ALBA
He recibido un mensaje de Carmen, esta
tarde iré a verla. Me extraña que no me haya llamado, pero en el fondo lo
agradezco. Es mejor así, sin explicaciones innecesarias, ya se las daré cuando
sea el momento. Tengo la seguridad de que todo va a salir bien. El miedo que
tenía a que ella me ignorara ha desaparecido, al fin y al cabo Carmen sabe toda
la verdad. Puede que se sienta culpable de la actitud de su hijo, pero en el
fondo sabe que es él el que se ha ganado una denuncia, y no ella. El pasado que
ha sufrido puede suponer una carga terrible, pero eso no le da derecho a
hacerme lo que me ha hecho. Es algo que he tardado en comprender, pero que al
fin lo he hecho. Muchas personas han hecho mella en él, pero nadie le ha
obligado a hacerme daño. Que pase lo que tenga que pasar, pero no me voy a
rendir hasta hacer justicia. He encontrado la fuerza para actuar y no voy a
soltarla.
Por otro lado, estoy dispuesta a que mi
relación con Lucas vaya hacia adelante. Ambos lo merecemos, además, estoy
enamorada de él. Tengo ganas de ver cómo evoluciona lo nuestro. Va a ser
especial, estoy segura. Por fin siento ilusión y esperanza, porque aunque esté
pasando por un momento difícil él no me dejará sola a mi suerte. Soy afortunada
de tenerle conmigo. Le he contado lo que voy a hacer y me ha felicitado por mi
resolución. Al fin se siente orgulloso de mí, eso es algo muy importante para
mí.
Bueno, estoy pensando en lo que le voy a
decir a Carmen exactamente. Creo que lo mejor será contarle lo que sucedió en
la casa de Yolanda, y después hablarle de lo que estoy dispuesta a hacer.
Seguro que todo va bien, Carmen es una mujer comprensiva, y si algo me ha
demostrado es que puedo confiar en ella. Puedo estar tranquila, por fin siento
que esta lucha va a terminar.
ÁNGEL
El reloj marcaba las seis y veinte cuando
escuché sonar el interfono. Respiré hondo, conteniendo mis nervios. Pulsé el
botón para abrir la puerta del portal, dedicando una única mirada a la imagen
que me mostraba la cámara. Esperé, calculando los minutos que faltaban para que
llegara el ascensor. Entorné la puerta y me coloqué detrás, listo para
reaccionar en cuanto llegase. Cerraría con la llave, para que no se escapara. Y
si lo hacía no podría salir del edificio sin mi ayuda. Escuché el ascensor abrirse
y sus pasos hacia la puerta. Contuve el aliento, en tensión, esperando a que se
acercara lo suficiente. Cuando pareció percatarse de que tenía la puerta abierta,
se acercó.
-¿Carmen? –inquirió, abriendo la puerta.
Entró. Yo estaba detrás de la misma, esperando a que se adentrara más para
cargar contra ella. Avanzó un poco, entrando del todo en el recibidor.
Rápidamente cerré la puerta, e inserté la llave; la salida estaba sellada. Ella
me vio en el instante en el que me moví de mi posición. Leí dos sentimientos en
su mirada; sorpresa y temor. Golpeó la puerta mientras yo retrocedía, llave en
mano, y observaba su desesperación y su miedo mientras gritaba.
-Estamos solos –dije. Ella se volvió para
mirarme, había lágrimas en sus ojos.
-Déjame salir –me exigió. Negué con la
cabeza y guardé la llave en el bolsillo de
mis pantalones con aire despreocupado.
-Querías hablar de algo con mi madre –le
recordé, acercándome despacio, con parsimonia, consciente de que dominaba la
situación-. Puedes decirme lo que ibas a contarle –gruñí, a modo de sugerencia.
-Voy a denunciarte –rugió, cual leona
preparada para atacar.
-Suerte –me burlé, acercándome a ella.
Alba se apoyó contra la puerta, intentando evitar que la tocara. Le levanté la
barbilla y la miré a los ojos. Ella se resistió, y consiguió que la soltara.
Salió corriendo hacia el salón. Vi cómo me hacía frente y retrocedía.
-Si quieres hablar, por mí bien
–murmuró-. Pero quédate dónde estás.
-Ahora no quiero hablar –gruñí, y me
acerqué. Ella corrió lejos de mí, pero llegó de nuevo hasta una pared; la
retuve contra ésta.
-Ángel, aún no he hablado con nadie –me
aseguró, temblaba de miedo-, ni siquiera con tu madre. Puedes parar ahora, y no
pasará nada, te lo juro.
-Es tarde para eso –respondí. Reposé mis
brazos a ambos lados de su cuerpo, apoyándolos contra la pared, actuando como
una jaula humana-. La has jodido demasiado.
Las lágrimas deformaban su semblante, el
color abandonó su rostro. Sentía el impulso de besarla y de pegarle al mismo
tiempo. La cogí por las muñecas, ella se resistió y me miró, en sus ojos se
debatían el miedo y la esperanza.
-¿Qué vas a hacerme? –preguntó entre
sollozos.
-No lo sé –respondí con sinceridad. Alba
no pareció conforme con esa respuesta.
-Por favor, Ángel, déjame ir –me rogó.
Cada vez se la veía más nerviosa, con más inquietud en su rostro. La agarré por
el pelo, ella intentó que la soltara. La tiré al suelo. Cayó de cara. Dolorida,
lloró en el suelo, desmadejada como una muñeca que un niño había dejado caer.
Enfrentó mi mirada de nuevo, y por una fracción de segundo una luz se encendió
en su interior. El instinto de supervivencia llamó a su corazón, y no tardó en
levantarse y correr en mi dirección. Intentó golpearme con las manos, pero no
se lo permití. Agarré su muñeca izquierda impidiéndole el avance. Y entonces,
no sé cómo sucedió, se liberó de mí, corrió hacia la otra esquina de la
habitación y sacó su móvil. Estaba claro que no iba a llamar a una amiguita, no
era necesario ser muy inteligente para saber que estaba marcando el número de
la policía. Corrí como un rayo y le arrebaté el teléfono de las manos. Pulsé la
tecla roja, y en un ataque extraño de furia y locura, le pateé el estómago con
fuerza. Cayó de nuevo al suelo, pero esta vez su dolor era mayor. Me miró con
los ojos entornados mientras gemía; seguramente mi golpe le había producido
náuseas. Seguí pateándola con histérico frenesí. Ella se movía debajo de mí,
llorando, gimiendo y gritando. Ninguno de los dos estaba en condiciones de
mantener una conversación.
-Para… -gimió, y me detuve, me agaché a
su altura.
-Solo tienes que jurarme que no volverás
a ver a Lucas, y decirle a todo aquel al que hayas contado algo sobre nosotros
que es mentira –le dije-. Si no lo haces –proseguí-, no pararé hasta acabar
contigo.
Ella sabía que no mentía, pero decidió
igualmente no ceder a mi amenaza. Así pues, enfrentó mi mirada por enésima vez
en minutos. Con una puntería ejemplar, me escupió en la cara.
-Eres un capullo –me insultó, y después
me propinó una patada en la espinilla. Hice caso omiso al dolor y me lancé de
nuevo contra ella. En esta ocasión la plaqué contra el suelo. Alba se debatía
debajo de mí, pero ni siquiera sus gritos me detuvieron. Seguí con mi único
propósito; cumplir con mi palabra.
No era yo mismo en aquellos momentos, ya
no veía a la chica con la que había compartido mi infancia y gran parte de mi
vida. Tampoco sentía amor hacía ella, solo odio. Antes había querido poseerla,
en aquel momento sólo quería aplastarla como a una vulgar mosca. Seguí a la
mía, ignorando sus gritos, sin preocuparme de lo que pudiera pasar. Ella
lloraba, gemía, suplicaba y me insultaba.
-Dime que eres mía –gruñí, después de
pegarle una bofetada por tercera vez consecutiva-. Si me lo dices y te callas
todo, paro.
Era patético proclamar esas palabras,
además, dudaba que ella fuera capaz de callarse algo así.
-Lo haré –me prometió, pero estaba
desesperada, sabía que no cumpliría su palabra. Estaba acorralado- Soy tuya
–añadió, jadeante.
Una parte de mí quiso creer sus palabras.
Pero sabía que eso era imposible, así pues, la agarré nuevamente. Pero ella
introdujo la mano en mi bolsillo derecho y cogió mi llavero con mis llaves de
casa. Con la llave de la puerta que le daría la libertad. Me pateó en los
huevos y no pude reaccionar después de eso, sólo retorcerme de dolor en el
suelo. Ella se levantó y corrió hacia la puerta, que abrió con dedos rápidos,
pero vacilantes. Pero con el frenesí de la huida, olvidó cerrar la puerta por
fuera, y corrió hacia el rellano. Escuché sus gritos de socorro, que me
recargaron las pilas y mi dolor pasó a un segundo plano. Corrí fuera y la
agarré por detrás rápidamente. Sin pensarlo le tapé la boca con una mano, ella me
mordió. Estábamos al pie de las escaleras, por lo que solo tuve que empujarla
un poco… y cayó escaleras abajo. Sin embargo sólo fueron seis escalones hasta
que llegó al descansillo, y no parecía herida de gravedad, tenía sólo
magulladuras. Se apartó arrastrándose cuando me acerqué y gritó a todo pulmón.
Escuché jaleo entre el vecindario. Y, sin pensarlo dos veces, la agarré del
cuello con ambas manos. La levanté del suelo, y apreté fuertemente. Ella se
ahogaba entre mis manos, su rostro enrojeció, todos sus miembros se agitaron en
una lucha que habían perdido de antemano. Hasta que al final se quedó
completamente quieta. Tardé en comprender que ya no estaba en compañía de una
persona viva, sino de un cadáver cuyos ojos seguían fijos en mi semblante, pero
que ya no me miraban como antes. La solté y cayó con estrépito sobre el
descansillo. Me dejé caer en el suelo. Las manos me temblaban, así que las
mantuve entrelazadas.
-¿Alba? –la llamé, inútilmente. No tenía
sentido lo que estaba haciendo, pero la situación me parecía irreal. Como una
parte de mí ya esperaba, no recibí respuesta alguna. La miré, tirada en el
suelo, sin respirar. En su cuello había marcas del agarre de mis manos.
La había matado, a Alba, la mujer
a la que amaba. Pero también la había odiado. Ahora yacía tirada en el suelo
frente a mí. No supe cómo reaccionar, simplemente permanecí sentado. Por
supuesto había vecinos mirándome con horror, temerosos de correr la misma
suerte. Mis oídos atisbaron una sinfonía compuesta por insultos y teclas de
teléfonos sonando al unísono. Pero mis pensamientos se centraban en la chica
que momentos antes había estado hablando conmigo. La miré, ya no sería mía
nunca más, ni mía ni de nadie. Había muerto. Le cerré los párpados, que jamás
volverían a abrirse. Había una puta menos en el mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario