viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 30

ALBA


He recibido un mensaje de Carmen, esta tarde iré a verla. Me extraña que no me haya llamado, pero en el fondo lo agradezco. Es mejor así, sin explicaciones innecesarias, ya se las daré cuando sea el momento. Tengo la seguridad de que todo va a salir bien. El miedo que tenía a que ella me ignorara ha desaparecido, al fin y al cabo Carmen sabe toda la verdad. Puede que se sienta culpable de la actitud de su hijo, pero en el fondo sabe que es él el que se ha ganado una denuncia, y no ella. El pasado que ha sufrido puede suponer una carga terrible, pero eso no le da derecho a hacerme lo que me ha hecho. Es algo que he tardado en comprender, pero que al fin lo he hecho. Muchas personas han hecho mella en él, pero nadie le ha obligado a hacerme daño. Que pase lo que tenga que pasar, pero no me voy a rendir hasta hacer justicia. He encontrado la fuerza para actuar y no voy a soltarla.
Por otro lado, estoy dispuesta a que mi relación con Lucas vaya hacia adelante. Ambos lo merecemos, además, estoy enamorada de él. Tengo ganas de ver cómo evoluciona lo nuestro. Va a ser especial, estoy segura. Por fin siento ilusión y esperanza, porque aunque esté pasando por un momento difícil él no me dejará sola a mi suerte. Soy afortunada de tenerle conmigo. Le he contado lo que voy a hacer y me ha felicitado por mi resolución. Al fin se siente orgulloso de mí, eso es algo muy importante para mí.
Bueno, estoy pensando en lo que le voy a decir a Carmen exactamente. Creo que lo mejor será contarle lo que sucedió en la casa de Yolanda, y después hablarle de lo que estoy dispuesta a hacer. Seguro que todo va bien, Carmen es una mujer comprensiva, y si algo me ha demostrado es que puedo confiar en ella. Puedo estar tranquila, por fin siento que esta lucha va a terminar.




ÁNGEL


El reloj marcaba las seis y veinte cuando escuché sonar el interfono. Respiré hondo, conteniendo mis nervios. Pulsé el botón para abrir la puerta del portal, dedicando una única mirada a la imagen que me mostraba la cámara. Esperé, calculando los minutos que faltaban para que llegara el ascensor. Entorné la puerta y me coloqué detrás, listo para reaccionar en cuanto llegase. Cerraría con la llave, para que no se escapara. Y si lo hacía no podría salir del edificio sin mi ayuda. Escuché el ascensor abrirse y sus pasos hacia la puerta. Contuve el aliento, en tensión, esperando a que se acercara lo suficiente. Cuando pareció percatarse de que tenía la puerta abierta, se acercó.

-¿Carmen? –inquirió, abriendo la puerta. Entró. Yo estaba detrás de la misma, esperando a que se adentrara más para cargar contra ella. Avanzó un poco, entrando del todo en el recibidor. Rápidamente cerré la puerta, e inserté la llave; la salida estaba sellada. Ella me vio en el instante en el que me moví de mi posición. Leí dos sentimientos en su mirada; sorpresa y temor. Golpeó la puerta mientras yo retrocedía, llave en mano, y observaba su desesperación y su miedo mientras gritaba.
-Estamos solos –dije. Ella se volvió para mirarme, había lágrimas en sus ojos.
-Déjame salir –me exigió. Negué con la cabeza y guardé la llave en el bolsillo de  mis pantalones con aire despreocupado.
-Querías hablar de algo con mi madre –le recordé, acercándome despacio, con parsimonia, consciente de que dominaba la situación-. Puedes decirme lo que ibas a contarle –gruñí, a modo de sugerencia.
-Voy a denunciarte –rugió, cual leona preparada para atacar.
-Suerte –me burlé, acercándome a ella. Alba se apoyó contra la puerta, intentando evitar que la tocara. Le levanté la barbilla y la miré a los ojos. Ella se resistió, y consiguió que la soltara. Salió corriendo hacia el salón. Vi cómo me hacía frente y retrocedía.
-Si quieres hablar, por mí bien –murmuró-. Pero quédate dónde estás.
-Ahora no quiero hablar –gruñí, y me acerqué. Ella corrió lejos de mí, pero llegó de nuevo hasta una pared; la retuve contra ésta.
-Ángel, aún no he hablado con nadie –me aseguró, temblaba de miedo-, ni siquiera con tu madre. Puedes parar ahora, y no pasará nada, te lo juro.
-Es tarde para eso –respondí. Reposé mis brazos a ambos lados de su cuerpo, apoyándolos contra la pared, actuando como una jaula humana-. La has jodido demasiado.
Las lágrimas deformaban su semblante, el color abandonó su rostro. Sentía el impulso de besarla y de pegarle al mismo tiempo. La cogí por las muñecas, ella se resistió y me miró, en sus ojos se debatían el miedo y la esperanza.
-¿Qué vas a hacerme? –preguntó entre sollozos.
-No lo sé –respondí con sinceridad. Alba no pareció conforme con esa respuesta.
-Por favor, Ángel, déjame ir –me rogó. Cada vez se la veía más nerviosa, con más inquietud en su rostro. La agarré por el pelo, ella intentó que la soltara. La tiré al suelo. Cayó de cara. Dolorida, lloró en el suelo, desmadejada como una muñeca que un niño había dejado caer. Enfrentó mi mirada de nuevo, y por una fracción de segundo una luz se encendió en su interior. El instinto de supervivencia llamó a su corazón, y no tardó en levantarse y correr en mi dirección. Intentó golpearme con las manos, pero no se lo permití. Agarré su muñeca izquierda impidiéndole el avance. Y entonces, no sé cómo sucedió, se liberó de mí, corrió hacia la otra esquina de la habitación y sacó su móvil. Estaba claro que no iba a llamar a una amiguita, no era necesario ser muy inteligente para saber que estaba marcando el número de la policía. Corrí como un rayo y le arrebaté el teléfono de las manos. Pulsé la tecla roja, y en un ataque extraño de furia y locura, le pateé el estómago con fuerza. Cayó de nuevo al suelo, pero esta vez su dolor era mayor. Me miró con los ojos entornados mientras gemía; seguramente mi golpe le había producido náuseas. Seguí pateándola con histérico frenesí. Ella se movía debajo de mí, llorando, gimiendo y gritando. Ninguno de los dos estaba en condiciones de mantener una conversación.

-Para… -gimió, y me detuve, me agaché a su altura.
-Solo tienes que jurarme que no volverás a ver a Lucas, y decirle a todo aquel al que hayas contado algo sobre nosotros que es mentira –le dije-. Si no lo haces –proseguí-, no pararé hasta acabar contigo.
Ella sabía que no mentía, pero decidió igualmente no ceder a mi amenaza. Así pues, enfrentó mi mirada por enésima vez en minutos. Con una puntería ejemplar, me escupió en la cara.
-Eres un capullo –me insultó, y después me propinó una patada en la espinilla. Hice caso omiso al dolor y me lancé de nuevo contra ella. En esta ocasión la plaqué contra el suelo. Alba se debatía debajo de mí, pero ni siquiera sus gritos me detuvieron. Seguí con mi único propósito; cumplir con mi palabra.

No era yo mismo en aquellos momentos, ya no veía a la chica con la que había compartido mi infancia y gran parte de mi vida. Tampoco sentía amor hacía ella, solo odio. Antes había querido poseerla, en aquel momento sólo quería aplastarla como a una vulgar mosca. Seguí a la mía, ignorando sus gritos, sin preocuparme de lo que pudiera pasar. Ella lloraba, gemía, suplicaba y me insultaba.
-Dime que eres mía –gruñí, después de pegarle una bofetada por tercera vez consecutiva-. Si me lo dices y te callas todo, paro.
Era patético proclamar esas palabras, además, dudaba que ella fuera capaz de callarse algo así.
-Lo haré –me prometió, pero estaba desesperada, sabía que no cumpliría su palabra. Estaba acorralado- Soy tuya –añadió, jadeante.
Una parte de mí quiso creer sus palabras. Pero sabía que eso era imposible, así pues, la agarré nuevamente. Pero ella introdujo la mano en mi bolsillo derecho y cogió mi llavero con mis llaves de casa. Con la llave de la puerta que le daría la libertad. Me pateó en los huevos y no pude reaccionar después de eso, sólo retorcerme de dolor en el suelo. Ella se levantó y corrió hacia la puerta, que abrió con dedos rápidos, pero vacilantes. Pero con el frenesí de la huida, olvidó cerrar la puerta por fuera, y corrió hacia el rellano. Escuché sus gritos de socorro, que me recargaron las pilas y mi dolor pasó a un segundo plano. Corrí fuera y la agarré por detrás rápidamente. Sin pensarlo le tapé la boca con una mano, ella me mordió. Estábamos al pie de las escaleras, por lo que solo tuve que empujarla un poco… y cayó escaleras abajo. Sin embargo sólo fueron seis escalones hasta que llegó al descansillo, y no parecía herida de gravedad, tenía sólo magulladuras. Se apartó arrastrándose cuando me acerqué y gritó a todo pulmón. Escuché jaleo entre el vecindario. Y, sin pensarlo dos veces, la agarré del cuello con ambas manos. La levanté del suelo, y apreté fuertemente. Ella se ahogaba entre mis manos, su rostro enrojeció, todos sus miembros se agitaron en una lucha que habían perdido de antemano. Hasta que al final se quedó completamente quieta. Tardé en comprender que ya no estaba en compañía de una persona viva, sino de un cadáver cuyos ojos seguían fijos en mi semblante, pero que ya no me miraban como antes. La solté y cayó con estrépito sobre el descansillo. Me dejé caer en el suelo. Las manos me temblaban, así que las mantuve entrelazadas.
-¿Alba? –la llamé, inútilmente. No tenía sentido lo que estaba haciendo, pero la situación me parecía irreal. Como una parte de mí ya esperaba, no recibí respuesta alguna. La miré, tirada en el suelo, sin respirar. En su cuello había marcas del agarre de mis manos.

             La había matado, a Alba, la mujer a la que amaba. Pero también la había odiado. Ahora yacía tirada en el suelo frente a mí. No supe cómo reaccionar, simplemente permanecí sentado. Por supuesto había vecinos mirándome con horror, temerosos de correr la misma suerte. Mis oídos atisbaron una sinfonía compuesta por insultos y teclas de teléfonos sonando al unísono. Pero mis pensamientos se centraban en la chica que momentos antes había estado hablando conmigo. La miré, ya no sería mía nunca más, ni mía ni de nadie. Había muerto. Le cerré los párpados, que jamás volverían a abrirse. Había una puta menos en el mundo. 

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