ALBA
Hoy ha pasado. Por primera vez en mucho
tiempo, me he defendido. He explotado. He luchado. Pero no he ganado.
Esta tarde he ido a un centro comercial
de mi ciudad y nos hemos visto. Ha sido en los lavabos. Me ha encerrado en el
lavabo de minusválidos y me ha obligado a mantener sexo con él. Bueno, yo no he
cedido, y me he resistido entre sus brazos, agarrándome a unas barras blancas.
Al ver que yo no cedía ha empezado a pegarme. Me ha estirado del pelo, golpeado
y pateado. Yo no dejaba de removerme debajo de él, y he llegado a acertarle con
algunas patadas, en su mayoría involuntarias. Al final el que ha explotado más
ha sido él, y ha sacado un cuchillo de sierra con el que me ha rajado el brazo.
Grité muerta de dolor, preguntándome dónde estaba la gente, o en qué diablos
pensaba. ¿Por qué nadie me ayudaba? La sangre recorría mi brazo, al verla me
mareé. Él se fue rápidamente, cerrando la puerta de un portazo. Un domingo por
la tarde no había nadie en los pasillos, nadie que viera mi dolor o me ayudara
a arrastrarlo. Cuando conseguí levantarme, descubrí que a pesar del dolor, el
corte no era muy profundo. Un par de gasas lo arreglaría, no haría falta pasar
por ningún hospital. Allí sólo disponía de papel higiénico, así que envolví mi
herida lo mejor que pude y me fui.
Arrastré los pies por una acera que
conocía muy bien, recorrí con la mirada edificios que otras veces me había
parado a contemplar. Pero yo no era la misma. Era un reflejo, la sombra de mi
personalidad. Y ni siquiera podía aspirar tan alto. No quería reconocerme a mí
misma. Con el brazo ensangrentado, cubierto por varias capas de ropa, llegué
hasta mi casa. Oculté la herida a mis padres y la curé rápido. Me deshice de
las prendas manchadas de sangre e intenté aparentar normalidad.
Para una vez que lucho, y el resultado es
este… No he podido dormir en toda la noche.
ÁNGEL
Alba significa blanco. Mi niña blanca y
pura. Siempre la recordaré. Me llevé sus ilusiones, pero también la marqué para
siempre, en todos los sentidos. No sé cómo explicarlo, pero digamos que en
parte de su cuerpo había un recuerdo mío. Cicatrices, marcas. Cada una tiene
una historia diferente. Una de aquellas marcas era la del muslo, pero recuerdo
un corte en su brazo. Vi evolucionar esa herida, llegué a verla completamente
cicatrizada. Cuando observaba que estaba aburrida, solía mirarla. Eran tres o
cuatro cortes paralelos, largos y completamente simétricos. ¿Mi arma? Un
cuchillo de sierra con un mango de plástico negro. Ella era pálida, recuerdo que
el negro de mi cuchillo contrastaba con la piel de su brazo.
Me gritaba cuando raspaba su piel, le
dolía. Pero ella no llegó a sufrir el calvario por el que yo pasé. Necesitaba
verla llorar y retorcerse, ver cómo la sangre, su tan ansiada sangre, caía del
filo de la justicia y de la venganza que sostenía en mi mano. Debía de hacerme
ver como alguien, ella tenía que entender el terreno que pisaba. Era su
felicidad o mi respeto. La decisión estaba tomada. Maldita sea. La amaba tanto…
la amo.
Sus gritos retumbaban en las paredes del
recinto, un cutre cuarto de baño del centro comercial… (no creerás que te diré
el nombre, ¿verdad?). Me llevé el
recuerdo de su llanto a la almohada, sus manos palpando mi cuerpo, sudorosas.
Su sangre cayendo al suelo. Salí de allí y busqué el aire fresco del invierno y
la oscuridad de la penetrante noche. Caminé por la avenida y me subí a mi moto
negra, una Harley Davidson. La velocidad y yo nos fundimos en uno… hasta que me
paró un madero. Me cagué en la puñeta de la madre de ese tío. Paré mi preciada
joya y recibí la multa de ese desgraciado.
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