cómo la sangre, su tan ansiada sangre, caía del filo de la justicia y de la venganza que sostenía en mi mano. Debía de hacerme ver como alguien, ella tenía que entender el terreno que pisaba. Era su felicidad o mi respeto. La decisión estaba tomada. Maldita sea. La amaba tanto… la amo.

Sus gritos retumbaban en las paredes del recinto, un cutre cuarto de baño del centro comercial… (no creerás que te diré el nombre, ¿verdad?).  Me llevé el recuerdo de su llanto a la almohada, sus manos palpando mi cuerpo, sudorosas. Su sangre cayendo al suelo. Salí de allí y busqué el aire fresco del invierno y la oscuridad de la penetrante noche. Caminé por la avenida y me subí a mi moto negra, una Harley Davidson. La velocidad y yo nos fundimos en uno… hasta que me paró un madero. Me cagué en la puñeta de la madre de ese tío. Paré mi preciada joya y recibí la multa de ese desgraciado. 

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