viernes, 7 de junio de 2013

DÍA 8

ALBA


El tiempo pasa para todos, lo queramos o no. A veces quisiera que no viviéramos en el tiempo, sino en nuestros actos. Que jamás pudiera anochecer, y que la luz nos acompañara y nos meciera. Ojalá pudiéramos mirar al sol sin que sus rayos nos quemaran en los ojos. Ojalá yo pudiera mirarle a la cara sin que algo dentro de mí se rompiera. No sólo se trata de Ángel, también de mi madre, mi padre, mis amigos. No me veo capaz de mirarles a la cara. Me he vendido. O al menos así me siento. Soy la cómplice de mi propia perdición. Pero mis labios están sellados. Tengo miedo.
¿Qué hacer cuando tu propio ser te ha traicionado? ¿Cuándo eres incapaz de escapar? Quiero y no puedo es lo peor que se puede decir. Aún más horrible es que ocurra de verdad. Ojalá fuera diferente, especial. Ojalá pudiera dejar de vivir con miedo. Ojalá…
Hoy no ha sido un mal día. Un gran amigo (sí, tengo amigos), me ha dicho que realmente me valora por quién soy. Él intuye que no todo va bien. Parece poder leer mi mente. Y yo me dejo entrever. Quiero que me entienda, que me vea como soy. Y por fin, algo dentro de mí parece reconstruirse. La escarcha que cubre mi corazón va desquebrajándose, liberándome. Pero una parte de mí es incapaz de seguir viviendo. La otra tiene ganas de disfrutar de lo que me queda. Un par de amigos de verdad, una familia. Aunque me cueste seguir siendo yo. Prácticamente vivo desquiciada. Por el recuerdo y por el temor al futuro. Y por el presente… de eso ya ni hablamos. Cada vez sufro más y más, pero ya no se trata de lo que me haga él, sino también de lo que me hago yo a mí misma. He pasado de vivir el día a día, a tachar fechas del calendario.
Y sigo así, no he dejado ni dejaré de hacerlo. Simplemente no le encuentro sentido a nada. Nada que esté relacionado conmigo, pero sí que soy capaz de pensar en los demás, aquellos a los que quiero. Si a ellos les pasara algo les defendería mucho mejor de lo que me defiendo a mí misma. Me veo capaz de hacer por ellos lo que sea. Pero, ¿qué hay de mí?


ÁNGEL


Mi vida, mi amor. Alba, el alba de un nuevo día, el color blanco, la pureza. Lo era todo para mí. Una oportunidad, sólo pedía eso, pero ella no era capaz de dármela. Sufría muchísimo más de lo que ella creía. Pero para ella nada de eso tenía sentido. Habíamos llegado a un amor-odio angustioso. Lloraba en secreto, tirado en la cama. La puerta siempre cerrada, las ventanas también estaban cerradas, y las persianas bajadas. Solo estaba la luz tenue de mi celda, de mi prisión, mi cuarto.
Me levanté de la cama y me sentí mareado. Fui a la cocina y busqué algo de comer. Un paquete de galletas llamó mi atención. Di el primer bocado a una galleta con pepitas de chocolate. Alba las hace mucho mejor, pensé. Alba otra vez. Dios, estaba presente en cada una de las cosas que hacía. Cuando me enjabonaba en la ducha, recordaba cómo acariciaba mi piel, cuando corría o hacía ejercicio, recordaba que ella también hacía deporte. Era una tortura tenerla siempre en la cabeza. Si veía a una pareja, inevitablemente pensaba en cuando éramos novios. La necesitaba en mi vida. Estaba cansado de seguir siendo una sombra a la deriva, pensaba volver a ser el que era antaño. Me puse mi cazadora, y me disponía a salir cuando escuché pasos a mi espalda.
-Ángel, ¿adónde vas? –me preguntó mi madre.
-¿Y a ti qué te importa? –gruñí. Ella se acercó a mí.
-Cariño… -susurró, temerosa.
-No te aguanto, enserio, me largo –salí por la puerta, pero ella me siguió hasta el rellano.
-Ángel, por favor, no te vayas –gimió. Pobre mujer. Le puse una mano en el hombro, me observó con miedo.
-Venga, ya hablaremos, ¿eh? –le pegué un cachete en la mejilla.

Di un portazo y bajé las escaleras. Mi madre era demasiado maleable para mi gusto. Ella se olía algo. Maldita sea, no sé qué tendrán las madres, siempre son capaces de leerte el pensamiento. Mi padre era una segunda madre para mí. Básicamente porque era un marica, homosexual, según él. Un pajarito con plumas, lo que yo te diga. Joder, ya que me habían adoptado podrían haber aparentado ser una familia normal. A los cinco años me adoptaron, y se divorciaron cuando yo tenía diez años. Después, mi padre cambió faldas por pantalones y mi madre sustituyó el marido por el cuidado de su casa. Mi padre intentaba explicarme que había salido del armario, yo le respondía que o se metía él o le encerraba yo. A veces me decía a mí mismo que en Rumania habría vivido mejor. 

DÍA 9

ALBA


Estoy cansada. De este juego de buenos y malos. Ya no aguanto más. Callar ya no es una opción. Lo sé. Llegará el día en el que ya no quede nada de mí por lo que llorar. ¿Y si muero? Me empiezo a plantear hacerle yo el trabajo sucio. Así dolerá menos. Ojalá ser capaz de acabar conmigo misma. No sé si soy tan valiente y tan cobarde al mismo tiempo. Por una parte ser capaz de matarme, por otra, ser incapaz de seguir viviendo. Dos cuestiones tan sencillas pero difíciles de asimilar. Soy cómplice de cavar mi propia tumba. Lo sé. Parezco saberlo todo, pero sólo hay una pregunta sin responder… ¿Qué hacer?
Intenté resignarme, pero no lo conseguí. También he explotado, he luchado. Pero he perdido. Él va “ganando”. ¿Adónde voy? ¿A ningún lado? Mentira, voy de camino a la perdición. Tengo algo muy claro. Si pudiera pedir un deseo sería que se me cayeran los pechos de golpe, es lo que más problemas me crea. Por otra parte estoy extremadamente agotada de soñar. Jamás pensé que pudiera ser cierto, pero ya me deja fría cualquiera de mis aspiraciones. No sé cómo he llegado a este punto, pero lo he hecho. Y ni siquiera tengo el placer de sentirme sola… le tengo a él. Por favor, por Dios, por piedad… basta. Lo daría todo por vivir otra vez. Porque esto no es una vida. Si acabara con esto no estaría suicidándome, sólo estaría descansando, poniendo fin. Quiero parar de respirar para que el pecho deje de dolerme, quiero parar de comer si eso me impide vomitar, quiero dejar de caminar si así consigo que no me duelan más las piernas. Quiero eliminar el dolor de mi cuerpo, y sólo puedo lograr eso si me deshago de él. No dudaré en ser mi propio verdugo si así consigo ser yo misma. Tampoco dudaré en el momento en el que tengan que ser mis manos o las suyas las que terminen conmigo. Lo haré yo misma, intentaré irme de este mundo sin sufrir. Yo pondré la fecha de mi muerte.
Me he dado cuenta de algo que puede cambiarlo todo. No sé si esas fotos con las que me chantajea existen. Recuerdo pocas cosas de aquel día, recuerdo que en algún momento, en el que me tenía contra su cama, sacó el móvil y escuché un clic. Pero… ¿realmente hay fotos? Hoy he caído en la cuenta de que, si las hubiera, me habría enterado. O eso creo. Pero igualmente he comprendido que yo no me callo por unas fotos, lo hago por miedo. Y eso es mil veces peor. Unas fotos se destruyen en minutos, el miedo puede no erradicarse por completo nunca. Los sudores fríos me invaden, mis ojos han pasado a ser rojos siempre, mis piernas no recuerdan cómo caminar sin temblar. Poco a poco me veo consumiéndome, y eso hace que todo acelere y que los días se sucedan unos detrás de otros. Me voy alejando del sitio que debería ocupar. En realidad, me alejo de todos aquellos que me quieren, mentiras y silencios nos separan.


ÁNGEL


Lo gracioso del asunto fue que empezó a hablarme en mal tono y a meterse conmigo. Pobre niña, no entendía que se jugaba mucho. Llegó a llamarme mentiroso, me dijo que nunca había creído en la existencia de las fotos. Así se refería a ellas, como una reliquia histórica.
-¿Qué más te da? –me burlé, mientras ella andaba de acá para allá, histérica- Pero si la mayor parte de la ciudad te ha visto más de lo que sale ahí.
Eso solo sirvió para empeorarlo todo. Parecía una pequeña fiera. Se acercó a mí y empezó a amenazarme, levantó la mano, como si pretendiera pegarme. Mi mirada la detuvo.
-No vuelvas a levantarme la mano –le dije, muy seriamente. Se detuvo de pronto, dándose cuenta de que así no llegaba a ningún lado. Suspiré.-. Mira, yo tampoco quiero seguir con esto. Anda, ven aquí –extendí los brazos, invitándola, seduciéndola.
Pareció dudar un instante, pero conocía bien a mi pequeña. Una niña dulce y cariñosa, pero muy inestable. Se refugió entre mis brazos, feliz de sentirse protegida. Le acaricié el pelo, y suavemente rocé sus hombros.
-Perdóname –susurró. Cuando hablaba en ese tono tan suave y dulce me dominaba por completo.
-Tranquila –intenté consolarla, y de pronto se separó de mí un poco para mirarme a la cara.
-Esas fotos… ¿realmente existen? –me preguntó temerosa.
Negué con la cabeza. Alba suspiró de alivio. En aquel momento decidí que una mentira piadosa sería lo mejor. Además, si me daba lo que quería nadie sabría de su existencia. Los policías llevan pistolas aunque no deseen usarlas, son para defenderse, por si ocurre algo. A mí me pasaba lo mismo, no quería ser desagradable, pero las guardaba por si acaso.
-Te quiero –le dije, y la besé.
Sus ojos se humedecieron, hasta que rompió a llorar. La abracé. Debían de ser demasiadas emociones seguidas para ella.

-Lo siento… -me susurró mi pobre cachorrita. Me gustaba que estuviera así, débil, manejable. Así era mi gatita, mi pequeña Alba, como había sido siempre. 

DÍA 10

ALBA


Me prometí que no gritaría. Ni lloraría. Eso me dije a mí misma. Pero no fue así. No pensaba volver a ser su víctima, pero lo fui. Las lágrimas caían por mi rostro, el dolor deformaba mis facciones, los sollozos estremecían mi garganta. Lloré como nunca, tirada en el suelo, a su merced. Él me agarró por los pies, sereno e impasible a mi sufrimiento. Mis súplicas no parecían decirle nada. Pero a mí el sonido de mis propios gritos me estremecía. Voy a morir, pensaba.
Mis ojos se cierran, mis miembros caen derrotados a mis costados. Dejo de luchar otra vez… hasta que noto sus dedos recorriendo mi ropa, quitándomela. No. Eso no. Nunca más. Y entre sus brazos me resisto de nuevo. No pararé. No fallaré.
-¡¡Suéltame!! –grito, mi voz resuena entre las paredes-¡¡ Hijo de la gran puta, suéltame!!
Un movimiento de su mano basta para hacerme callar. Relamo la sangre de mis labios. Está tenso, furioso. Pero ya he explotado otra vez. Y cuando eso pasa no hay forma de retroceder. Ahora o nunca, me digo. Y como si el mismísimo Dios me hubiera dotado de superpoderes me resisto al dolor y al miedo, consiguiendo fuerzas de donde no las hay. Me abro paso entre los amasijos de mi voluntad quebrada y saco lo único que me queda de dignidad, de ira y de furia.
Entre mis pechos un cuchillo escondido, en mi corazón la determinación. Cada movimiento he calculado, ahora sólo falta el valor. Pero con cautela, me digo, lentamente, sin que lo note. Finjo temblores bajo su cuerpo, me provoco espasmos. Pero suaves, él no ve motivo para detenerlos. ¿Calmar mi sufrimiento? ¿Mi ansiedad? Eso nunca. Idiota, es tu perdición. Mi venganza.
Meto mi mano entre mis pechos, los aprieto, como consolándome. Pero mis dedos no se aferran a la nada, entre ellos está el mango de mi arma. Y como una guerrera en medio de una lucha deslizo suavemente el filo por mi piel, bajándolo hasta el final de mi camiseta. Y lo saco de entre la ropa, pero él no lo ve, está demasiado concentrado en mis pantalones, desabrochándolos. Lentamente, coloco el cuchillo en su garganta, incorporándome todo lo posible. Sus ojos buscando mi mirada, su expresión de asombro. Y entonces, ahí está. El pánico atraviesa por un momento su semblante. Pero luego, determinación, confianza. Se me revuelve el estómago.
-Joder –murmura-. Vamos, no tienes cojones.
Cierto, mi mano tiembla, alejándose del blanco, hasta que al final él me quita el cuchillo de las manos. Estoy indefensa de nuevo. Y lo peor es que no sólo le he dado un arma, también motivos para usarla. Vuelvo a temblar, pero esta vez no finjo. El miedo es real.
-Por… favor…. –mi voz temblorosa le hace sonreír.
Y el cuchillo cae al suelo. Un puñetazo y lágrimas.


ÁNGEL


Descubrí la verdad. Maldita traidora, me estaba engañando otra vez. Se veía con Lucas, de nuevo. La muy idiota lo había echado todo a perder, así, de repente. No quise creerlo en un principio, pero entonces lo vi claro. Lucas y ella estaban muy unidos. Me planté en su instituto y los encontré, tan contentos como antaño. A la mierda lo de ser comprensivo, me lancé encima de ese capullo y de la desgraciada de mi chica.
Días más tarde ella me ignoraba. Al final no lo aguanté más, le exigí que tuviera valor para plantarme cara. Y eso hizo. Acudió a mi casa. Nada más verla supe que acabaría mal, venía muy alterada y agresiva. Nos besamos con violencia y ella después me besó en la mejilla, pero muy fuerte, haciéndome daño. Una forma dulce de dañarme. La cogí de las muñecas y le lamí el cuello. Acabamos en la alfombra, besándonos y abrazados. Me coloqué encima suyo, dispuesto a hacerla mía. Esta vez serás mía, me dije. Y me lancé a desabrocharle la ropa, pero la muy idiota, como si aquello no fuera con ella, comenzó a agitar las piernas. Maldita sea, me comí varias veces sus rodillas al intentar acercarme. Me intentó apartar con las manos, pero me mantuve en mi sitio. Y al final se detuvo. Sonreí, pensando que al fin había decidido quedarse quieta. Volví a centrarme en sus pantalones, y comencé a desabrocharlos, pero de pronto sentí un filo en mi garganta. Alba se había incorporado y sostenía un cuchillo entre las manos. Sus pantalones los había bajado hasta la altura de las rodillas. Observé que la piel se le había puesto de gallina, pero a su vez estaba nerviosa. Demasiado, sería capaz de cualquier cosa. Por primera vez tuve miedo, pero me esforcé en ocultarlo, sino ella lo aprovecharía.
-Joder –murmuré-. Vamos, no tienes cojones.
Me miró, había lágrimas en sus ojos. Leí el miedo en su mirada. La mano le tembló y rápidamente le quité el cuchillo. La observé con ira y rabia sin contener. Empezó a temblar el doble.
-Por… favor…-susurró con voz temblorosa.

Y entre risas extrañas a mí mismo tiré el cuchillo y le pegué un puñetazo.

DÍA 11

ALBA


Ayer fue uno de los peores días de mi vida, y empezaba a preguntarme si algo así era posible. Pero sí, lo era. Y lo es.
La muerte para algunos es muy lejana, pero para otros es una visita llamando a la puerta. En mi caso tiene mi dirección y está buscando el hueco en su agenda para pasar a saludarme. Y me va avisando. Un susto por aquí, otro por allá. Hasta que un día ni el más grande y resistente de mis candados me protegerá, entrará y seré suya.
Espero que jamás pase nadie por esto. Porque esto sólo se lo puedo desear a una persona en el mundo. A él. Y espero que mi venganza llegue pronto. Quiero ganar. Pero cada vez se me antoja más difícil. ¿Cuántas veces he ganado? Ni siquiera pueden contarse, no hay ninguna. Él siempre sale victorioso. No es justo. Nada lo es.
Me mareo sólo de pensar en volver a verle, figúrate cómo me pondré cuando lo tenga delante. A veces me gustaría tener el valor de salir corriendo. Pero no lo tengo. Hace un tiempo me pregunté cómo sería vivir sin miedo. Pues sería sencillo, apacible. Ojalá volver a sonreír, reír… de verdad. Hay sueños que jamás llegaré a cumplir. Uno de ellos es poder llegar a olvidarme. Todo es tan lejano cuando lo recuerdo… pero tan real cuando lo siento encima de mí…
¿Piedad? Es un concepto difícil de procesar. ¿El cazador caza por necesidad? ¿O por gusto? En su caso, ¿necesita que yo sufra para poder ser feliz? No lo sé. Ya no lo sé. No sé nada.


ÁNGEL


Me pesó el volver a mi vida después de aquello. Había vuelto a cruzar mi límite. No podía seguir así. La verdad es que Alba había pasado de ser mi princesa a ser mi enemiga, pero a su vez la única persona que me conocía realmente. Por eso la quería tanto, pero a su vez necesitaba venganza, librarme del dolor. Justicia, según me decía a mí mismo. Alba me había provocado, no era culpa mía, yo me había defendido…
Me llamó por teléfono, pero no al móvil, a mi casa. Mi madre me llamó, acudí al salón.
-Tienes una llamada –me dijo, con un tono neutro.
-¿Quién es? –inquirí, aunque lo suponía.
-No me lo ha dicho, pero parecía una chica –me respondió. Detecté la sospecha en su mirada. Cogí el teléfono.
-¿Qué quieres? –le gruñí cuando mi madre se fue a trastear a la cocina.
-Me has dejado otra cicatriz, hijo de puta –lloró ella. A través del auricular detecté parte de su dolor. Era insoportable. Colgué.
-¿Era Alba? –me preguntó mi madre, desde la puerta.
-Sí –respondí, y me disponía a meterme en mi cubil cuando la escuché hablar de nuevo.
-Hace bastante que no la veo, debe haber crecido mucho, su voz ha cambiado –dijo, aunque hablaba más para sí que para mí.
-Sí, ha crecido –gruñí-. Ahora es jodidamente una mujer.

Y me metí en la cama. No pensaba verla, y menos aún escucharla lloriquear. ¿Acaso creía que yo no sufría? Mi niña… joder, la quería. Todo era endemoniadamente injusto. La necesitaba más que nunca, para descubrir a qué debía atenerme. Alba… mi perrita fiel, la estúpida marioneta de todo el mundo. 

DÍA 12

ALBA


Suplicaré clemencia. En el momento en el que no pare, imploraré, apelaré a la piedad, a sus… sentimientos. Aunque puede que esa no sea una buena idea. Esos sentimientos se reducen a dos: odio e ira. Quiere destruirme. Antes no sé si me quería, pero está claro que ya no es así. ¿Se puede hacer tanto daño a alguien a quien quieres?
Le dije que no hacía falta continuar. Que podía detenerse. Yo me callaría, no haría nada contra él. Pero está claro que no quiere escucharme. Sólo quiere verme retorcerme de dolor. Y lo peor es que cumplo muy bien sus deseos. Desde siempre ha sido exigente, cuando salíamos recuerdo que todo tenía que ser como él dijera, si no cumplía con sus expectativas ya no me trataba igual. Para entonces yo no lo conocía realmente, jamás era violento, pero sí que me gritaba. Y pensar que creía que simplemente era de carácter fuerte. Cuántos errores. Cada día cometía uno nuevo. El hecho de haberle permitido entrar en mi vida ha sido el peor de todos. ¿Por qué lo hice?
Era tan guapo, fuerte, atractivo. La envidia de muchas. ¿Y yo? Una idiota lo suficiente baja de autoestima como para aceptarle. Dejarme besar por él en público, los cuchicheos lo merecían. Éramos dos actores magníficos. La parejita. ¿Cómo pude ser así?
Fui la estúpida superficial que decidí venderme. ¿Por qué fue? ¿Popularidad? ¿Seguridad? No lo sé con exactitud, pero la cuestión más importante es que estaba ciega. No quería verle como era. Sólo veía al chico que quería tener. Pero en ningún momento me pregunté quién era realmente.
 ¿Acaso no quise prestar atención a las palizas que les dabas a tus amigos, Ángel? Me dejé engañar por ti. Pero ninguna mentira puede ocultarse eternamente. Ni siquiera ahora creo poder ocultarte yo. Mi silencio no está en venta. Pero tampoco he enterrado todo lo que me has hecho, por lástima. Ojalá fuera capaz de hacerlo. Todo sería más sencillo, ¿no crees? No sé qué es lo que quieres hacer conmigo.


ÁNGEL


La noche del 23 de abril llegué a mi casa cansado. A la casa de mi madre, esa mujer loca y perdida.
-Ángel… -me llamó al verme, con lágrimas en sus ojos.
La observé atentamente, parecía una niña inocente, un gatito asustado. Se me revolvió el estómago de pura ira. No soportaba verla de ese modo, siempre tan sensible y penosa. Avancé hasta llegar a su lado. Sus manos me cogieron por los hombros.
-No me toques, joder –gruñí, apartándome de sopetón.
-Ángel… -susurró, pero yo ya no estaba allí para escucharla, flotaba en otro mundo. No estaba sola. En el sofá estaba Alba, mirándome. Las putas tienden a juntarse, definitivamente.
-Hola –me saludó ella con la voz temblorosa.
-¿Qué haces aquí? –inquirí, mirándola fijamente.
-Ha venido a hablar conmigo, Ángel –intervino mi madre.
-¿De qué? –gruñí de nuevo- No tenéis nada que hablar.
Alba se levantó, y mirándome con furia avanzó hacia mi madre, a la que reconfortó rozándole el hombro. Mi madre respondió al gesto dándole la mano. Patético, habían decidido aliarse contra mí.
-Sé lo que está pasando, Ángel –dijo mi madre, serena por primera vez en mucho tiempo.
-Yo también lo sé, estamos en el salón, los tres juntitos…
-No bromees, hijo. Hablo de lo que le estás haciendo a Alba. Me lo ha contado todo –se encaró conmigo, desvié la mirada hacia su compinche, descubrí el temor en sus ojos-. La apoyaré si decide denunciarte…
-¿Y tú eres una madre? –reí- ¿Me pondrás las esposas?
Y ella me observó de un modo que me impactó. Realmente parecía enfurecida… pero conmigo no tenía nada que hacer. Yo era el que tenía ganada aquella batalla, desde antes de su comienzo. Como una gatita asustada, Alba me observaba temblorosa, prácticamente detrás de mi madre.
-Haré lo que sea necesario, Ángel –respondió mi madre, tras unos minutos de mutismo absoluto-. Precisamente porque soy tu madre, una madre debe afrontar sus errores.
Mierda, yo sabía de qué errores me hablaba. Errores que habían sucedido entre nosotros.
Comprendí que ella no quería seguir aceptándome tal y cómo era.
Pero para mí mi madre era el pasado, Alba era el futuro. Me situé a su lado y le cogí de la mano, la rocé suavemente con la yema de los dedos.

-Vamos, es hora de que te vayas –le dije con toda la dulzura posible, intentando convencerla. No quería más problemas. Gracias a Dios, funcionó. 

DÍA 13


 ALBA


He recibido una llamada esta tarde. Era la madre de Ángel, sabe lo que está pasando. Más bien lo intuye. Me invitó a ir a su casa, quería hablar conmigo del tema… me negué. Pero entonces me dijo que valía la pena seguir luchando, que ella comprendía lo que estaba viviendo. Y al preguntarle al respecto ella respondió: ambas hemos luchado contra el mismo hombre. No tardé en llegar allí, estuvimos hablando durante bastante rato. Le conté todo, le enseñé mis cicatrices. Ella me abrazó cuando lloré, me reconfortó hasta que apareció Ángel en la puerta. Carmen se levantó al escuchar el ruido de la cerradura, se colocó cerca de él. Observé que lloraba y andaba a duras penas, le temblaban las piernas. Ángel tardó en reparar en mi presencia y sumar dos más dos. Tuvieron un extraño cruce de miradas, palabras extrañas que no terminaba de entender. Pero si algo quedó claro es que Carmen se sentía culpable.

Una madre que se sentía fracasada me había llamado, quizá para enmendar parte de los errores de su hijo. No sé por qué, pero creo que hay una historia detrás de todo esto. Ojalá descubrir la verdad, quizá me pueda ser útil. Algo está ocultando Carmen, para tapar a su hijo… o porque se arrepiente de ello. Es posible que se trate de una situación más difícil, diferente. Pero real, como todo en esta vida. Y estoy segura de que no tardaré en encontrarme con esa realidad. Al ver cómo actuaban comprendí que la guerra que yo mantengo no es nada comparada con la que mantiene Carmen con su propio hijo, eso sí que es una lucha. Se trata de intentar levantar la vida de alguien que parece haber ideado un nuevo modelo de vida que seguir, un modelo que es accesible para muchos y aconsejable para pocos. Ángel era la viva imagen del maltrato que había recibido a manos de sus padres biológicos, pero también era la ira y el odio acumulados en un corazón asustado. Al mirarle a los ojos sentía miedo, pero no tenía nada que ver con el miedo que había llegado a sentir él. Observé que Carmen tenía miedo de su hijo, y eso me marcó. Había intentado todo con él, pero no había conseguido nada. Pero aún así se había quedado a su lado, viendo como se hundía más y más. ¿Acaso yo estaba haciendo lo mismo que ella?


ÁNGEL


Un día tras otro no podía dejar de pensar en ella. Llegué a creer que me consumiría de echarla de menos o que me volvería loco. Pero ya estaba demasiado ido y extraño como para que aquello pudiera empeorar. Me sentía rabioso, pero también dolido, ya que ella se había dejado embaucar por otro mundo ajeno al mío. Al fin sentí algo dentro de mí prenderse, como la mecha que acabaría consumiendo lo que me quedaba de cordura. He de decir que quedó arrasada por las llamas de mi furia al enterarme de que la señorita se había vuelto a ver con Lucas. Una nueva traición por su parte, para variar. Me cansé de esperarla. Pero lo tenía todo muy claro, sólo necesitaba la mirada más letal, el golpe más certero y volvería a tenerla en mi terreno. Me gustaba que me tuvieran miedo, ahora ya no.

Recuerdo el placer que me producía verla reducida a la nada, desmadejada cual muñeca de trapo, como una flor que conoció días mejores. Alba era la bombilla que se había fundido y cuya luz se había esfumado sin dejar rastro. Pero le debía mucho. Antes de conocerla a ella sólo conocía la ira y la furia. Siempre enfadado con un mundo que no me hacía justicia, siguiendo el impulso de golpear sin más. Hasta que ella me enseñó a controlarme, me calmó y me trató como a una persona más en el mundo. Ya no era el bicho raro del que todo el mundo se reía, ni el idiota de turno que no sabía mucho de sí mismo. Me enseñó a reírme de mí mismo y no del resto, pero también a respetar a los demás. Por aquel entonces yo había olvidado todo eso.

Si de algo estoy seguro es de que no era consciente de lo que significaba lo que le estaba haciendo. Pero hubo un día en el que me sentí confuso. Estaba en mi casa, con ella. La besé y tiré de su camiseta hacia arriba con la intención de quitársela. Alba se despojó de la prenda al instante, dejando entrever varias vendas en su barriga; ocultaban el fruto de nuestra última discusión. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo al verlo. Recordaba haberla raspado con un cuchillo, pero no había pensado en las consecuencias. Hubo algo de sangre y de allí surgió una herida que Alba tuvo que ocultar durante meses hasta su completa cicatrización. No había querido entender que de ahí podía surgir una cicatriz, que la había marcado para siempre. Al verlo tan repentinamente la culpabilidad inundó mis pensamientos. Joder, Alba, lo siento.

La miré con los ojos enrojecidos, pero las lágrimas no traspasaron ese umbral. En cambio, su rostro inexpresivo era cortante como el arma con la que yo le había agredido. Sin decir ni una sola palabra se acercó a mis pantalones y los desabrochó, Buscó mi aprobación con la mirada, negué con la cabeza.
-¿Te duele? –le pregunté con dulzura, refiriéndome a los cortes del abdomen.
-No hace falta que finjas que te importa –respondió ella, en un tono que intentó ser desafiante, pero se notaba el temor que intentaba ocultar detrás de su máscara de serenidad.
-Por favor, Alba –le susurré con todo el tacto posible-. Déjame preocuparme por ti.
Levantó la cabeza, con aire indignado.
-¿Preocuparte, Ángel? ¡Esto es tuyo! ¿¡De qué hablas!? –Había estado en una cuenta atrás continúa hasta que, como cualquier otra bomba, había explotado.
-Lo siento, Alba –dije, y la miré a los ojos, con el corazón abierto de par en par, con la sinceridad hospedada en mis ojos.

Me observó, evaluándome con la mirada. Quería creer que decía la verdad, que no habría más heridas, ni golpes. Cuánto lo siento ahora, mi amor, cuánto…

DÍA 14

ALBA


Recuerdo que me gustaba su sonrisa. Ahora ya no. Porque cuando sonríe, es porque sabe que las cosas le están saliendo bien. Entonces, esa no es una buena señal.
Ayer estuve entre sus brazos de nuevo. Fue dulce al principio. Me besaba, las manos, el cuello… pero no aguantó mucho. Sus manos temblaban al tocar mi piel, y al final sus dedos ya no me acariciaban. Yo no estaba a gusto a su lado, y él lo notaba. Creo que eso es lo que le desquicia, lo que provoca que quiera hacerme sufrir. Porque él sufre. En parte es culpa mía. Sufre por mí. Entonces, ¿es necesario para él vengarse de este modo? Si se pudiera elegir a quién querer y a quién no, le habría elegido. Eso le dije cuando le dejé.
Hace dos años de eso. Recuerdo claramente el momento en el que se lo dije. Intenté no herirle, fui dulce y compasiva. Ahora que lo pienso yo gané entonces, porque el que sufrió fue él. En aquel momento esa no era mi intención. Pretendía que fuéramos amigos. Pero él no atendía a razones.
Lloró, por primera vez en mi vida le vi llorar. Y por última. Entonces yo le abracé, y cuando quise separarme de él me retuvo entre sus brazos.
-Me haces daño –dije, pero sin alzar la voz, suponiendo que era un accidente y me soltaría.
-¿Y? –respondió, frío e indiferente.
Me soltó y nos despedimos, creí que todo estaba zanjado. Pero por un momento, ahora me doy cuenta de que vi un atisbo de la bestia que habita dentro de él. Cuando evoco el recuerdo en el que nuestras miradas se cruzan reconozco lo que veo ahora en sus ojos. Días después empezamos a llevarnos mal. Discutíamos y yo le hacía daño. Entonces empezaron las peleas. Nos pegábamos, y yo empecé a tenerle cada vez más respeto. Un día me di cuenta de que no era ni una vez ni dos las veces que me pegaba, sino cada vez que le veía. Pero éramos amigos. Él, después de discutir, cuando nos disculpábamos, se portaba bien conmigo.
Empecé a salir con otro chico, ambos se conocían. Duramos unos meses escasos, y no tardó en dejarme, pues no acababa de gustarle (en palabras suyas). Me dolió mucho, él me gustaba de verdad. Y busqué consuelo en Ángel, y entonces empezamos a tontear de nuevo. Yo ya sabía un poco más de él. Sabía que era violento y que no era recomendable enfadarle. Con eso bastaba para no cometer el error….
Un día me invitó a su casa, y yo acudí. Al principio ambos nos deseábamos mutuamente, pero a medida que él me besaba y me abrazaba noté que yo no le correspondía como debería. Porque no le quería. A medida que él quería avanzar yo me iba sintiendo más incómoda. Llegó a colocar una toalla sobre sus sábanas para no mancharlas, no quería que sus padres notaran nada. Estábamos solos en casa, por lo que él deseaba aprovechar la oportunidad y llegar hasta donde nunca habíamos llegado. En realidad yo jamás había llegado hasta ese punto. Empezamos entre risas, con ternura y dulzura. A medida que mi ropa iba cayendo en el suelo yo me convencía a mí misma de que quería hacerlo. Pero eso no era así. Decidí que no debía, y le pedí que parara. Se detuvo y me preguntó el por qué. Mi respuesta fue: Por él. Y entonces entendió muchas cosas. Vio que realmente yo no le quería, le estaba utilizando. Y eso fue como echar una cerilla en un tonel de gasolina.
Ya conoces el resto, aquel día intentó hacerme suya, no lo logró. Pero me hirió y, desde entonces, guardo una cicatriz en el muslo.


ÁNGEL


El poder de las palabras a veces pesa más que los golpes en sí mismos. Un adiós puede doler más que un puñetazo. Para mí, que ella me dijera te quiero cuando sabía que era mentira, era como una patada en las entrañas. Cuando me decía te odio, siendo verdad, me daban ganas de besarla sin descanso, de arrebatársela al mismísimo universo. Sus labios murmurando esas palabras a un centímetro de mí, sus manos en los costados, sus dedos moviéndose, intranquilos. Y yo, en esos momentos, dejándome llevar por el placer de tenerla a mi disposición, de saber que yo era el fuerte y ella la débil.

Pero lo que más temía era caer en el olvido, no permanecer en su vida, en su memoria. Me di cuenta de que la necesitaba de verdad en mi vida. La angustia que sentía al verla alejarse de mí era como recibir la muerte cucharada a cucharada de una jarra de vinagre. Una mañana, cansado de esperarla, y después de estar una semana sin verla, la llamé.
-Hola, amor –la saludé, apoyándome en la cómoda de mi habitación. Sin darme cuenta, tiré una pila de trastos que tenía amontonada. Me agaché a recogerlos y no llegué a escuchar lo que me decía Alba- ¿Me decías algo?
-Nada… Hola –respondió ella, con la voz monótona con la que te recibe un autómata.
-¿Qué tal vas?
-He estado mejor –llegué a escuchar una segunda voz, seguramente de alguien que se encontraba a su lado.
-Ya, bueno… ¿Por qué no te pasas a verme? –esperé una respuesta plagada de nervios y de excusas.
-No, gracias –respondió, con aparente tranquilidad. Colgó.

Quise tenerla delante para dejarla sin sentido de un golpe, pero no fue posible. Lástima. Al final, decidí que si ella no venía a mí… yo me limitaría a seguir el dicho. Me subí a un autobús y me planté en su barrio. Le envíe un mensaje que decía, simple y llanamente, mira por la ventana. Estaba en un punto en el que me vería si estaba en su habitación. No tardé en ver cómo habría la cortina y nuestros ojos se encontraban. Sus labios articularon una palabrota. Qué niña más maleducada…
No tardó más de dos escasos minutos en salir por el portal de la finca y acudir a mi lado.
-¿Qué haces aquí? –me siseó, al momento de echarme una fría mirada de víbora asesina. Escrutó el final de la calle, asegurándose de que nadie nos miraba.
-Venir a ver a mi novia –respondí, y le rocé la mano.
-No, vete –gruñó, apartando la mano.
-Y si no quiero… –me acerqué hasta que nuestros rostros casi de rozaban- ¿qué piensas hacer?
Suspiró y se apartó un poco de mí.
-Vale, entonces dime qué diablos quieres –articuló lentamente cada palabra, como si hablara con un loco. Me conocía el truco de hablarme como a un niño, me ponía de los nervios.
-Te quiero a ti –respondí, volviéndome a acercar a ella.
La besé, acabó por responder y dejarse llevar, aunque la noté tensa. Miró la hora.
-Sí, tranquila –dije, acariciándole la mejilla-. Me voy, no quiero meterte en problemas. Te quiero, nos vemos.

Y me despedí de ella, observando cómo me sonreía agradecida, y dibujados en sus ojos encontré reflejos de esperanza.